Del Narcisismo en los grupos (A. Missenard)

“Delante de un espejo veneciano toda complacencia
le es prohibida. Apenas su mirada se posa en el centro,
sobre la imagen de vuestro rostro, que es solicitado a
la derecha, a la izquierda, arriba, abajo, por los espejos
secundarios los que, cada uno, refleja diferente espectáculo.
Es un espejo descontrolador, distractor, un espejo centrí-
fugo que atrapa hacia la periferia todo lo que se acerca
a su centro.(…) Los espejos de Venecia(…) son espejos
inclinados que obligan a mirar a otra parte. Por cierto,
hay socarronería, espionaje en ellos, pero lo salvan a usted
de los peligros de una contemplación sombría y estéril
de sí mismo. Con un espejo veneciano, Narciso estaría
a salvo.”

Michel Tournier (Los Meteoros)

La escucha de los pequeños grupos llamados de formación para psicoanalistas ya ha suscitado trabajos en Francia(1). Nuestro estudio anterior de las identificaciones en los grupos (Missenard A., 1972) se prolonga aquí en una reflexión acerca de los fenómenos narcisistas que poseen un carácter central en la dinámica grupal. Identificaciones histéricas, identificaciones proyectivas e introyectivas, identificaciones heroicas hay-en efecto- que articularlas con los procesos identificatorios particulares que llevan la marca del narcisismo.

S. Freud, al subrayar aquí la función del Ideal del Yo y la del jefe en las masas ya indicó el lugar del narcisismo. D. Anzieu, al describir “La ilusión grupal” no omitió su connotación narcisista, tampoco lo hizo Kaës en El aparato psíquico grupal. Por mi parte, evoqué precedentemente las identificaciones narcisistas grupales(2). El presente trabajo(3) hace un acercamiento más sistemático del narcisismo en las sesiones de formación.

En el marco de este libro, no está previsto presentar un estudio de conjunto del narcisismo en la teoría psicoanalítica, pero es indispensable subrayar, previo a cualquier aplicación a los grupos pequeños, los señalamientos teóricos más destacados sobre el narcisismo a los cuales se recurrirá: será el objeto de la primera parte de este trabajo.

I. Acerca del narcisismo

  1. Del narcisismo parental procede el narcisismo del niño

Conocemos sobre este punto la nitidez del texto freudiano:

“El niño será la vida mejor de sus padres, no estará sometido a las necesidades de las que se ha experimentado que dominaban la vida. Enfermedad, muerte, renuncia al goce, restricción a su propia voluntad no valdrán para el niño, tanto las leyes de la naturaleza como las de la sociedad se detendrán ante él, él será realmente de nuevo el centro y el corazón de la creación, His Majesty the Baby, como nos imaginábamos ser antaño. El cumplirá los sueños de deseo que los padres no ejecutaron, será un gran hombre, un héroe, en el lugar del padre; ella desposará a un príncipe, resarcimiento tardío para la madre. El punto más espinoso del sistema narcisista, esta inmortalidad del Yo que la realidad le pone brecha, ha vuelto a encontrar la seguridad refugiándose en el niño. El amor de los padres, tan conmovedor y en el fondo tan infantil, no es más que el narcisismo de ellos que acaba de renacer y que, a pesar de su metamorfosis en amor objetal, manifiesta no engañar a su antigua naturaleza.

Al designar al niño como más allá de la enfermedad, de la muerte y como vector de inmortalidad, Freud indica, por el hecho mismo de este exceso, los deseos contrarios que subtienden la vida del niño.

Se puede precisar el lugar de la madre en la génesis del narcisismo infantil. Puesto que cuando “Su Majestad el bebé” erigido sobre las rodillas maternas se entroniza en efecto en el centro del círculo familiar, es justamente porque ocupa el lugar de un objeto “maravilloso” (Leclaire, 1975), repitiendo la iconografía religiosa de “la madre hacia el niño” en la cual la madre es pura y el niño, divino.

En este caso, padre casi no aparece, salvo eventualmente bajo la forma de José; en cuanto al padre verdadero, aquel de la “prehistoria personal”, es el hijo quien tiene a su cargo representarlo.

Por lo tanto la familia parece reducirse entonces, en imagen, a la madre y al hijo, rodeados por las miradas de los otros, pero indiferentes a su presencia, la madre centrando su propia mirada y su esperanza sólo en el hijo: esperanza de un destino excepcional para él, mirada sobre quien, después de haber partido de su cuerpo, del cuerpo de ella, es ahora una suerte de prolongación de él.

Sobre la tierra, a nivel de los cuerpos de carne y de goce, hay otras prolongaciones. Dos momentos ejemplares para observarlas:

  • aquel del amamantamiento: un placer mutuo, erótico, es proporcionado por un objeto parcial, el conjunto “seno-boca” que separa y une los dos placeres. En la soledad por venir, el niño sabrá, por la succión, encontrarle algo: se desarrolla el autoerotismo bucal que para el niño será una primera ubicación en la angustia de la falta;
  • aquel de los cuidados dados por la madre después del amamantamiento: un placer mutuo, erótico; el de la madre, experimentada en cuidar ese objeto maravilloso que ya partió de ella y aun es de ella, que a la vez ella rodea no solo con su mirada y su esperanza, sino también con sus manos y su voz. De cierta manera ella le da un lugar “en hueco”-aun cuando él esté fuera de ella- hueco en el cual, por sus cuidados él está unificado pasivamente con su presencia.

Al mirarlo ella también ve una imagen de sí misma, una imagen de su fecundidad, de su poder de creación, de su potencia, de la cual él sabrá hacer el mejor uso, véase que llevará a su extremo.

De esta posición de cuidados, el niño poco a poco va a desprender nuevas marcas, visuales, el cuerpo y el rostro maternos, y auditivas, la voz de la madre; representaciones que emergen con relieve entre el cúmulo de sensaciones experimentadas durante los cuidados, en la medida en que ellas pueden ser alucinadas, reproducidas, en la soledad y falta del otro, cuando el otro no está allí para dar su coherencia al conjunto, por el deseo inconsciente que lo anima, los proyectos que fomenta y el lugar que él da al cuerpo que las encarna.

Del narcisismo materno, el narcisismo primario del niño- lo que unifica, junta, re-liga al niño- va a proceder de dos maneras: por una parte, del lugar que el niño(4) ocupa en la madre como “objeto maravilloso” al cual todo le será economizado, prolongación directa de esa parte de ella misma que ella no realizó, y que el niño, pequeño Dios, deberá lograr; por otra parte, del lugar que ocupa el niño como sustituto de la falta materna, permitiéndole a esta acercarse a una forma ideal de ella misma a la cual podrá evitársele algo de la castración; tanto la una como la otra cooperando en hacer de algunas madres “mujeres colmadas”.

Además, al mismo tiempo que él está tomado en esos ideales maternos- los de los proyectos y los del cuerpo- el niño recibe los cuidados de su propio cuerpo, y tanto para él como para su madre pueden desprenderse placeres de ello. Así, cuando el otro llegara a faltarle, cuando esté en el “desamparo”, él volverá a buscar lo que, de los placeres perdidos, será posible de reproducir: actividad auto-erótica (succión) considerada por Freud durante un corto período como constituyente del narcisismo, marcas parciales del cuerpo de la madre, un rostro, una voz (elementos pre-especulares de los cuales se conoce su ulterior función). Se restablecerán así – ¿por un instante?- los primeros vínculos, los que han aportado al niño su investidura narcisista inicial.

Así, para ubicarse en el desamparo, el niño coge lo que de alguna manera está a su alcance y que lo acerca a la unificación fusional. No es decir que él reencuentre en ello el bienestar momentáneo. No es decir tampoco que los deseos maternos destructores subyacentes a las idealizaciones que los contienen asimismo no los determinan.

  1. Otros lugares del “infans”

La atmósfera de maravilloso y de iconografía celeste a la cual naturalmente incita el narcisismo, hay que considerarla como un fondo sobre el cual se desprenden otras formas, con la noción que con el tiempo, el fondo y la forma pueden invertir sus posiciones respectivas.

