Los orígenes de la grupalidad (Horacio Foladori)

        Quiero invitarlos  a representarse una imagen. Volamos en helicóptero, alto, sobre un estadio en el que está por finalizar un encuentro. Los invito a imaginar,  a ver  en el estadio  un tazón, bastante lleno de un líquido como aceitoso, denso . De repente, me imagino como si al tazón le sacaran el tapón, el líquido comienza lentamente a correrse  por los bordes, por la base del mismo. Veo como una mancha fuera del tazón  que se mueve,  se desplaza aumentando de tamaño en varias direcciones. Poco a poco el tazón va quedando vacío y la mancha  rodea ya buena parte del tazón y se continúa hacia lo lejos perdiendo intensidad, se torna más transparente y fragmentada. Poco más allá se comienzan a diferenciar algunas gotas que continúan su movimiento independiente.

    Se me ocurre que es como un bosque, grandote, muy extenso, veo sólo su color más o menos uniforme hasta que en los extremos se  torna ralo,  y aparecen algunas manchas parciales, como islas de color. Veo el bosque, no los árboles.

    Otra imagen, miro una o la gigantesca cuya cresta me muestra un movimiento ininterrumpido, seductor y grandioso. Allí,  en la cresta es donde  visualizo  algunas gotas que por su altura resultan  en juguetes para el viento que las toma y las lleva quién sabe dónde… Los invito a quedarse con esa imagen en la cual la gota está a punto de diferenciarse, de volar, de adquirir autonomía y de hasta poder producir un arco iris. Debo decir que la imagen de la ola me es cara ya que hace unos años  la trabajé  a propósito del fútbol.(1)

    Abandonemos por unos instantes este juego de imaginación  para introducirnos en la lectura  del texto freudiano, una vez más  nuestra principal  fuente de reflexión.

    Comenzaré por una larga cita: En  Psicología de las masas y análisis del yo , Freud comienza :
    «La oposición entre psicología individual y psicología social o de las masas, que a primera vista quizás nos parezca muy sustancial, pierde buena parte de su nitidez si se la considera más a fondo. Es verdad que la psicología individual se ciñe al ser humano singular y estudia los caminos por los cuales busca alcanzar la satisfacción de sus mociones pulsionales. Pero sólo rara vez, bajo determinadas condiciones de excepción, puede prescindir de los vínculos de  este individuo con otros. En la vida anímica del individuo, el otro cuenta, con total regularidad, como modelo, como objeto,  como auxiliar y como enemigo, y por eso desde el comienzo mismo la psicología individual es simultáneamente psicología social en este sentido más lato, pero enteramente legítimo.

    La relación del individuo con sus padres y hermanos, con su objeto de amor, con su maestro y con su médico vale decir, todos los vínculos que han sido hasta ahora indagados preferentemente por el psicoanálisis, tienen derecho a reclamar que se los considere fenómenos sociales. Así, entran en oposición con ciertos otros procesos, que hemos llamado narcisistas, en los cuales la satisfacción pulsional se sustrae al influjo de otras personas o renuncia a estas. Por lo tanto, la oposición entre actos anímicos sociales y narcicistas – autistas, diría quizás Bleuler (1912) – cae íntegramente dentro del campo de la psicología individual y no habilita a divorciar esta última de una psicología social o de las masas.» (2)

    Veamos en detalle este párrafo tan preciso y tan sugerente. Se podría decir que Freud  realiza  aquí una especie de ajuste de cuentas. Toda la psicología es social y en todo caso, lo que habitualmente llamamos psicología individual no es sino un caso particular de aquella. Muestra de qué forma el otro  cuenta «con toda regularidad», vale decir que la psicología individual es impensable sino se la explica desde la psicología colectiva.  Freud opta partiendo del todo para pensar las partes, para recortar en «condiciones de excepción» a la  posibilidad individual, pero no duda en argumentar que todas las llamadas relaciones de objeto son psicología social y  tienen derecho a ser pensadas desde dicha óptica.

