Subjetividad y contexto económico en Chile (Livia Sepúlveda)

PRIMERA PARTE:

Estaba justamente intentando redactar este trabajo y ordenar un tanto mis ideas, cuando me llega un audio donde se escucha la voz de una madre llorando porque “los pacos” están en la sala de clases de su hijo en el Instituto Nacional. Ella no ha mandado a su hijo a clases, pero llora por los compañeros de él.

Me pregunto ¿Hasta cuàndo?, ¿Cuál es el límite del abuso? ¿Còmo y hasta dónde se pueden tolerar estas violencias de Carabineros de Chile contra los estudiantes de un colegio?. Recuerdo una cita de Hanna Arenth que dice: “La furia no es de ninguna manera una reacción automática frente la miseria y al sufrimiento como tales; nadie se enfurece ante una enfermedad incurable, o ante un terremoto, o frente a condiciones sociales que parecieran imposibles de modificar. Solamente en los casos en los que tenemos buenas razones para creer que esas condiciones podrían ser cambiadas, pero no lo son, estalla la furia. No manifestamos una reacción de furia, a menos que nuestro sentido de justicia se vea atacado.”

Hoy, en Santiago de Chile, a pesar que no se percibe ninguna posibilidad de cambio social importante a corto plazo, muchas personas reaccionan con rabia e impotencia aunque esto signifique exponerse a la violenta represión de las fuerzas policiales. Estos tiempos de la globalización del neoliberalismo, nos han ido acostumbrando a que puedan ser posibles toda clase de violaciones de nuestros derechos, socavando cada vez más la confianza en viejas instituciones que en el pasado sostenían nuestras vivencias de seguridad y protección. Asì, hoy es posible que el INE no sepa aùn cuàntos chilenos somos, que la corrupción llegue a los más altos mandos de las F.F.A.A., que se demuestre sin pena ni gloria cómo se pueden falsear las informaciones para asesinar y luego culpar a los propios mapuches de supuestas violaciones al orden instituido, que el narcotráfico aparezca en un partido histórico de los trabajadores, entre otros.

Cada vez más la sensación de vulnerabilidad y soledad aumenta. Cunde y crece la sospecha de que las cosas pueden ser aún peores. Si recordamos, por ejemplo, lo que uno sentía en la década de los 60’ y 70’ en la que no había que ser ningún revolucionario para esperar que los tiempos que venían serían de progreso y que se avanzaba hacia un mundo mejor. El ejemplo más a la mano es el proyecto demócrata cristiano de los 60’ de la “Revolución en libertad”, que implementó cambios en la tenencia de la tierra inaugurando así la Reforma agraria. Es por los 70’ también que triunfa el gobierno de la Unidad Popular que profundiza por un lado, la Reforma agraria y, por otro implementa cambios en relación a la propiedad y riquezas estratégicas del país, así como la forma de organización social que acompañaba estas propuestas.

Al mismo tiempo, nos llegaban de Europa los ecos de una abierta crisis del capitalismo industrial, lo que hizo surgir esperanzas que impulsaron a movimientos insurreccionales como los movimientos de mayo del 68’ en Francia.

Sabemos que en Chile el año 1970 se ganó por las elecciones un proyecto socialista, que alcanzó a implementar importantes medidas de tipo sociopolítico y económico que generaron una de las más violentas reacciones del imperialismo norteamericano y de la burguesía chilena, instalando un largo, violento y duro invierno militar. En este periodo se empiezan a poner en práctica en forma dictatorial- a través de las armas y del terror- los cambios más profundos en las bases de la economía del país, que nos conducen a la situación actual.

El estado deja de ser un árbitro relativamente neutro para manejar los conflictos sociales y se empieza a instalar subrepticiamente, una dinámica de des-colectivización o de re-individualización del trabajo. Muchas palabras dejan de existir: la palabra “clase”, “trabajador” “despido” y muchas más que no recuerdo. Las empresas cada vez toman menos en cuenta a los colectivos que quedan y apelan a los temporarios, las temporeras o a la tercerización.

Hoy casi no existen los colectivos de trabajo, generàndose una aumento feroz en la competencia y falta de solidaridad. Los jóvenes que no aspiran a empleos estables, optan a carreras de vida discontinuas, presionados por la exhortación a “ser un individuo exitoso”, figura que se origina en la instalación de la creencia de que el individuo es un sujeto libre y responsable de sí mismo, como un valor de la modernidad.

Algunos tienen mucho éxito en esta forma de insertarse y otros que no tienen los recursos de personalidad, son amenazados de invalidación social, “desocupados de larga duración” o a medio trabajo, ayudados por la familia.