Tal como eso ha sido indicado al pasar, al lado de momentos de efusión, de fusión, con identificaciones primarias o identificaciones de objeto primario que allí se desarrollan, también llega el tiempo de las separaciones, de los alejamientos, o simplemente de la ausencia de la madre: incluso es ese tiempo de la falta, lo hemos visto, que suscita la puesta en movimiento en el niño de esas representaciones-marcas o de esas actividades auto-eróticas, unas y otras apaciguantes y narcisizantes (5).

Pero el niño al nacer ocupa otros lugares que aquellos indicados más arriba.

Sin pretender lo exhaustivo, bastarán algunos ejemplos:

Para una mujer devenir madre es a veces ocasión de reviviscencia de una posición edípica, de rivalidad con su propia madre, de lo cual puede proceder que la acogida que le es reservada al niño no sea sólo de bienvenida.

Devenir madre y alimentar a su bebé, es volver a poner en movimiento fantasmas estructurantes de la oralidad de la madre, por ejemplo, del orden de la devoración: “eso devora” y entonces la pregunta planteada es “¿Quién devora a quien?”. En una fantasmática anal el niño puede ocupar un lugar de objeto a rechazar o a guardar a cualquier precio, o de objeto amenazante, temiendo la madre perder una parte de su propio cuerpo. Bajo esta perspectiva el niño es un objeto parcial que llevará la marca del fantasma materno.

Para los padres, el niño no es sólo el objeto parcial de su fantasma, ni el fruto cargado con todas las promesas: el niño es también el representante de la savia que sube, la encarnación de la generación que sucederá a aquella de los padres y empujará a estos hacia la muerte. Los deseos agresivos hacia el niño tienen por lo tanto su lugar en el fantasma, en las relaciones padres-hijos, “matan a un niño”; lo cual no quiere decir que esos deseos sean vividos fuera de toda culpabilidad, muy al contrario (es el “gran crimen” según Bergler, citado por G. Rosolato), por cuanto el niño es a menudo el medio para reproducir a los padres desaparecidos (G. Rosolato), ni que sean independientes de toda articulación con los fantasmas maternos evocados más arriba; las necesidades de una presentación clara no deben alcanzar a un pseudo-aislamiento, al interior de la psiquis.

  1. La caída

Esos movimientos reductores o mortales dirigidos hacia el niño tienen a menudo su lugar en una articulación compleja con otros componentes de la psiquis. Por una parte, para la madre, el proyecto de hijo se concretiza en las diversas etapas de la vida del niño, en un ideal del Yo oral, anal, fálico, que introduce una referencia a lo bueno, lo bello, lo grande, la cual da un modelo implícito, luego explicita al niño para situarse en un de-venir, un “yendo-deviniendo”, pidiendo prestada esta fórmula a F. Dolto.

Por otra parte, el niño representa para la madre el deseo del padre y el que ella tiene por el padre, y el goce que es resultado de su encuentro y su retorno, y el objeto aureolado y radiante que es el fruto, que hace brillar con su resplandor a aquella que lo lleva.

Llega el tiempo de la caída; entendiéndose esta palabra en el sentido de la falta como en el de la caída de los cuerpos: la madre ha dejado caer al niño de su propio cuerpo (el de ella), lo va a dejar caer de otra forma: él que estaba en una posición de omnipotencia y de inmortalidad, él que la hacía reina…va a ser desalojado por ella: reina, ya no lo es. Por este hecho él va a decaer, a ser despojado.

El hijo que “colmaba” a la madre, “que era todo para ella”, que recientemente era el complemento imaginario de in cuerpo incompleto ya no puede habitarlo. Cuando la madre vuelve a descubrir los límites de su cuerpo, el niño será llevado a descubrir los límites del suyo.

Para recuperar el brillo fálico, la madre se vuelve nuevamente hacia el hombre, el suyo. Su mirada abandona el cuerpo del niño que en consecuencia ya no está rodeado por aquella; este “agujero” constituido no sólo por la mirada, sino por los sonidos, los cuidados, los olores, etc. se modifica, véase se esfuma por una parte y ya no tiene el efecto de unificar al niño al continuar anidándolo.

Acaba de hacerse una ruptura, un corte se ha instaurado, corte que hace que ya nada vuelva a ser “como antes”. Ha llegado el tiempo de la caída.

Algo del lado del ideal, del Yo Ideal de la madre y de la idealización que ella ha hecho del hijo, en efecto acaba de perderse; lo que la madre podía aproximarse del lado de la inmortalidad y de la omnipotencia se aleja. El niño para el cual el narcisismo primario era vital, puesto que él encontraba allí su unidad, ahora está en peligro, igualmente vital(6).

Lo que puede surgir en efecto, y que el brillo fálico impedía aprehender, son los “deseos inconfesables”(7) (G.Rosolato), los deseos de muerte o de posible abandono, el vacío, el “no-ser”.

Pues para el niño, al ya no estar en la posición anterior, consecuentemente se plantea la pregunta de su ser: al ya no ser quien era…¿qué es él para la madre? Que también esté marcado con el sello de su “insuficiencia”, de su falta en ser. Clínicamente es el tiempo de la depresión y de la angustia (del 5º al 12º mes) principalmente ante el extraño.

El niño ocupa sin duda otros lugares en relación al deseo de sus padres, en otros ideales y en otros proyectos que asumirán funciones importantes en su futuro. Sin embargo la pérdida del lugar idealizado cerca de la madre constituye una marca importante, variable según la estructura de las madres y la duración en la que ellas mantienen al niño en este lugar (S. Leclaire, 1975)(8): ella acarrea modificaciones del funcionamiento madre-hijo.

  1. Desdoblamiento y recurso al fantasma

Se puede hacer la hipótesis que en la cuestión del desamparo que acaba de instalarse, son los mecanismos preexistentes, hasta entonces recubiertos por la idealización dominante, los que van a entrar en juego; en la medida en que han sido asociados con los placeres fusionales, hacen menos agudo el peligro vital.

    1. Así sucede al recurrir a la relación fantasmática oral con la modalidad de la incorporación; hay que comprenderla como búsqueda repetida del objeto que se pierde, y como búsqueda de referencia identificatoria a nivel del objeto parcial cuando los vínculos “ al seno” del narcisismo primario se deshacen.
    2. También sucede así con la investidura de las marcas identificatorias, ya destacadas anteriormente, en el espacio intermediario entre la madre y el hijo: los sonidos y las miradas. Por medio de estos últimos se percibe la imagen del cuerpo materno y por lo tanto se reencuentra una parte de lo que le es asociado del paraíso perdido (y del narcisismo primario). Las satisfacciones auto-eróticas, obtenidas principalmente en la zona erógena oral, tienen la misma función de placer reencontrado y de referencia.
    3. Sin embargo es la identificación narcisista con la madre, tal como se da en este período donde “la identificación y la relación de objeto son difíciles de distinguir la una de la otra”, la operación más importante y la de más pesadas consecuencias. Puesto que esta identificación ya es pesada, porque, como se ha indicado más arriba, la madre es tanto aquella que abandona, pues vuelta hacia el padre o animada por “deseos inconfesables”, como la que admira y sostiene a su hijo y con la cual recientemente se vivía un “ideal” exaltador.

Por medio de esta identificación el niño adquiere la posibilidad de hacer “funcionar” en él al mismo tiempo las dos imagos maternas y las dos “formas” propias que le corresponden: al lado de la “forma” ligada con el Yo Ideal de la madre y la “completud”, toma lugar otra forma de sí mismo a la cual están destinados el abandono, la agresión, la destrucción y la muerte. Pero con estas dos imagos maternas y sus dos “formas” del niño no coexiste sino un solo referente identificatorio visual, la única imagen del cuerpo materno. En esta duplicación por una parte y esta unicidad de la imagen por otra, ya se reconoce uno de los rasgos esenciales del narcisismo en formación: la imagen especular exterior y diferenciada como tal será en doble reflejo(9)

La división establecida procede directamente del restablecimiento por la madre de una relación con la castración que se había esfumado durante el embarazo y los primeros meses de vida del niño. Es en esta relación con la castración donde precisamente será ubicado el niño, lo que, salvo la organización psicopatológica de la madre, lo conducirá pronto hacia una primera relación consigo mismo. Este esbozo de separación entre un “malo-a sufrir-a morir” y un “bueno-placer- a vivir” constituye un precedente del desarrollo del narcisismo y del advenimiento del doble.