    ¿ De qué hablamos entonces cuando  nos referimos  a la psicología individual? Solamente  a «ciertos procesos que hemos llamado narcicistas». Así, el momento autista se funda  en una retracción  energética como un polo efecto de las relaciones de objeto. ¿Pero bajo qué coordenadas se produce dicha  sustracción? ¿Cuál ha sido el origen de estas cargas?

    Debemos regresar a  Introducción al narcicismo   para intentar esclarecer esta cuestión. En este texto y apoyándose en la psicopatología, Freud da cuenta  del fenómeno de sustracción de la libido de los objetos, energía que  es «conducida al yo, y así surgió una conducta que podemos llamar narcicismo.»(3) Pero inmediatamente Freud se da cuenta de una contradicción: pensar que la libido es retirada de los objetos  para ser depositada en el yo, supone  preguntarse por el lugar de  la libido
    ANTES de que fuese depositada sobre los objetos, vale decir, interrogarse por el momento anterior a la relación de objeto. Dice Freud «Así, nos vemos llevados a concebir el narcicismo que nace por replegamiento de las investiduras de objeto como un narcicismo secundario que se edifica sobre la base de otro, primario, oscurecido por múltiples influencias.» (4)  Utiliza acá el mismo modelo que para pensar la represión (secundaria) la que necesariamente se debe apoyar en un momento anterior (represión primaria) como instancia fundante.

    Sigue Freud: » Nos formamos así la imagen de una originaria investidura  libidinal del yo, cedida  depués a los objetos; empero, considerada en su fondo, ella persiste y es a las investiduras de objeto
    como el cuerpo de una ameba a los pseudópodos que emite.» Tenemos pues un primer momento en el cual la libido está en el yo (narcicismo primario)  y de la cual parte hacia los objetos en un segundo momento. Esta extensión reproduce  el pseudópodo de una ameba, se extiende hacia los objetos.

    Pero más interesante parece ser la reflexión de Freud  acerca de ese momento «oscurecido por múltiples influencias» y que se encarga de justificar a partir del cubrimiento que realizan los síntomas neuróticos. Dicho de otro modo, el narcisimo primario no es visible ya que quedamos encandilados por la sintomatología neurótica. Aclara Freud que desde el punto de vista de la energía «al comienzo están juntas en el estado de narcicismo» y posteriormente , cuando ocurre la investidura de objeto, es posible diferenciarlas; es decir,  poder apreciar aquella energía que se deposita en el objeto de aquella que permanece en el yo (narcicistica) .

    Ahora bien, el próximo problema al que se enfrenta Freud tiene que ver con el estatuto yoico. ¿De qué estructura yoica estamos hablando y cómo es posible suponer su existencia desde un inicio, pensando en un narcicismo primario? Freud es categórico, «Es un supuesto necesario que no esté presente desde el comienzo  en el individuo una unidad comparable al yo; el yo tiene que ser desarrollado. » O sea,   inicialmente no contamos con un yo constituído; hablar de un narcicismo primario es todo un proyecto, no es una realidad, hay energía pero no hay una estructura diferenciada  y constituída como el yo.

    Continúa Freud «Ahora bien, las pulsiones autoeróticas son inicialmente, primordiales; por tanto algo tiene que agregarse al autoerotismo, una nueva acción psiquica, para que el narcicismo se constituya. «(5) En suma, inicialmente tenemos energía (autoerótica)  pero se requiere de una determinada acción, de un particular movimiento  para que tengamos el narcicismo primario. Ese «algo» es absolutamente central para  el argumento freudiano ya que  nos abre la puerta a suponer  un movimiento de diferenciación cuyo efecto  es fundar ese yo muy primario.  La energía autoerótica, vale decir que se satisface in situ,  alude a su vez a una imagen corporal parcializada y fragmentada. El cuerpo, entonces no aparece constituído como una unidad sino que se presenta como fragmentos de un rompecabeza que  seguirán un camino de unificación.  El contenido de ese «algo» (identificación) es secundario en la argumentación; lo que interesa destacar es que ese «algo» introduce – como proceso – una diferencia que tiene un efecto fundante.

