He aquí por qué Chávez me ha fascinado (Gianni Vattimo)

–  Diario La Stampa

“Il n’est pas tombé, il est mort” (Él no ha caído, él ha muerto): esta frase, referida tradicionalmente –creo- a Jean Carrel, me viene a la mente ahora mientras, con una conmoción que me resulta nueva también a mí, pienso en la desaparición de Hugo Chávez.  Él tampoco cayó, se sostuvo firme hasta la muerte, haciendo de su resistencia a la enfermedad un emblema de su lucha política por el ideal de una América latina “bolivariana”.

Para mí, como para tantos otros occidentales de mi misma formación, Chávez tenía todas las cualidades para ser mirado con sospecha: militar, “golpista” por lo menos en los comienzos de su aventura política, populista, “caudillo” y así suma y sigue.   Prejuicios que siguen inspirando gran parte de la opinión “democrática” prevalente. Que no solo hacen juego con las sospechas (no probadas, pero del todo verosímiles conociendo la Cia y las empresas petrolíferas) sobre su pretendido envenenamiento de parte de sus enemigos de siempre, sino que olvidan la sustancia de su inmensa acción de rescate de su país y de toda Sud América.

Chávez retomó, haciendo de ello una maciza realidad, eso que ya se había vuelto una suerte de mito, la herencia de Castro y del  Che.  Encontrando directamente, en el curso de repetidas estadías, hasta la última, con ocasión de su enésima reelección en Noviembre pasado, la realidad de Venezuela, era difícil no darse cuenta de la verdad que demasiado a menudo los multimedia occidentales nos ocultaban: y ello es que, habiendo recuperado las utilidades de la industria petrolífera, Chávez encaminó y en gran parte realizó una moderna transformación emancipadora de su país: escuelas que hasta en las zonas amazónicas más remotas han reducido drásticamente el analfabetismo, asistencia sanitaria gratuita y de calidad, programas sociales que redujeron ampliamente la pobreza en la que el país, uno de los más ricos en recursos naturales, estaba bajo los regímenes “democráticos” de sello neocolonial.

Fue impresionante todo el plano de las “misiones”: una suerte de grupos de intervención compuestos por ciudadanos voluntarios, que acompañaron la administración pública en sectores particularmente importantes. Siendo grupos voluntarios es obvio que quien se comprometía con ellos hubiesen sido ”chavistas”, prestándose así a la objeción de que se trataba de asuntos del régimen.  Pero no son grupos cerrados, solo hace falta la decisión de participar en ellos. De este modo se difundió una vitalidad democrática “de base” que en nuestras democracias “maduras” no logramos siquiera imaginar.

Las misiones y la política social han sido lo que golpeó a muchos intelectuales occidentales, el primero de todos, Noam Chomsky, luego los cineastas tales como Michael Moore y Oliver Stone, los que, tal como otros visitantes cuando llegan a Caracas preguntan qué periódico leer, y se dan cuenta de que los medios, salvo la TV del estado, son todos anti-Chávez.

¿Acaso este sería un país en el que no hay libertad de pensamiento, de información, de prensa?

Pero  la fuerza del ejemplo de Chávez se ve también y sobre todo por lo que ha sucedido en tantos países latinoamericanos en años recientes.  Así como Chávez sería impensable sin Castro, así También Evo Morales, Correa, Mujica y el mismo Lula y Cristina Kirchner serían impensables sin Chávez.

Todos ellos juntos quizás constituyan la única gran novedad  en la política mundial de estos decenios, mucho más que el desarrollo neocapitalista de China e India.  Un modelo de democracia de base que Europa debería mirar con más atención.

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