  1. Narcisismo y eco: reflexiones y reflejos
    1. La imagen especular

Llega para el niño el descubrimiento de la imagen de su cuerpo en el espejo. Si, en efecto, esta imagen prueba ser la suya, no obstante inicialmente no hace sino superponerse, antes de hacerse autónoma, a aquella de la cual él recibió una impronta inaugural, la imagen del cuerpo y del rostro maternos: le queda la huella en tanto es asociada en él al placer vivido por la madre con su hijo.

La imagen recibida ahora, inicialmente doble luego única, aporta al niño contornos y límites sobre el modelo de los de la madre y le hace reencontrar por una parte la relación primaria con la madre, relación ahora modificada.

Eso es posible porque la imagen señalada en el espejo es designada por la madre y aprobada por ella como siendo la del niño: aprobación verdaderamente fundamental porque ella indica el interés que la madre le tiene e implícitamente la investidura que ella le otorga.

Desde entonces, en el momento en que se desarrolla en el niño lo que por comodidad hemos llamado una mala forma de él “a rechazar, a destruir, a morir” articulada a la imago de la madre destructora, la imagen que surge en el espejo, sostenida por la madre e investida por ella, deviene un lugar exterior al niño sobre el cual se precipita toda esa parte de él que constituye la buena forma recientemente amada “totalmente” por la madre; experiencia de placeres corporales, sensaciones múltiples y parciales pueden reunirse de nuevo, unificarse como un todo. La imagen en el espejo permite al niño una afirmación narcisista; ella es vivida, como se sabe, con júbilo.

    1. El doble reflejo

En el referente identificatorio visual que era el cuerpo de la madre llegan a confundirse las dos imagos maternas. Del mismo modo, la imagen del cuerpo en el espejo es la pantalla sobre la cual también se proyecta la representación de la forma “mala” del niño. La investidura de la imagen especular no presenta un carácter eventualmente tan pasional sino en razón de la victoria parcial, o total, por lo menos provisoria, que ella (la imagen) aporta sobre las amenazas de destrucción y de muerte, a que corresponde, desde entonces, la parte mala de él; en razón igualmente de la posibilidad vislumbrada con esta imagen, de encontrar un lugar análogo a aquel ocupado recientemente en el Yo Ideal materno cuya nostalgia no se apaciguará.

En suma el espejo es de doble capa; la una da un reflejo marcado con brillo y vida, e inmortalidad, la otra, en punteado, difunde el sombrío destello de la muerte, reflejo de lo que el niño experimenta cuando la madre lo contempla con otra mirada que aquella que lo “abraza”. Narciso indica su estructura en una historia que se cuenta, una leyenda que tiene un principio y un final, lo cual sin embargo no permite afirmar que esta presentación traduce lo que, en el humano, sería una cronología (cf.nota p.5).

La mayor investidura se hace hacia la imagen que, en su “buen” reflejo, reúne y unifica: ella también borra la huella del “mal” reflejo que no queda menos presente en filigrana.

Esta imagen entre madre e hijo constituye un objeto tercero que modifica la relación dual. Es una resultante de la mirada inaugural de la madre hacia su hijo, miradas intercambiadas entre hijo y madre (de donde resulta para el niño una primera imagen de cuerpo total), y miradas dirigidas en común por madre e hijo hacia el espejo. Los movimientos de investidura corresponden a estas tres formas: narcisismo materno y narcisismo primario, luego, narcisismo secundario (10).

Por lo tanto puede ser precisada la función del doble constituida por una imagen única teniendo dos reflejos, uno “bueno” y uno “malo”.

Ambos reflejos son co-extensivos. No hay buen reflejo sino porque el malo está allí, amenazante, portador de posible destrucción, de fragmentación y de muerte. El buen reflejo tiene por función recubrir o borrar al malo. Se sabe que el malo no está lejos, que puede surgir, como Freud lo precisa en La Inquietante extrañeza (S. Freud, 1933)(11).

Ya son posibles las identificaciones imaginarias, siendo su aparición inseparable de la “caída” y de la separación de la madre ideal en el seno de la cual el niño ha sido llevado, luego alimentado e investido.

El Yo (Je) adviene cuando la posición inaugural se pierde y se inscribe la marca de la muerte.

    1. Acerca de las primeras palabras

En los tiempos del narcisismo primario el niño está en un baño de palabras y de sonidos en el placer compartido del intercambio fusional con la madre. No queda sin respuesta en el juego placentero de los cuidados: la gesticulación, los movimientos, la voz, los sonidos emitidos y su modulación, en eco con la voz materna y su timbre. Muy tempranamente él usa esos extraños ruidos de labios, intraducibles a la escritura (¿brr?) que son una expresión de algo fuera de su cuerpo: sonidos, saliva. En espejo sonoro con la madre él emite a su vez fonemas, vueltos a retomar por la madre, constatando en el placer las hazañas del joven “héroe”, aquel del Yo Ideal materno y de los sueños “grandiosos”.

La articulación de las sílabas introduce enseguida, en la modulación cantante o en el contínuum de los ruidos expresivos, una escansión, un corte y su repetición, para la madre y para el hijo, primer esbozo de una separación.

La primera palabra (digamos…“bebé”) acentúa ese movimiento. Sílaba salida de la madre penetrando en el cuerpo del niño, retomada por él para ser expresada fuera de él, es así que la primera palabra está constituida por una parte proveniente de la madre y por su simétrico proveniente del hijo. Es creada una primera palabra entre madre e hijo, hecha de la una y del otro, intermediaria entre los dos, móvil e intercambiable. Esta composición, re-liga de nuevo uno y otra.

Para la madre, su surgimiento es un jalón hacia la realización de los proyectos soportados por el niño, una prueba de su buen desarrollo, una promesa de futuro. Es también una confirmación de la capacidad de la madre para concebir bien y para realizar: es decir un refuerzo narcisista para ella.

Por esta razón la palabra doble deviene para el niño un referente identificatorio. Que sea “bebé” o “papá”, o “dodo” poco importa, en un primer tiempo donde sobre todo cuenta el hacho de que tal palabra haya advenido y sea investida por la madre; por eso deviene buena para el niño ya que es fuente de placer y lo representa: pedazo de él y de ella, buena para ella, se vuelve buena para identificarlo a él que “ya no es todo para ella”.

Cuando los dos referentes especular y auditivo son así adquiridos por el niño y se sustituyen a partes de la madre-imagen o sonido- el niño dispone de bases fundamentales para identificarse.

    1. La leyenda de Narciso no es disociable de la de Eco.

La historia de Narciso, tal como Ovidio nos la informa, es antes que nada la historia de un doble castigo. Eco es una ninfa. Las ninfas son deseadas por Zeus; lo que fomenta los celos y la curiosidad de Hera. Ahora, un día, Eco, por su indiscreción, impide a Hera satisfacer su curiosidad y entender lo que sucede con respecto al deseo de Zeus. Por eso, Eco es condenada a nunca más hablar primero y a repetir sin fin la última palabra de los otros.

Narciso, a pesar del amor que inspiraba en las ninfas, las menosprecia. Por eso es condenado por la “diosa de la justa cólera” y a pedido de una ninfa herida por el rechazo y la burla de Narciso, a “caer enamorado de su propia imagen”…con el sentimiento de no poder jamás ni acercarse a su reflejo en el agua, ni a alejarse de él, y con la certeza que sólo la muerte le traería la liberación.

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El narcisismo procede inicialmente del lugar predominante que ocupa el niño en el Yo Ideal materno durante el embarazo de la madre y los primeros meses de vida. Es la libido narcisista de su madre que lo inviste en la medida en que él llena una falta al ocupar un lugar en el cuerpo materno, deviniendo luego su prolongación fálica. Esta investidura, que es fuente posible de un placer mutuo para madre e hijo, se logra en un intercambio de miradas, en un baño de palabras, de sonidos y cuidados; todo lo cual re-liga esas diversas experiencias de placer (más allá de la satisfacción de necesidades, de las pulsiones del Yo, de la auto-conservación) constituye las bases del narcisismo primario.