    Freud sigue el mismo modelo que para la identidad sexual: la estructura biológica no determina de manera mecánica la psicología. Esta debe avanzar en su propio proceso y , tal vez, quizás, » se encuentre» con la biología, pero puede ser que ello no ocurra así. Que el cuerpo biológico esté unificado no quiere decir que la representación psicológica del mismo también  lo esté. Que el niño tenga pene no necesariamente significa que su identidad sea masculina.

    Dejemos por momento  estos aspectos para centrarnos en otras nociones. Se trata de  la consideración que Freud realiza en el Malestar en la cultura  (6) del sentimiento oceánico.  Freud se ve entrampado en una discusión con Romain Rolland acerca de la existencia  de ese sentimiento – que Freud prefiere llamar «sensación de eternidad» –  y su posible aplicación a la religiosidad. Porque el problema del método  lo pone a Freud en una disyuntiva: él no cree encontrarlo en sí mismo, pero  no está en condiciones de afirmar que no exista, que no se pueda dar en otros mortales .  Aquí hay un problema metodológico relevante: frente a alguien que ve algo y alguien que no lo ve, naturalmente tendemos a creerle a aquel que dice que lo ve. Freud, únicamente  se reserva el derecho de interrogar  por su precisión y por la forma en que se lo interpreta.  En la discusión pormenorizada que realiza,   no puede dejar de señalar en un principio  que «Normalmente no tenemos más certeza que el sentimiento de nuestro sí-mismo, de nuestro yo propio. Este yo nos aparece autónomo, unitario, bien deslindado de todo lo otro.» (7) Vale decir,  Freud se preocupa por analizar los deslindes del yo (ya constituído) con el ello  (reservorio de la energía libidinal)  y con el mundo exterior y los objetos de éste, por ejemplo en el caso del enamoramiento. Pero una reflexión ulterior lo lleva a reconocer que «Este sentimiento yoico del adulto no puede haber sido así  desde el comienzo. Por fuerza habrá recorrido un desarrollo que, desde luego, no puede demostrarse, pero sí construirse con bastante probabilidad. El lactante no separa todavía su yo de un mundo exterior como fuente de las sensaciones que le fluyen. «(8)

    Así, el lactante  progresivamente va separando el adentro y el afuera en base a las diversas sensaciones que se producen en él,  así como  a través de una apropiada acción muscular. Freud termina concluyendo que «originalmente el yo lo contiene todo; más tarde segrega de sí un mundo
    exterior. Por tanto, nuestro sentimiento yoico de hoy es sólo un comprimido resto de un sentimiento más abarcador – que lo abraza todo, en verdad – , que correspondía a una atadura más íntima del yo con el mundo circundante».  No puede menos que  existir o  más correctamente, haber existido  un sentimiento particular que pueda dar cuenta  de esa conjunción indiferenciada  en el que el  yo  lo abarca todo, antes de la discriminación yo-mundo exterior. Decir que el yo lo abarca todo es lo mismo que decir que el yo no existe aún como espacio diferenciado de otros yoes.  De ese modo  Freud  confirma su existencia:» Estamos ya tan enteramente dispuestos a admitir que en muchos seres humanos existe un sentimiento ‘oceánico’, e inclinados a reconducirlo a una fase temprana del sentimiento yoico» (9). Lo único que Freud se apresta a cuestionar es si dicho sentimiento yoico es la fuente de la religiosidad siendo que  para ello tiene otros argumentos que ya no interesa  discutir en
    esta ocasión.