El pequeño problema es que la capacidad de “ser un individuo”, no está dada de por sí, es también una construcción histórica.

Castell dice: Estamos en una sociedad de individuos. Individuos por exceso, individuos por defecto”.

Un hombre en situación de calle, un desocupado, un cesante eterno, un temporero, son representantes como decía Castell de los individuos por defecto. ¿son reconocidos como individuos con plenos derechos? “Viven así porque quieren”, “Les gusta dormir en la calle”, es lo que Castell llama lo demoníaco de la individuación, que maximiza las posibilidades de unos e invalida a otros. Se desarrolla así una zona híbrida de la vida social, entre trabajo y no trabajo, seguridad y asistencia, integración y desafiliación, donde faltan las condiciones para construir una verdadera independencia económica y social. Castell continúa: “Una sociedad que se convierte cada vez más en una sociedad de los individuos, es también una sociedad en la cual la incertidumbre aumenta de una manera virtualmente exponencial, porque las regulaciones colectivas, para dominar todos los avatares de la existencia están ausentes. Esto es lo que se llama, “la sociedad del riesgo”, son los tiempos inciertos, donde reina de precarización del trabajo, la desocupación y donde se puede hablar también de poblaciones en riesgo”.

Esta gran transformación ocurrida, no significa que haya desaparecido o aniquilado al asalariado. La centralidad del trabajo en las vidas de la gente, sigue existiendo, el empleo ha perdido consistencia, pero no importancia. Hay asalariados más precarios amenazados de desocupación y desestabilizados en su relación con el trabajo.

La relación con el trabajo ha cambiado profundamente, pero es sobre el trabajo que se sigue jugando hoy en la actualidad el destino de la gran mayoría de nuestros contemporáneos. La Arenth decía “no se puede imaginar nada peor que un trabajador sin trabajo”.

Otra cosa que no se puede relativizar es la importancia del Mercado. Su hegemonía se impone en la medida que se debilitan las regulaciones del trabajo. El capital financiero internacional, el banco mundial, destruye empleos, políticas sociales y todo tipo de lazos que ellas mantienen. ¿Se puede pensar en un futuro sin Mercado?

El Mercado no crea un lazo social, funciona en rivalidad en la competencia y abandonado a sí mismo, divide al mundo social en ganadores y perdedores, integrados y desafiliados.

Estos cambios políticos y económicos, son llamados por algunos economistas como “el gran salto” refiriéndose a una gran transformación que marcó el paso de un capitalismo industrial que se fundaba en el predominio del contrato y de dominación de los propietarios al neoliberalismo y la globalización.

Sé que esto no sucedió solo en este país, pero es aquí donde estamos y tratamos de construir proyectos de vida con sentido. Porque seguimos en un capitalismo que nos actualiza la frase de Valéry (1789) que dijo: “Acaso estemos en vías de perder nuestro mañana”.

SEGUNDA PARTE:

  • La Subjetividad en este metaencuadre

Es ya una verdad aceptada decir que cada etapa sociohistórica determina y construye un modelo de subjetividad adecuado al sistema en cuestión y por tanto también una forma de enfermar. Fácilmente podemos deducir que este modelo económico ataca a las bases mismas de los vínculos sociales, creando un proceso de des-socialización progresiva que compromete a las bases mismas de la construcción de la identidad. Se comparte la sensación de soledad, de miedo, de precariedad, de desempleo (“desvinculación”). Se extiende el temor por la seguridad personal y de los familiares. El estar sin empleo se constituye en uno de los temores más significativos.

La producción de riquezas -el objetivo fundamental ocultado por racionalizaciones- obliga a aceptar todo tipo de exigencias laborales, como si hubiese una obligatoriedad hacia la competencia y al mayor rendimiento. Esto se incrementa en el ámbito personal alimentando una tendencia hacia el egocentrismo. La consigna general es “Rendir”.

  • El suicidio

Según informe de la OCDE, Chile tiene la segunda mayor tasa de suicidio adolescente. La OMS estima que para el año 2020 morirá 1,5 millones de personas por suicidio en el mundo y Chile ocupa uno de los primeros lugares. Dicho aumento es superior a casi todos los países del mundo. A