Cuando la madre vuelve a dirigir sus miradas hacia el hombre que ella invistió, el hijo es desalojado de la posición precedente. El drama que va a ser vivido por él- su caída- está ligado con la pérdida de esta posición “de ser todo para el otro” y al hecho de soportar pulsiones agresivas de parte del otro tanto más culpabilizantes.

La unidad que entonces él había adquirido pasivamente en el “seno” del otro le falta: en adelante necesita “morir” o encontrar una nueva…que tampoco borrará la nostalgia del “bello niño” inicial. Por medio de un proceso de desdoblamiento narcisista, él crea los dos a la vez: crea un doble, marcado por la muerte, gracias al cual el otro vivirá. El primero, desde ya condenado respondía recientemente a una parte “inflada” del cuerpo de la madre que ella ya no considera como tal, y a la “forma” del niño que ella imaginariamente desearía destruir.

Este desdoblamiento permite la puesta en lugar de una nueva organización y nuevas identificaciones: las identificaciones narcisistas, especulares, con una imagen que ocupa una posición “de tercero” entre madre e hijo, procediendo de la una (por desplazamiento de la imagen del rostro y del cuerpo materno) y del otro (imagen del niño en el espejo) constituyen “esta nueva acción psíquica” agregada al auto-erotismo “para dar forma al narcisismo”(S.Freud, 1914).

Sin duda, el desdoblamiento narcisista no sólo se logra en la imagen. Tal como la imagen, las primeras palabras, en la prolongación de los primeros sonidos intercambiados entre madre e hijo, son dobles, procediendo de la madre y del niño. Tienen la misma estructura que la imagen, pero aparecen más tarde en el desarrollo quedando sin embargo en el marco de lo que se puede designar como la “fase” narcisista. Esta “doble” construcción signa a la vez la separación, es decir una acción de desdoblamiento, y el llamado (¿nostálgico?) a la unidad primera.

Con todo es la imagen la que inaugura ese proceso narcisista, dando forma al Yo(Moi) como instancia imaginaria y permitiendo el distanciamiento con respecto a la primera imago materna.

En adelante el niño puede ser investido diferentemente por el narcisismo parental: ya no es el Yo(Moi) Ideal materno que, solo o principalmente lo sostiene, sino una imagen de sí a advenir, en la prolongación de los otros proyectos parentales y de sus ideales.

Esta imagen total de sí mismo recibe en el curso del desarrollo el reflejo y el esclarecimiento del objeto parcial, privilegiado por el fantasma materno (el narcisismo del objeto total recibe “la sombra” del narcisismo del objeto parcial, el cual ha sido particularmente investido como referente identificatorio en el desamparo y el vacío de la caída).

Ella también recibe la luz que le viene del padre, luz que por cierto ha estado siempre presente desde la identificación primaria con el “padre de la pre-historia personal” pero que cada vez más, intensificándose va a constituir un primer relevo hacia las identificaciones “sociales”.

    1. Narcisismo y trabajo psíquico

Así, esquemáticamente, desde los orígenes el narcisismo es inseparable de un trabajo psíquico (12). Este se caracteriza, en la situación madre-hijo, por la pérdida de una posición ideal en la cual el niño fue ubicado inicialmente. En lugar de “llenar” al otro y de “embelesarlo”, el niño es “dejado caer”, e imaginariamente agredido. Luego de esta caida, matriz de la depresión, en la cual se pierde la unidad que fue recibida pasivamente, no se busca más que aquello que vuelva a vincular con el “paraíso perdido”: todo referente identificatorio o pre-identificatorio es “bueno”: visual, auditivo, lugar de objeto en el deseo

inconsciente materno, en su fantasma; una nueva unidad-pálida sombra de la antigua, sin embargo brillante- es aportada por el desdoblamiento narcisista, fruto de la identificación narcisista, creación de una imagen tercera de dos reflejos, articulada a palabras dobles.

Es así que puede realizarse el acceso al Yo(Je), y el niño se despega de la imago de la madre arcaica por un proceso cuyas dos caras son la relación fantasmática oral de incorporación, el desdoblamiento narcisista con su imagen de dos reflejos y las palabras dobles.

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Esta visión de conjunto sobre el narcisismo constituye un antecedente necesario para una reflexión sobre el grupo. En tanto tal, ella deberá ser completada por una argumentación metapsicológica, es decir por el examen sistemático de los puntos de vista económico, tópico y dinámico por una parte, y la aproximación a las estructuras psicopatológicas encaradas desde el punto de vista del narcisismo así considerado por otra parte.

      1. Del Narcisismo en los grupos
  1. Los grupos de formación

Los grupos de los que aquí se trata son los llamados “de formación”, de duración limitada en el tiempo y cuyas particularidades generales son actualmente bien conocidas, después de 20 a 30 años de funcionamiento en Francia.

  • algunos recordatorios y observaciones: estos grupos, su organización material (el lugar, los horarios, etc.) son el hecho de un organismo del cual hacen parte los “monitores” (o animadores, o intérpretes, según los autores). Este organismo anuncia nombres de los monitores de las sesiones futuras y datos que han escogido para tenerlos. En los casos informados aquí, el organismo es conocido por la perspectiva psicoanalítica en la cual se sitúa su trabajo.
  • Cada grupo comienza con la indicación dada por el monitor, el cual toma la palabra en primer lugar, de las modalidades de funcionamiento y del encuadre en el cual se desarrolla la sesión.
  • Al fijar el lugar, la fecha, las condiciones de funcionamiento, el monitor muestra por cierto su interés para con el futuro grupo, pero al mismo tiempo él se ubica en posición de fundador.
  • La no-historicidad del grupo se desprende del acto de fundación; ella es reforzada por el hecho que los participantes en principio no tienen ninguna historia común antes de la primera sesión y por su intención a menudo realizada de no revelar nada de los diversos aspectos de su identidad social, profesional. Unas vertientes simbólicas de sus identificaciones se esfuman.
  • La actividad de las sesiones, hechas tan solo de intercambios verbales o a veces de una alternancia con sesiones de juego psicodramático, se centra en el aquí-ahora. El proyecto es situado al interior del grupo y no fuera de él.

– La ausencia de proyecto exterior, cuyo acercamiento o logro aportarían un refuerzo narcisista, se agrega a la presencia de un monitor que no conduce, y por lo tanto no constituye un referente identificatorio que para cada uno tomaría el lugar del Ideal del Yo.

  • Así, en un encuadre dado: tiempo, lugar, horario, proyecto general, condiciones de funcionamiento, teoría de referencia, nombre del organismo en el origen de las cosas, se hace un borrón de gran parte de los referentes identificatorios de cada uno, creando, si bien no un vacío, a lo menos un estado que se puede calificar en el plano imaginario de “urgencia identificatoria”.
  • Desde otro punto de vista la situación puede ser calificada “de originaria”. En efecto, están en presencia los participantes, sin vínculo previo entre ellos y no teniendo en común más que su proyecto de integrar un grupo y su acto individual de inscripción por una parte; y por otra, un monitor que es un elemento constituyente de una institución que tiene una historia, un pasado, un proyecto, un lugar definido en la sociedad, y un nombre. En él, monitor ubicable en su institución y en la sociedad, el grupo ha existido bastante antes de la primera sesión. En el plano imaginario, se enfrentan pues participantes cuya historia personal e identidades se esfuman, y un monitor que tiene referencias institucionales, teóricas, y la continuidad de una historia en la cual el grupo toma lugar. La génesis, el origen del grupo son imaginariamente confundidos con el monitor.

Y se plantea la pegunta: ¿Cómo en esas condiciones, se puede vivir, encontrar su existencia individual, su coherencia?

  1. Para una búsqueda identificatoria

Una parte de los fenómenos observables en los grupos son búsquedas identificatorias cuya dimensión narcisista es a menudo perceptible. A la esfumación y a la angustia responde la búsqueda de diversos referentes que eventualmente hay que encontrar: en los otros, cuyo rostro y cuerpo aportan una imagen de sí con la cual se vuelven a vincular por la mirada; en el pequeño grupo, del cual se percibe rápidamente la totalidad formal antes de definir los otros contornos(13); en lo que se ha llamado aproximadamente “clivajes” entre los participantes, y que se definirán mejor hablando de “partición”: hombres/mujeres, “psi”/”no-psi”, “conservadores”/ progresistas, etc. siendo la particularidad de estos sub-grupos de formar pares, opuestos y simétricos.