    Este sentimiento oceánico o, mejor dicho «sensación de eternidad» nos resitúa  en un pasado en el que los límites del yo se encontraban no determinados y en un movimiento de ida y vuelta: «del polvo venimos y al polvo volveremos», como reza un dicho pupular. Interesa mostrar que la omnipotencia que se deduce de esa «sensación de eternidad» es el primer elemento que se observa en los grupos y que D. Anzieu ha llamado con justeza «ilusión grupal», aludiendo con ello a las diversas expresiones
    que el grupo tiene para la idea de su poder, efecto de su unión (la unión hace la fuerza),  ya que se retorna a la idea de que el yo es todo, por tanto, todo lo puede.

    Posteriormente, Lacan  al comentar  el problema del narcicismo,  propone el estadio del espejo como la instancia en la cual la imagen corporal se constituye. «No hay que olvidar tampoco el valor afectivo alcanzado por la gestalt  de la visión de conjunto en la imagen corporal, teniendo en cuanta que aparece sobre un fondo de perturbaciones y discordancias orgánicas: todo indica por  tanto que es allí donde hay que buscar los orígenes de la imagen del ‘cuerpo despedazado’. «(10) Para fundamentar el estado  caótico en que se encuentra el recién nacido,   Lacan se apoya  en varias observaciones, entre ellas la teoría de la fetalización de Bolk que plantea la ventaja del ser humano sobre los animales casualmente en lo prematuro de su nacimiento. Por ello es que la imagen corporal  lograda ante el espejo se constituye en  el primer momento en el que el todo aparece dado. Dicha unidad no deja de ser una simple imagen,  dice Lacan, » La Ilusión de  unidad en la que un ser humano busca  el autodominio y que bordea siempre un constante peligro: deslizarse nuevamente hacia el caos del que partió. Ilusión que pende sobre el abismo de una vertiginosa Aquiescencia en la que quizá pueda verse la esencia misma de la Angustia.» (11)

    Me interesa destacar el reconocimiento que hace Lacan de  ese «caos del que partió» , como un momento previo a la constitución yoica, incluso previa al momento del narcicismo primario. Un momento en el cual el cuerpo fragmentado, desarticulado y «despedazado»  pone en tela de juicio la posibilidad de pensar el tema de la individualidad. Un cuerpo que  no puede menos que estar mezclado, confundido, diluído con otros cuerpos… Ahora bien, esta fase no deja de  ser a su vez fundadora de una cierta vivencia de abismo  en la cual Lacan se anima a postular el origen de toda angustia.  Volveremos sobre esta imagen.

    Bleger es un autor poco prolífico, lo cual no quita que sus aportaciones  sean  particularmente originales y operativas. Su trabajo con grupos y con instituciones lo llevaron a realizar  propuestas  en las que es posible visualizar varios niveles de ruptura  con concepciones anteriores y en particular con el psiquismo individual.

    Su concepto  central es el sincretismo que define como un estado de no discriminación que existe en la constitución del individuo y que a su vez se lo observa también en toda organización social. Sostiene que se transmite en los grupos casi sin síntomas ya que es preverbal. La grupalidad sincrética se opone a la grupalidad por interacción.  En el segundo caso,  hay una relación  vincular con objetos internos, podríamos decir que  coincidiría con el momento de la libido objetal descrita por Freud. En el momento  de la grupalidad sincrética lo que se da es un fenómeno de simbiosis  que aparece visible a través de la angustia confusional en la que  lo que está en duda es la existencia del ser, posición previa  a las posiciones esquizoparanoide y depresiva propuesta por Melanie Klein. Lo sincrético, dice Bleger, » es una relación que en realidad es una no relación, en el sentido de una no individuación».(12)