pesar de que en Chile existen guías de manejos formales otorgados por el minsal y garantias explicitas para depresión mayor, bipolaridad, esquizofrenia y abuso de sustancias, en contraste salta a la vista la inexistencia de epidemiología local y guías clínicas. Según Mariana Krauss, directora del instituto Milenio, para la investigación en depresión y personalidad, dice que Chile es uno de los países cuya población presenta un mayor número de síntomas depresivos de todo el mundo. La última encuesta nacional de salud del 2017, situó la cifra en un 15,8%. Krauss explica que en Chile existen datos sistemáticos sobre depresión desde el 2013. Estos datos se asocian al deterioro de los vínculos sociales, falta de cohesión en los individuos, de pertenencia, de tener lazos con tu vecindario, de identificarte con un grupo social, de tener metas comunes, de sentirte parte. El sentido de comunidad es esencial para la salud mental. Afirma, que desde la década de los 80’ ha habido un deterioro importante de los vínculos. En su participación en tres estudios del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo se ha visto el aumento de los sentimientos de soledad, de los problemas de ánimo. Los chilenos nos sentimos más solos que las personas de otros países y eso ha aumentado progresivamente. Hemos tenido un cambio muy rápido hacia un mayor individualismo. Estamos hablando de ver la competencia como motor básico de la sociedad, de que tus éxitos o tus fracasos son atribuidos a tí mismo y no al entorno, de la sensación que todo depende de tí: ahí se pierden los referentes colectivos. Ella estima que para superar las altas tasas de depresión, Chile requiere un cambio socio-cultural.

– La producción de Subjetividad:

Para empezar, deberíamos hacer una diferencia entre producción de subjetividad y producción de psiquismo. Según Silvia Bleichmar: “Lo que se llama producciòn de subjetividad es del orden polìtico e histórico. Tiene que ver con el modo con el cual cada sociedad define aquellos criterios que hacen a la posibilidad de construcción de sujetos capaces de ser integrados a su cultura de pertenencia. Hay proyectos de producción de subjetividad en cada sociedad y estos proyectos tienen ciertas características: El modo de funcionamiento de la familia del siglo XX en Occidente, con funciones bien diferenciadas, es del orden de la constitución de la subjetividad. Mientras que la diferenciación tópica en sistemas regidos por legalidades y tipos de representación es del orden de la constitución psíquica…El sujeto actual está bombardeado por el riesgo de decontrucciòn y aniquilamiento. Yo trabajé dos elementos: Autoconservación y autopreservación del Yo. La autoconservación alude a la necesidad de mantenerse con vida y la autopreservación a la necesidad de mantener la identidad. Nuestra sociedad propicia una deconstrucción de la identidad en beneficio de la autoconservación. La mayoría de los sujetos tienen que renunciar a lo que son para la supervivencia. La categoría de desocupado, como categoría de identidad no es alguien en estado de, sino su ser mismo es la desocupación, alude a la pérdida de identidad”.

Por otra parte, se impone como objetivo fundamental para el individuo la obtención de riquezas, el nivel de consumo y la competencia, lo que tiene como resultado el desarrollo de un fuerte narcisismo y egocentrismo, estados en los que hay que dar prioridad al sí mismo. Si pensamos más profundamente, hay una imposición desde la realidad de una prioridad de objetivos a obtener y de un modelo de ideal del yo con sus respectivos valores. La exigencia de la eficiencia invade hasta el nivel de los vínculos privados. El establecimiento de este tipo de vínculos sugiere una explicación al alto grado de infelicidad que se manifiesta en el gran porcentaje de depresión y suicidio. Según la OMS, más del 5% de la población mayor de 15 años sufre depresión, mientras que el 60% de la

población indígena padece un alto grado de suicidio y alcoholismo. Según las últimas cifras de la OCDE, el suicidio ha aumentado un 90% y ocupa un segundo lugar en la población adolescente, asociado a depresión, trastorno bipolar y esquizofrenia.

El análisis del PNUD en relación a los cambios culturales producidos en Chile, señala la existencia de un problema profundo de identidad en relación a qué es “ser chileno”, como si existiera una identidad nacional en permanente mutación, o bien no existiera tal “ser chileno”. Indican que los cambios en los modos de convivencia y vínculos sociales son percibidos como procesos ajenos con un debilitamiento y casi desaparición del “nosotros”. El informe marca que Chile está sufriendo desde hace unos años un profundo cambio cultural con el impacto de globalización en la sociedad, la centralidad de los mercados y las nuevas tecnologías. Aunque estos cambios crean oportunidades también conllevan dificultades, sugiriendo que existe una imagen poco creíble de lo que en el pasado fue “ser chileno” y una borrosa y difícil imagen de un “chileno futuro”. En este sentido, cabe destacar que los procesos de individuación son vividos como una responsabilidad absolutamente solitaria, poniendo a prueba una especie de capacidad personal para sortear las dificultades creadas por la escasez de los recursos, generando agobio y retracción en las personas.


				
							
			

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