Todos estos referentes tienen en común aportar a cada uno un reaseguro narcisista: la forma del cuerpo individual o grupal y sus límites en primer lugar, luego el “rasgo

unario” en el que se distingue en el otro la forma de lo que no se tiene y la posibilidad de “reencontarse” después de temer perderse o ser destruido. La imagen corporal, individual o común permite rápidamente una simbolización de la diferencia entre sí y el otro antes de que se instale enseguida lo que podría aproximarse al “espíritu de cuerpo”.

3. La ilusión grupal

Al lado de estas búsquedas identificatorias que se sitúan sobre la vertiente corporal del narcisismo, existen otras en la vertiente psíquica. La ilusión grupal verbalizada por los miembros del grupo bajo la forma “estamos bien juntos, constituimos un buen grupo, nuestro jefe o monitor es un buen jefe, un buen monitor” está evidentemente impregnada de idealización. En el plano tópico, ella corresponde “ a una forma particular en grupo, del estadio del espejo”, cuando el sujeto está en relación con el otro “desde la modalidad fusional de la identificación primaria” (Anzieu D., 1971).

En una situación utópica, acrónica, sin pre-historia común para los participantes, situación que hemos calificado de originaria, dominada por el considerable desfase (vivido como tal) entre monitor “fundador” y miembros del grupo, se juega una problemática “ser/no ser” y que se puede entender (para retomar de otra manera la fórmula de F. Perrier), “nacer o no”, o también “ no ser sino en la fusión con una imago de madre fálica, o devenir sin ella en la separación(14).

La idealización masiva que aparece en la ilusión grupal (pero que también se encuentra en todo grupo, bajo otras formas), está vinculada con la problemática de los inicios de la vida a la que, imaginariamente, la situación de grupo reenvía: el niño es inicialmente el falo de la madre, él está tomado en el Yo Ideal de ella, y al ser despojado de este lugar él gana poder ser, pero de otro modo y en el espejo. En las sesiones, los participantes van a advenir fantasmáticamente de otro modo que en la fusión; por la idealización de su grupo, ellos a la vez intentan estar en otra parte, encontrarse un cuerpo imaginario que sea amable para el fundador, aquel por el cual ellos están allí reunidos. El grupo es idealizado porque vuelve a vincular a los participantes con aquel del cual van a nacer, y que el grupo a advenir es el único objeto del cual el participante “perdido-de-sí mismo” esté seguro de que está investido por el monitor. En fin, la idealización constituye también una defensa hipomaníaca contra la angustia (Béjarano) y la urgencia identificatoria.

El mecanismo de producción de la ilusión grupal consiste en un desdoblamiento en el grupo de la imagen del monitor, muy análoga a la puesta en lugar de la imagen del cuerpo propio que viene a duplicar la imagen materna y a ponerse como tercero entre el niño y su madre. Lo cual no está en contradicción con la proposición de D. Anzieu según la cual el grupo está en posición de objeto transicional.

El tiempo de la ilusión grupal no dura a menos que el monitor, de una manera o de otra, se preste a ello; es decir contemple con placer la imagen satisfecha que el grupo le devuelve, en la cual él a su vez se mira, fascinado por este objeto maravilloso.

4 Otros arreglos de la urgencia identificatoria

4.1. Los “organizadores”

Que el monitor abra la sesión por una toma de palabra para indicar las condiciones bajo las cuales esta se va a desarrollar no deja eventualmente de tener prolongaciones; pues más allá de su propósito, el monitor hace aparecer otros aspectos de él, su mirada, su mímica, sus gestos, su voz (tonalidad y timbre), sus actitudes, su movilidad, la repartición de su atención, etc., a los cuales uno u otro de los participantes puede ser particularmente sensible. En algunos casos, una problemática fantasmática del monitor, actualizada por la situación del momento o vuelta a vincular con su fantasma fundamental, es entrevista aquí, a la cual uno u otro de los participantes “resonará” en tanto animado por una problemática cercana. Sobre esta, subyacente, se apoyarán los primeros pasos de la vida del grupo, los primeros intercambios, las primeras sesiones. Hemos propuesto designar a este fantasma como “el organizador” de los primeros fenómenos de grupo (Missenard A.,1971), fórmula que R Kaës (1972,1976ª) y D. Anzieu (1975) han ellos mismos desarrollado.

Por lo demás, la fantasmática que domina la vida de los grupos, principalmente en sus inicios, es a menudo oral. Hablar de fantasmática, necesita que se recuerde que al lado de una definición que puede ser dada, incluyendo a la vez el deseo y el objeto parcial deseado, puede ser tomado en consideración, más que el objeto parcial, el conjunto “seno-boca” por ejemplo. Bajo esta perspectiva y en el linde del desarrollo psíquico, este conjunto toma lugar a la vez como “emblema narcisista” para la madre y como referente pre-identificatorio para el hijo (Piera Castoriadis). Los primeros elementos del narcisismo (son pre-narcisistas, auto-eróticos) aportan pues al sujeto, en el placer compartido, un primer referente.

En una situación grupal-originaria- el fomento de una fantasmática oral responde a un intento de ubicar una zona intermediaria entre los participantes y aquel que imaginariamente los ha engendrado. Estar en uno u otro polo de un fantasma de alimentación o de decoración es, sin embargo, un primer modo de ser. Que “el grupo sea una boca” como lo dice D. Anzieu (1975), es no obstante, a nuestro juicio, inseparable del hecho que por medio de esa boca le es dado placer a aquel que nutre y a los que son alimentados. Así, al mismo tiempo, lo “aun-no-nacido” se vuelve a vincular a un primer esbozo narcisista y encuentra una primera posibilidad de situarse en el plano imaginario.

4.2. Imaginario grupal, identificaciones-proyecciones, tejido grupal

Las prolongaciones de la organización fantasmática oral tienen por efecto la puesta en juego de un imaginario grupal común que contribuye en gran parte al desarrollo del narcisismo.

Identificaciones idealizadoras y proyecciones son en efecto las modalidades de funcionamiento que aparecen correlativamente a la fantasmática oral. Tan pronto se identifican con el “buen” monitor idealizado y se proyecta sobre otro puesto en un lugar equivalente, la imagen de “mal” monitor, “destructor- para destruir”, “devorador-para devorar”. A veces algunos participantes, ocupando este lugar, hacen comprender bien qué rol “doble” juegan y cómo ellos canalizan de hecho la ambivalencia dominante cuando odio y amor ya no son repartidos en personas diferentes. Francois Joseph cuya observación ha sido publicada (Missenard A., 1972) se presentó inicialmente bajo los aspectos de aquel que sabía, “recibir y hacer sentirse cómodos” a aquellos que él acogía, mucho mejor que cómo lo hacía el monitor.

Tan pronto como se ponen en el lugar de “mal” monitor: cada uno de los participantes , a su vez, llega a ser el centro de atención general; pero si él entonces conduce el juego, es para ser “expuesto”, “cuestionado”, puesto en evidencia en el lugar del “mal” monitor.

Estos cambios de lugar, de posición, y sobre todo los intercambios que allí se hacen sucesivamente, constituyen poco a poco una trama que reúne a las personas presentes; ella también contribuye a definir un límite entre el adentro y el afuera y, al mismo tiempo a dar “forma” a un conjunto cada vez mejor percibido. Puesto que al contorno principalmente visual que tenía el grupo durante las primeras sesiones, donde por cierto, cada uno podía percibir al otro por la mirada y al mismo tiempo percibir el conjunto, se agrega ahora un tejido común que llena el espacio del grupo y colma el vacío de su forma visual primera.

Cada uno se ha puesto, en una modalidad fantasmática oral, en el lugar del monitor y en el propio y en la posición de “comer-ser comido” bajo la modalidad de identificación narcisista, de la “incorporación”, en el sentido precisado por N. Abraham y M. Torok. Eso ha sido esbozado ampliamente en un trabajo anterior introduciendo la noción de proceso al interior de los fenómenos grupales.