    Sostiene que el grupo  puede funcionar haciendo abstracción del nivel sincrético a  partir de un particular clivaje. Reconoce que el sincretismo es estructurante ya que está presente, y se lo ignora.
    Bleger  critica  la idea de serialidad propuesta por Sartre como aquel momento en el cual  el conjunto de  individuos no conforman aún un grupo, por ejemplo,   en el caso de personas que hacen la cola esperando el autobus. Sartre(13) había sostenido que dichas personas se sienten no teniendo níngún lazo entre sí, la gente se ignora, se desconoce,  no guardan relación unos con otros. Bleger sostiene que ocurre todo lo contrario. La carencia de interacción visible no implica que no hayan aceptado ya un código común  y varias normas – ya que respetan , por ejemplo el orden de llegada, la forma de la cola, etc.-  y por eso ya son un grupo. Ya que no hay interacción aparente, el sincretismo adquiere toda su magnitud; se mueve como una masa aparentemente informe pero que responde  a una estructura que tiene sus normas. La normatividad tácita da cuenta del sincretismo:  hay una acuerdo en mantener entre sí una no relación. Aceptan la indiferenciación «la indiscriminación entre el yo y el no yo, entre cuerpo y espacio, entre yo y otro».

    Otro ejemplo que trata  Bleger con rigurosidad  es el de la relación madre hijo. La madre realiza tareas hogareñas y el niño juega en silencio a un costado. Ya que no hay interacción entre ellos  se podría suponer que no hay grupo. Ahora bien, si la madre sale del local, el niño dejará su juego y la seguirá tal vez llorando. Por tanto, la relación de la madre con el hijo no pasa por una individuación, más bien  se podría hablar de una especie de soldadura que  hace que operen como grupo. Bleger  sostiene que muchas veces los temidos silencios de los grupos se constituyen a partir de la emergencia del nivel sincrético. El sentimiento de soledad  tiene sus raíces en este nivel. Nótese que el sentimiento de soledad sólo es posible luego de haberse logrado algún nivel de discriminación, no lo es desde el puro sincretismo.

    En el desarrollo de los grupos, el temor que aparece tiene que ver con lo desconocido dentro de lo conocido, es la figura de la no persona que cada quien lleva consigo como parte de su persona, «temor fantasmático del encuentro con una sociabilidad que los disuelve como personas, transformándolos entonces en un medio homogéneo»(14) Es decir, los integrantes del grupo temen no poder  emerger, destacarse, diferenciarse, y quedar sumergidos,   efecto de las disolución de su identidad lograda  por niveles más estructurados de desarrollo del yo.

    Bleger temina postulando una especie de clasificación de los grupos según   el movimiento de este sincretismo básico.  A su vez, la aplicación de estos conceptos a las instituciones, a las organizaciones,  a la burocracia,  aporta nuevos elementos de análisis y permite pensar estrategias de abordaje. El problema de las instituciones tiene que ver con este lugar que cumplen, segun E. Jacques, como defensa contra las ansiedades psicóticas.  Bleger coincide con Jacques y más aún  en su trabajo sobre Psicoanálisis del encuadre psicoanalítico (15) muestra como el setting se convierte en  lugar de proyección  de lo psicótico; para Bleger sería el depósito de la sociabilidad sincrética. La sociabilidad sincrética no es algo patológio en sí, el sincretismo  – según Bleger – sería algo fantasmático y pulsional que circula entre los individuos sin que ello implique fuerzas de expulsión o agresión. Finalmente, Eiguer en su reflexión sobre las aportaciones de Bleger, reconoce que  el sincretismo tiene lazos estrechos con el narcicismo primario postulado por Freud, un desarrollo que amplía y especifica este momento de diferenciación  entre lo grupal y lo individual.

    Danzinger (16) ha estudiado últimamente  variados  procesos de grupos grandes con objetivos terapéuticos. Sus observaciones  apoyan firmemente  algunos de los desarrollos esbozados  por los autores  citados  y que  pretenden dar cuenta de la grupalidad. Siguiendo a Foulkes (17) reconoce que «La gran masa indiferenciada de los demás hombres, representa aquí simbólicamente , el poderoso y gran cuerpo de la madre.» Y en consecuencia ve como la inclusión de los pacientes en un grupo grande  plantea   el gran tema   de la unión simbiótica, generando un rápido  regreso a fases tempranas del desarrollo del yo. Por ello, la inclusión del paciente psicótico en un grupo grande supone un desafío de enfrentar  no pocos peligros ya que lo retraería a una fase muy anterior, semi-indiferenciada  o, en algunos casos totalmente indiferenciada, de la  formación del yo,  en la cual  el paciente podría sentirse disuelto en la gran masa». Hablando simbólicamente se puede decir que las fronteras del yo se someten a un duro baño de ‘dureza’ (prueba de fortaleza), cada uno se sumerge en ese  estado regresivo para llegar después, otra ves  a la firme ribera del pequeño grupo o a las reglas de juego relativamente fijas de la institución.»  Estudiar  estos procesos desde el «aquí y ahora» del proceso grupal, ayuda al autor a hipotetizar acerca del proceso de diferenciación entre el individuo y la masa.

    Así, lo más interesante del desarrollo de Danzinger y que, en todo caso es  atingente a nuestra propuesta,  tiene que ver con lo que llama  los «estados de agregación».  Los mismos tienen que ver   con los confusos y fluídos  momentos  de disolución psiquica en la que las fronteras  yo-no yo  no aparecen del todo  delimitadas,   proponiendo   cuatro fases que  permiten hilvanar  el tránsito hacia   los diversos momentos  de constitución yoica.

    Entonces , propone un primer estado líquido  que corresponde a una fase de total indiferenciación  a nivel de la matriz madre-hijo, con la  consecuente  pérdida del sí mismo  con respecto al  objeto.  Un segundo estado pastoso que corresponde  a la fase simbiótica del grupo  que se puede identificar  por que hay aspectos que se van discriminando sin que aún los límites totales estén muy claros. En el grupo, dice Danzinger, se ejemplofica con    un animal grande  que todos los participantes construyen,   sintiéndose cada quien una parte del mismo. Este es el modelo que  los  investigadores mexicanos proponen alrededor  del Grupo Mamut (18) en el que se condensan los aspectos más remotos, prehistóricos y  arcaicos,  así como el fenómeno  simbiótico de constituirse cada quién como  las partes  interdependientes de un sólo cuerpo.

    La  tercera fase  propuesta  remite  al estado de arena  (o guijarros) que ya plantearía  el momento del narcicismo primario – por el grado de diferenciación – pero que a su vez es frágil como instancia,  ya que  se visualizan  miedos a la exterminación;  siendo el tema de las fronteras aquel de las luchas permanentes . Sus énfasis están puestos a su vez, en el intento de identificar  a los otros de manera caricaturesca, denunciando así  los rasgos de una identidad muy primaria.

    Por último, la cuarta fase corresponde a una estructura  sólida dentro del grupo  en el que hay una clara diferenciación del  yo  y donde se jerarquizan los vínculos interpersonales que corresponden al momento de las relaciones de objeto (líbido objetal).

    Con los referencias señaladas es posible a mi juicio establecer  algunos parámetros para pensar el problema de la grupalidad y su origen. 

        Para comenzar,   creo que es conveniente  discriminar grupalidad de sociabilidad.  Esta última – si tomamos el modelo presentado por Freud en Introducción al narcicismo –  definiría  la relación entre el yo y el objeto  del mundo exterior, vale decir, lo que habitualmente conocemos como una relación social,   que se caracteriza por una clara discriminación  de los límites entre el yo y el objeto, marco que permite identificar  a su vez la energía libidinal  que se halla al interior del yo y aquella otra que se encuentra depositada en el objeto y que Freud  nombra como libido objetal.

    Pero conviene precisar que este estado se constituye de manera sumamente tardía; más aún, podríamos afirmar que se trata de una estructura  que en tanto recorta cuerpos en una masa social, identifica claramente las unidades que la componen. Me atravería a señalar que es el estado al cual llegan los grupos a través de sus propios procesos, de manera natural o artificialmente cuando son coordinados por expertos. Dicha estructura  posibilita  una dinámica particular  en los grupos que los convierte en productivos, vale decir, son grupos que se dedican al trabajo, realizan una tarea con algún  éxito, pueden planificar acciones y llevarlas a cabo  de manera organizada, son capaces  de respetar   las normas  internas que se han dado  explícitamente  en las que ha pesado el acuerdo por consenso (explícito o tácito). Son grupos que hablan y producen sentido.