5. Narcisismo y proceso grupal: depresión y desdoblamiento

5.1. Una situación clínica: el caso de Javier

Se informará el caso de un grupo de monitores (una decena) funcionando durante un seminario (grupos de diagnóstico, de psicodrama, sesiones plenarias). Los pequeños grupos son conducidos por dos monitores, las sesiones plenarias las conduce un grupo de monitores donde, uno de ellos, Javier, ocupa una posición central- él es además, uno de los fundadores de la “institución-madre”- posición idealizada por algunos colegas.

El hecho clínico ocurre en la mitad del seminario: consiste en un movimiento agresivo vivido con culpa y perceptible en diferentes niveles:

  • en un grupo pequeño: uno de los monitores tiene la fantasía de haber sido agresivo hacia un participante, ocupando una posición central en el grupo y portavoz de una parte importante del conjunto. Este monitor y su colega.

– experimentan entonces un profundo cansancio, y al final del día se aíslan uno del otro y del grupo de los otros monitores;

  • en el grupo de estos, asistimos a un movimiento general y colectivo de repliegue, con una toma de distancia de Javier, el cual a su vez se encuentra aislado;

en fin, en sesión plenaria, una agresividad proveniente de los participantes es

expresada claramente en contra de Javier.

Los efectos secundarios de esos movimientos son perceptibles para algunos monitores: a la astenia señalada más arriba en dos de ellos se agrega al día siguiente, en otros, diversos síntomas somáticos funcionales, y en uno, un brote infeccioso localizado, pero claro.

El efecto producido en los grupos al día siguiente es la aparición completamente nueva de una posibilidad de fantasear acerca de lo que sucede fuera de las sesiones entre los monitores y Javier: se habla de ello o se dramatiza en psicodrama. Una defensa hasta entonces dominante por la idealización, en algunos grupos, y que no había sido modificada por intervenciones anteriores, se esfuma.

5.2. Los movimientos fantasmáticos

Lo que hace pasar a los grupos del primer funcionamiento defensivo a otro modo es el movimiento agresivo hacia Javier, cuya posición “central” e idealizada, en este seminario, es cuestionada tanto por el grupo de monitores como por los participantes. La imago de omnipotencia fálica, inaccesible, amenazante, sostenida por Javier es alcanzada por cierto, pero Javier mismo es tocado “en vivo”; él puede analizar eso y gracias a ello su posición imaginaria será, en adelante, abordada, discutida, asumida por otros en juegos psicodramáticos. En un plano fantasmático, los participantes ya no están en posición de “criatura” indistinta del “creador”; un movimiento de separación del objeto primario se hace al identificarse con él.

Un trabajo psíquico análogo que remite a la depresión (incorporación del objeto) ya ha sido descrito anteriormente en el caso de un participante puesto en posición de monitor (Missenard, A., 1971). Aquí, además aparece la somatización, posible equivalente de la culpabilidad.

El narcisismo es aquí correlativo a la idealización y al clivaje: Javier idealizado es cuestionado, luego incorporado, primero en el grupo de los monitores y luego en los intercambios entre los participantes.

5.3. Desidealización, desdoblamiento narcisista, depresión.

El desarrollo histórico de los fenómenos puede llevar a comprender su mecanismo.

El eje de esta secuencia es Javier. Está en posición central, no sólo en la plenaria sino en el grupo de sus colegas. Antes de ser cuestionado en la sesión plenaria, se hizo una suerte de toma de distancia de él por los otros monitores, en algunos casos, un rechazo momentáneo. En el “staff”, en el conjunto de los monitores, ya aparecía una falla, una separación: ella permitirá a los participantes efectuar enseguida y a su vez un movimiento agresivo hacia Javier, al interior de la sesión plenaria.

En efecto, de ahora en adelante se ponen en evidencia dos partes en el staff y por el mismo hecho se desdobla la imago proyectada hasta entonces en el grupo de los monitores tomado como una totalidad (como así también hacia cada uno de sus representantes en los pequeños grupos). La imago de madre fálica ya no es inaccesible, se puede “tocarla”; los participantes ya no tienen que funcionar con una referencia única sino con dos; este desdoblamiento de la imago primera es el punto de partida de una nueva evolución.

En los participantes también se observan mecanismos semejantes: en un grupo, uno de ellos identificado a una imagen de “mal” monitor es agredido por los otros, identificados entonces con el “buen” monitor. Luego de lo cual, el sujeto ocupa una posición 2de tercero” entre monitor y participantes; él funciona como objeto transicional, vuelve a vincular a su manera participantes y monitor. Esta repartición de las imágenes de bueno y malo hace la situación más fluida, móvil y evolutiva. Esta no se comprendería de no ser remitida al desdoblamiento de las imagos.

Esta última es una operación narcisista, tanto en los pequeños grupos como en la evolución de los sujetos o de los pacientes deprimidos (Rosolato, 1975). En los grupos, pueden indicarse varios aspectos; Laxenaire (1975) ha señalado, entre otros, que la separación entre los participantes en el curso de la sesiones, según criterios de origen, sexo, profesión, etc. tenía por función re-situar en el otro una parte de sí que no se quiere reconocer. Ese “Yo malo”, será necesario por cierto tomarlo en cuenta de nuevo un día. Sin embargo en un primer tiempo el desdoblamiento narcisista permite a cada uno afirmarse y encontrarse, ya que lo malo, el “no-Yo” está en el otro.

El “emparejamiento”, una de las hipótesis de base de Bion, que ha sido considerada como clivaje de la transferencia (Bejarano), también puede, dentro de cierta perspectiva, ser considerado como la puesta en lugar de un sub-grupo de opuestos aportador de una seguridad (M. Laxenaire). Con este ejemplo, se puede recordar que la pareja elegida es a menudo idealizada; indicación de que este mecanismo del funcionamiento de los grupos llamados de formación no desaparece cuando se pone en juego el desdoblamiento.

No obstante, cuando una evolución suficiente habrá sido hecha sobre este punto, el desdoblamiento a su vez será puesto en juego; el otro denunciará como no siendo suya la fantasmática o el rasgo unario que se le presta.

En publicaciones anteriores se ha evocado la depresión como fenómeno central y a la identificación como proceso en los grupos llamados de formación. Aquí hay que agregar un comentario.

Depresión no es duelo logrado, sino duelo posible por medio de una simbolización a realizar. La introyección es una modalidad por la cual se hace una “ampliación” del Yo que ya Ferenczi había señalado. La incorporación se distingue de ella, tal como nos lo recordaron. Abraham y M.Torok. En grupo, se trata de incorporación. De igual manera, el proceso que aquí se desarrolla hay que situarlo en el plano de lo imaginario y del fantasma. Luego de recurrir a este último, la puesta en movimiento se hace por identificaciones que se pueden llamar cruzadas, este modo de funcionamiento es, se sabe, en las organizaciones psicopatológicas como la depresión, un medio de preparar una simbolización difícil.

En una situación “originaria”, la “separación” se acompaña de un momento depresivo: el mecanismo de la separación es esencialmente el desdoblamiento narcisista.

6. Otros aspectos del narcisismo en los grupos: Narciso y Eco

El grupo funciona a veces en referencia a lo que sucede entre los monitores-y queda no elucidado- o en el monitor mismo.

Se han dado de ello muchos ejemplos, el caso de los “monitores ensartados”, entre otros (Missenard A.,1971), Kaës R.,1976a, 1980) Una primera sesión de un seminario se desarrolla en un clima depresivo y pesado: los participantes parecen soldados unos a otros, aglutinados, con dificultad para comunicar. Los propósitos sostenidos en esta atmósfera suscitan en algunos monitores la imagen de los participantes reunidos en un bloque en el cual cada uno sería inmovilizado por el cuerpo de los otros.

Esta imagen y los propósitos que la hacen nacer y que la sostienen, se le aparece poco a poco a los monitores como articulada estrechamente con el funcionamiento momentáneo de su propio grupo. En efecto, el equipo acaba de sentir en reuniones precedentes una amenaza imaginaria de escisión en su seno. Faltó tiempo para analizar suficientemente los temores que aquella hizo surgir, e inconscientemente se estrecharon los vínculos del equipo animador. Es eso lo que reproduce el grupo amplio.