    Ahora bien por grupalidad  entendemos un estado  primario de indiferenciación, en el que el cuerpo es aquel de la totalidad  (el bosque más que los árboles, el agua más que las gotas),  en el cual  las unidades no se han diferenciado aún apareciendo como una masa que  puede presentar  diversos grados de «coagulación» o «solidificación»  según su propio desarrollo. Este estado  es aquel con el que dominantemente comienzan los grupos, en los que  se privilegia  más el continente que los contiene que la función que realizan. Son estructuras muy primarias en las que  domina la confusión producto   de la fragmentación  e incluso disolución de los  elementos que  aún no se articulan  en unidades organizadas. Como los distintos yoes no existen aún,  prima un particular estado emocional angustioso  con gran  labilidad  y que son organizados incipientemente por una serie de normas tácitas   que rigen los primeros movimientos de discriminación. Se trata de una  primitiva forma de organización donde prima lo pre-verbal  y las gratificaciones autoeróticas. Una problemática por demás interesante  y que se deduce de lo señalado, es la que  interroga por las características del cuerpo grupal  y por la progresiva diferenciación  de los cuerpos individuales a su interior, pero no la trabajaré ahora. Son grupos que hablan mecánicamente para diferenciarse, en realidad se muestran  por acciones no verbales.

    Este sincretismo  se constituye en una poderosa fuerza de unificación, que si bien   por una parte angustia porque  arrastra  a la fusión, por  otra parte  alivia  porque al indiferenciar libera  de identidad. El atractivo de la masa es casualmente la posibilidad del anonimato, hacen sin ser.

    Entonces, alguien podría preguntarse si  la grupalidad   no  se constituye como un psiquismo  (ya que tendría una   tópica, su dinámica y su economía libidinal)   previo a la formación del psiquismo «individual» y del cual éste  puede surgir tal como lo comprendió Freud. Si para Bleger  en el trasfondo de la grupalidad está la institución, vale decir, un sistema normativo tácito  que marca cierta cancha en la que la grupalidad juega, no sería aventurado suponer  un espacio, un determinado juego de fuerzas mostrando cierta conflictividad y una determinada valencia de dichas fuerzas, todo lo cual podría aludir a la constitución primaria  de un psiquismo grupal. En todo caso,  estos podrían ser  nuevos ejes de investigación.

    Debe señalarse  que la discriminación  de estos dos estados  es meramente con fines  didacticos. En los hechos , y como siempre ocurre, los estados permanecen  como  marcas  de momentos pretéritos que son re-activados según factores desencadenantes de la vida cotidiana.  Por ello, el trabajo con cualquier grupo humano supone la imbricación, según las leyes   de ambas  estructuras,  las que  se movilizan en efectos síntomáticos visibles para el observador entrenado.  Pero esta imbricación   no pierde  las referencias tópicas de las cuales se desprende y que , dicho en términos cotidianos, la gente se reune porque quiere, como individuos independientes; por lo menos esa es la ilusión.

    Pero dicha conjunción  provoca  la movilización de las estructruras más arcaicas de origen, es decir, de la grupalidad. Conviene aquí hacer una precisión didáctica : Cualquier observador no necesariamente entrenado, podría observar un grupo que se reune por vez primera y deducir un cierto caos inicial  que es  interrumpido por un esfuerzo de cada uno de los miembros de discriminarse  en su individualidad. Un observador más agudo  podría a su vez deducir que  tal intento de discriminación parte casualmente de la sensación de ser arrastrado  de manera potente a una especie de hoyo que se traga todo. La conducta de discriminación es el intento fallido – algo así como el manotón del ahogado –  ante el surgimiento de la grupalidad que se impone sin reservas. La grupalidad, en tanto retorno a los origenes, no deja de mostrarse  de manera seductora…