Se puede agregar a los comentarios de esta observación que ya han sido hechos, que los fenómenos observados son del orden del narcisismo. Son reflejos: reflejo de una imagen del grupo de los monitores, reflejo sonoro-eco-de su discurso inarticulado aun, pero cercano, ya que ellos pueden reconocerse en él.

En los grupos llamados de formación, la problemática del o de los monitores en tal momento de la historia del grupo ejerce sobre los participantes una suerte de fascinación que corre el riesgo de bloquear toda evolución si ella no es retomada en una intervención.

Los encantos de Narciso y Eco, estrechamente unidos también en los grupos, deberán romperse. El monitor lo hará si, habiendo reconocido como suyos los discursos que él escucha y las imágenes que percibe, interviene para retomar una palabra que inicialmente era la suya, pero que no tuvo la posibilidad de asir, y que los otros, como señuelo, le reenvían.

La dificultad para hacerlo puede provenir de una “captura” del (de los) monitor (es) por la imagen-eco- de la falla que está en él (entre ellos) o de disposiciones internas tomadas para colmarla. Sin embargo en la medida en que la falla es asumida o reconocida, el grupo puede cesar de dar repetitivamente al monitor reflejos, desde ese momento vueltos inútiles. Esto sólo puede hacerlo un monitor no ensordecido ni ciego a sí mismo y, al mismo tiempo, permitir así al grupo ir hacia un devenir, es decir, separado de su objeto originario.

7. Narcisismo y grupos reales

Los grupos reales no son lo central de este trabajo. No obstante aquí se tratará de ellos

Desde dos puntos que esclarecen nuestro propósito sobre los grupos llamados de formación.

7.1. El contrato narcisista

Piera Castoriadis propone (1976) algunas hipótesis sobre “la función metapsicológica del registro sociocultural”, que recordamos, sin seguir sus desarrollos, con los únicos fines de nuestro propósito.

La articulación entre el individuo y lo social se hace, en gran parte, en lo que P. Castoriadis propone llamar el “contrato narcisista”. Para sus miembros, en efecto, el grupo encuentra su propia existencia: a aquellos que ya están allí, la voz de los nuevos viene a reunírsele para sostener repetitivamente el discurso que mantiene la institución antes de transformarla por medio de una nueva creación.

Pero inversamente, en el grupo, el sujeto encuentra una posible investidura de una parte de su libido narcisista. El inviste el ideal a alcanzar, las identificaciones que remplazan a la identificación paterna; además, por este conjunto que le pre-existe y cuyo nacimiento está inscrito en la historia antes que él, sujeto, advenga, a la vez él encuentra un anclaje nuevo de su propio origen y una posibilidad-porque el grupo le sobrevivirá –de satisfacer una parte de su deseo de inmortalidad.

Se siente cómodo de ilustrar esas proposiciones teóricas de P. Castoriadis. En los grupos profesionales, los que los eligieron y no los que los soportaron, los sujetos se integran adhiriéndose a los ideales comunes y a los proyectos que los concretizan, refiriéndose a las leyes promulgadas por el grupo.

Así se vuelve posible- para algunos por lo menos- actuar sobre el conjunto para imprimirle su marca, eventualmente para dejar allí su nombre, el cual en el grupo y por él, vivirá más tiempo que el que lo lleva. Esos llegarán a ser fuentes de identificación para las generaciones venideras; perpetuándose así el contrato narcisista.

    1. Narcisismo e institución

En los grupos reales el narcisismo tiene otros aspectos. Una institución ilustrará esto. Institución por lo demás particular; por una parte ella está instituida, inserta socialmente, reunida alrededor de un objetivo inscrito en el status. Por otra parte, ella es llevada a funcionar como un grupo pequeño (el de los monitores) durante la realización de un seminario anual de formación.

Momentos difíciles que van a ser vividos por el grupo de los monitores al interior del seminario están relacionados con fenómenos de grupo pequeño: paralelamente a movimientos agresivos allí se desarrollan sentimientos de culpa, tendencias depresivas ( a veces somatizaciones como en el grupo evocado), y se hace una toma de distancia, un movimiento de separación que apunta a poner de lado a uno de los monitores. Este por otra parte ocupa un lugar muy particular: ya sea por su función-monitor de sesiones plenarias-, ya sea por su edad- mayor que los otros-, ya sea por las responsabilidades que asume, ya sea por el lugar de fundador de la institución, lugares todos que pueden ser tomados como una posición “originaria” en la cual el objeto es idealizado.

Todo sucede como si, en el curso de la crisis, se efectuaría con una agresión imaginaria hacia el que está puesto en lugar de origen, una división, división entre este y los otros monitores; a partir de lo cual otro modo de funcionamiento se hace posible, otra vida comienza.

Al final del seminario, se “repara” el objeto agredido; recientemente se le confiaba la realización de un apólogo final en el cual daba prueba de su creatividad y de su presencia. La experiencia aportó a los miembros de la institución un reforzamiento de sus vínculos como si la fantasmática vivida en común hubiese tenido para el conjunto una función de regeneración y de vuelta a las fuentes, como si imaginariamente hubiese sido renovado lo que inicialmente había creado, reunido y unido.

Al narcisismo del “contrato” que se inscribe en el campo del Ideal del Yo y de las identificaciones simbólicas, se agrega en los grupos llamados de formación una fantasmática de cuestionamiento de los ideales originarios y de aquellos que momentáneamente los encarnan.

¿Debemos inferir de ello que todo grupo instituido funciona en ese doble registro, y que las regresiones fantasmáticas le son necesarias para que él vuelva a encontrar sus fuerzas vivas después de haber reactualizado y metabolizado sus deseos de muerte? Algunas organizaciones de los grupos o de las sociedades – la fiesta por ejemplo- son instituidas para este efecto.

Inversamente, sería necesario examinar también el lugar que ocupa en una institución el ideal común, en tanto que neutraliza los deseos de muerte de los otros. Pero esta otra función del narcisismo es bien conocida.

*

* *

Así en los pequeños grupos llamados de formación que constituyen una situación “originaria” y “de urgencia identificatoria” imaginaria, el narcisismo es identificable en varios niveles:

  • en la búsqueda que hace cada uno, llevando la mirada sobre el cuerpo de los otros, rasgos identificatorios que le faltan;
  • en la posición de objeto parcial del deseo del fundador y en la zona común, en la cual monitor y participantes encuentran uno y otros una fuente de placer;
  • en los múltiples desdoblamientos tanto del monitor como de los participantes,o en aquellos que componen las parejas de sub-grupos, que se oponen simétricamente.

Estos desdoblamientos constituyen tantos aspectos de un proceso narcisista por el cual se opera la separación del uno, el desdoblamiento del “único” que era en el origen.

Intercambios y relaciones fantasmáticas producen primero una trama, luego un tejido que poco a poco llena el espacio visual-inicialmente vacío-que cada uno ha podido percibir del grupo, permitiéndole desde entonces encontrar allí un cuerpo imaginario.

Esta imagen idealizada es un objeto común al monitor-creador y a los participantes; objeto tercero entre ellos, otro doble del monitor pero investido por él, y diferente de – él, tal como era para el infans su imagen en el espejo el día en que recibió en relación a ella la aprobación materna.

Imagen idealizada de la cual enseguida habrá que perder la ilusión, libre para

buscar el ideal de sí mismo en los otros, en cada uno.

También hay que entender como narcisista el eco que los participantes dan al (los) monitor (es) de su problemática actual no elucidada: ecos que permiten construir poco a poco una imagen en la cual el monitor se reconoce, o por lo menos reconoce algo de él, que se le devuelve como desde un espejo sonoro.

8. Grupo y participantes: efectos y prolongaciones del grupo

8.1. Particularidades de las personalidades narcisistas

Los efectos que la participación en un grupo de formación puede tener serán abordados aquí por la vía de las personalidades narcisistas. No que estas sean las únicas en frecuentar los grupos o que se encuentren mayoritariamente en ellos. Sino que en lo que a ellas respecta parece ser más demostrativo y servir como ejemplo.