    A modo de ejemplo, durante las primera sesiones de un grupo es posible observar una dinámica particular que se construye alrededor del silencio, el que aparece como terrorífico y por tanto, debe ser evitado aunque no se sepa muy bien cómo hacerlo. Este silencio centrífugo y angustiante acapara la atención de los participantes. Aquellos que lo rompen hablando,  lo hacen como en un intento de diferenciación de  lo que sienten como una masa informe. Nótese que hablar en dicha coyuntura no supone una intención de sociabilidad ya que rara vez los miembros del grupo intercambian entre ellos. Es simplemente una manera de sentirse «no tragado» por la grupalidad, sentida en el silencio. Si se producen intercambios «sociables» es dabel suponer un acuerdo tácito de hablar «para llenar el silencio», más que para intercambiar con real interés. Ahora bien,  es posible suponer entonces que la inclusión de una persona en un grupo implica automáticamente apelar a la  grupalidad, lo que produce un momento regresivo en su accionar.

    Así, es posible afirmar que en el grupo humano que se constituye, lo reprimido es casualmente la grupalidad y de esa grupalidad, los mecanismos de organización  instituídos que hacen que esa grupalidad se manifieste como tal y conserve la forma  que adquiere el líquido según el recipiente en el que se lo coloque. Lo reprimido es la grupalidad. El trabajo de análisis de la grupalidad  o, parafraseando a Freud «hacer conciente la grupalidad» se  convierte en el objetivo de toda aproximación   psicoanalítica al grupo ya que  en un primer momento se trata de convertir lo pre-verbal en verbal, también  en mostrar las normativas tácitas  que dan sentido al aquí y ahora grupal, para complementar  recortando  los cuerpos ( primer asiento del yo)  en este progresivo tránsito hacia la desfusionación.

    Santiago. mayo de 1999
    (*) Publicado en la Revista PRAXIS Nº 1, UDP, Santiago, 2000
    —————-
    (1) H. Foladori, La ola en el fútbol: reflexiones sobre la grupalidad, Ilusión   Grupal  Nº 6, Cuernavaca, l991
    (2) S. Freud, Psicología de las masas y análisis del yo, Obras completas,  T. XVIII , Amorrortu, B.A., 1976, pag. 67
    (3) S. Freud, Introducción al narcicismo, O.C., T. XIV, Amorrortu, B.A., l976,   pag. 72
    (4) Idem, pag. 73
    (5) Idem, pag. 74 ( el destacado es mío)
    (6) S. Freud, El malestar en la cultura,  O.C., T. XXI, Amorrortu, B.A., 1976.
    (7) op. cit. pag. 66
    (8) op. cit. pag. 67
    (9) op.cit. pag. 72
    (10) J. Lacan, Algunas reflexiones sobre el yo, International Journal of    Psychoanalysis, 1953, pp.11-17
    (11) Idem.
    (12) J. Bleger, Simbiosis y ambigüedad, Paidos, B.A., 1967
    (13) J. P. Sartre, Crítica a la razón dialéctica, Losada, B.A., 1963
    (14) A. Eiguer, La terapia grupal y el grupo según José Bleger, Revista de    psicología y psicoterapia de grupo,  T. XI, Nº 1, B.A.,  1988, pag. 47
    (15) En Simbiosis y Ambigüedad.
    (16) R. Danzinger, Observaciones psicoanalíticas de grupos grandes,
    Ilusión   grupal   Nº 1, UAEM, Cuernavaca, 1989
    (17)  S.H.Foulkes,  Problems of the large group from a group-analytic point of   view, The large group,  Peacock Publishers, Itasca, 1975 

    (18) R. Döring, J.L. González  y J. Margolis,  El grupo mamut, documento personal elaborado a partir  de las investigaciones  realizadas con grupos grandes de promotores  de salud mental,  con ocasión del
    terremoto de l985, inédito. Ver también de los mismos autores, Salud pública y grupo amplio en estado de emergencia, Ilusión grupal   Nº 3, UAEM, Cuernavaca, 1990.