Se sabe que al lado de las diferencias sensibles, tanto en su funcionamiento como en los hechos que producen en el analista, esos sujetos tienen en común elementos estructurales: su narcisismo no se desarrolló sino en función de una necesidad de “reparación” constante de “la envoltura narcisista” (Fairbairn) y de la búsqueda de una distinción entre el adentro y el afuera que, para ellos, no está verdadera y constantemente establecido. El duelo por el objeto primario nunca ha sido realizado (J.B.Pontalis, 1974), la introyección del objeto perdido entonces no se logró, hecho que hubiese permitido esa ampliación del Yo (Moi) que concebía Ferenczi. Asimismo, en esas identificaciones hábiles y sucesivas que no dejan más que huella de falso-self, se puede observar intentos repetidos pero vanos de poner en juego un proceso identificatorio inaugural que no se ha terminado hasta ahora.

Esos sujetos permanecen en esta problemática en función de la psicopatología de su madre (J.Mc.Dougall), en la fantasmática de la cual ocupaban un lugar indispensable para ella. Es así que están en una oscilación entre la “fusión” y la “caída”, teniendo que afirmar un narcisismo simbolizando la separación para con el otro; afirmación otro tanto más insistente por cuanto está menos asegurada y que aporta al mismo tiempo unificación y victoria angustiante sobre la fragmentación.

8.2. El grupo, experiencia de una “separación primera”

Lo que sucede en el grupo hace resonar en estos sujetos su problemática narcisista: una situación “originaria” hace vivir a los participantes una oscilación entre la fusión con el(los) fundador(es), a saber la ilusión de la comunión grupal y la separación de él(los); eso por la vía de los procesos narcisistas, la incorporación del objeto idealizado y el desdoblamiento identificatorio. El trabajo se logra por los movimientos fantasmáticos que han sido descritos más arriba y que constituyen, como en la depresión, un primer paso en la vía de la simbolización (G.Rosolato).

Aquí, sin embargo, a diferencia de lo que pasó en la experiencia individual de los narcisistas, los intercambios con el objeto idealizado pueden no quedar inmóviles y coagulados; puesto que aparece que si los movimientos destructores pueden tocar “en vivo” a aquellos o a aquel de los monitores a los que apuntan, no tienen sin embargo el efecto de que le suceda la muerte, ni tampoco que se les quite la palabra a aquellos a los que se les apunta, puesto que aun pueden interpretar. En el ejemplo que fue informado, ese momento dio la señal de la identificación –hasta entonces imposible- de los participantes con los monitores y de la desaparición progresiva de la idealización. Tocar “en vivo” al monitor es alcanzarlo en lo que él tiene de sensible, en lo que esconde y que

él se esconde, es tocarlo en el lugar de una falla, allí donde precisamente los otros pueden encontrarse en él, si él mismo se reconoce en lo que le hace falta.

Para los participantes, la distancia es grande entre esta situación y la posición de infans viniendo a velar la castración materna que a menudo fue el caso de las personalidades narcisistas. Con esta situación se vuelve posible en los grupos, una disminución de las defensas narcisistas y para algunos el asumir “exponerse” a su vez, a vivir la pérdida de un ideal, los afectos depresivos que le siguen, y de ninguna manera sufrir la herida irremediable en la medida en que el proyecto común que es el grupo y las identificaciones con los otros permiten esos desarrollos que, de otro modo correrían el riesgo de provocar una hemorragia narcisista (15).

Los grupos de formación, tal como los hemos estudiado aquí, pueden entonces permitir una primera apertura, un primer acceso, por un proceso narcisista/depresivo, a nuevas preguntas, a una nueva relación y una nueva percepción de sí. También pueden aportar cierta comprensión del funcionamiento psíquico con los otros, un desprendimiento de la situación en la cual “la identificación y la relación de objeto son difíciles de distinguir una de otra” en pro de un reforzamiento de “la propia estima”, eso a través de la experiencia- en un marco teórico, en un espacio y en un tiempo definidos- de un breve retorno fantasmático a la fase de los orígenes.

NOTAS:

(1) Principalmente D. Anzieu, el Grupo y el inconsciente, 1975,nueva edición 1981, y R. Kaës, el Aparato psíquico grupal, 1976

(2) Identificación y proceso grupal, en el trabajo psicoanalítico en los grupos, tomo 1.

Encuadre y proceso, por D. Anzieu, A. Béjarano , R. Kaës, A. Missenard y J.B. Pontalis, Dunod, 1972, nueva edición, 1982.

(3) Este texto es posterior a una nota en roneo, interna al CEFFRAP, y a una presentación del seminario de D. Anzieu, 1975. Apareció por vez primera bajo el título “Aspectos del narcisismo en los grupos” en la Evolución psiquiátrica, 1976, 41,fasc.2.p.273-303. Se le aportaron algunas modificaciones a la luz de la presente publicación.

(4) Se habla del “niño” porque efectivamente su cuerpo de carne está allí presente, individualizado, visible. Pero para evocar lo que sucede en él, el término presenta el inconveniente de volverlo prematuramente autónomo. Tal como lo subrayó P. Castoriadis-Aulagner, el niño es tomado en “la sombra hablada”, él está en el proyecto materno, antes de llegar al mundo. Este autor, con toda razón lo designa como “el infans”. En el presente trabajo (1975) se ha utilizado la palabra niño. Se precisa aquí con qué reservas se ha hecho uso de ella.

(5) Es cómodo usar la cronología y la duración para describir los fenómenos. En la realidad estos coexisten en su mayoría y tan sólo varía su importancia respectiva. Por cierto, la maduración del sistema nervioso no se niega; tampoco el hecho que el fenómeno de “caída” puede acontecer según las madres, a edades diferentes en el niño; y que por consiguiente cronología tiene un lugar. Sin embargo no convendría que este lugar sea considerado como el único importante. Por lo tanto no es deseable que una comodidad de escritura-también aquí- sea considerada por otra cosa de lo que es.

(6) Recientemente la ceremonia religiosa de agradecimiento después del parto connotaba el retorno de la joven madre a la comunidad de los creyentes, su deseo de purificación, y su reafirmada referencia al padre idealizado.

(7) La imago de la madre mala no surge de pronto luego de la “caída”; la ambivalencia materna evidentemente ya estaba presente durante el embarazo. Pero cuando la madre, en el momento del destete por ejemplo, encuentra un deseo renovado- que había quedado atascado durante el amamantamiento, cuando el niño era aun la prolongación del cuerpo materno- entonces la imago de la mala madre adquiere su realce y el desdoblamiento se afirma, que hasta entonces había podido quedar velado. Decimos esto para subrayar que el desdoblamiento de la imago puede ser actualizado en diferentes momentos de la historia del niño.

(8) Diversas situaciones primitivas; “nacimiento, destete, alejamiento de la madre, amenazas de asfixia” (P.Fédida, 1975), son ocasiones de lo que puede ser considerado como traumatismo, cuya descripción dada más arriba representa una forma. Acerca de los vínculos entre el traumatismo y el narcisismo, ver mi trabajo “Narcisismo y ruptura”, en R. Kaës y al., 1979. Al contrario, la predominancia de las filiaciones narcisistas tiene efectos psicopatológicos: cf. J. Guyotat, 1979, 1980.

(9) Esta estructura especular en doble faz y en desdoblamiento converge con la teorización que D. Anzieu ha propuesto del “Yo-piel”.

(10) Acerca de la unidad dual del narcisismo primario, ver a P. Gutton, 1979.

(11) En este trabajo, Freud da diversas indicaciones que van en el mismo sentido: él sitúa al doble en un período de no distinción entre Yo, otro y mundo externo. El precisa que “el alma inmortal ha sido el primer doble del cuerpo”, y que después del narcisismo primario el doble deviene un signo anticipador de la muerte, encarnará más tarde las aspiraciones del Yo que no se han realizado, y la parte del Yo que es fuente de inquietante extrañeza (cf. principalmente el episodio de las vías del tren, pág. 204, nota 1).

(12) Este punto de vista es retomado y desarrollado en mi trabajo: “Narcisismo y ruptura” en R. Kaës, A. Missenard y al., 1979).

(13) Esto se acerca a lo que R. Kaës define como “la identificación narcisista con el grupo-objeto”, o “el aparato psíquico grupal”(1976).

(14) Separare : verbo latino, es la raíz común de separar y de sévrer (destetar en francés).

(15) Para Schindler (1971) citado por R. Kaës, el grupo sería un proceso de la

personalización.

Traducción realizada por Marcella Chiarappa C.

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