La política del deseo (Leonardo Montecchi)

El panorama político del planeta es desolador, cualquier tentativa de construir una especie de orden tiene necesariamente que contemplar el caos.

La disolución de los bloques de la guerra fría trajo consigo el aumento de la temperatura y, como en cualquier cinética de las partículas, produjo un movimiento browniano imprevisible para el sistema.

También los flujos de la comunicación aumentaron su velocidad provocando un aumento de la probabilidad de manifestación de turbulencias frente a pequeños obstáculos o de ligeras modificaciones con grandes aumentos o bruscas disminuciones de movimiento. Estos momentos o atrayentes extraños cambian la cinética y transforman un flujo laminar en una onda, y esta onda se destruye o fragmenta según reglas imprevisibles.

El caos domina; ya es evidente que la estabilidad es un caso particular del caos, una forma que se produce en circunstancias específicas y que está destinada a la mutación y a la inestabilidad.

¡Qué error intentar explicar la crisis como ruptura de un estado de equilibrio natural! No hay ningún equilibrio, el desequilibrio es quien contiene al equilibrio como caso particular.

Así, si de algún modo queremos representar esta situación, no tenemos que hacer referencia a la geometría de Euclides. Los cuadrados, los triángulos, las rectas, son todos casos de la geometría divisible o fraccionada. Los números no están enteros, están despedazados, fragmentados, quebrados y las figuras que se componen son más parecidas a los cuadros de Pollok que a los de Malevic.

También el espacio contemporáneo que nos produce como sujetos es absolutamente dependiente de flujos caóticos que lo dibujan como el resultado de un conflicto entre flujos contrastantes de economías monetarias profundamente libidinales.

Un espacio como Manhattan, por ejemplo, un escenario, un palco donde poner en escena un estilo de vida: el estilo de vida americano, libre, con todos los grados de libertad…hasta el “asesino en serie”, o la familia italo-americana o el negro que vive en el ghetto.

Pero todo con las características de la representación.

¡Hei amigo! ¡Aquí estamos en Nueva York! Este es el centro del mundo, compórtate como se debe, aprovecha tu oportunidad de llegar a ser famoso por 15 minutos, como decía Andy Warhol.

Esta parece ser la trama, el guión para vivir este espacio que es un fondo del imaginario colectivo.

El que puede destruir este espacio, quien puede odiar la libertad, entonces puede al menos en el imaginario, el espacio de Manhattan con sus rascacielos, las calles y las avenidas que se entrecruzan y la Broadway que corta la tela como en un cuadro de Fontana, es un espacio libre para cualquier puesta en escena.

Los autores pueden personificar los roles más disparatados, del Joker al chofer de taxi paranoico, a nadie se le ocurrió destruir este espacio. Pero Mohammed Atta, o quien por él secuestró un vuelo civil con un cuchillo de plástico y se incrusta contra la torre gemela, y después otro vuelo hace lo mismo y provoca el derrumbe. Y nosotros vemos las imágenes de aquellos que se arrojan desde lo alto y caen y vemos las torres que se desmoronan en una inmensa nube de polvo.

Por lo tanto, desde entonces se entiende que el caos es el que domina el escenario. Y emerge el piso cero, ya imposible de colmar. Esa posibilidad ya se hizo real, ¡no es más King Kong! Si sucedió quiere decir que puede suceder, significa que esto es un escenario que puede ser destruido, que será destruido.

Por lo tanto, un cuchillo de plástico que escapa al detector de metales, ¿puede provocar el derrumbe de las torres gemelas? Así es. El paradigma del complot: ¿qué nos quieren hacer creer, etc?, es solo una tentativa de reducir la ansiedad que surge fuertemente de esta “evidencia científica” que es la demostración de la teoría del caos. Ya no es necesaria la cita de la mariposa que agita las alas en Pekín y provoca el terremoto en San Francisco. El caos como telón de fondo nos permite pensar en los flujos deseantes como las corrientes que atraviesan el planeta y le modifican las formas, pero también nos lleva a pensarnos como sujetos de estos flujos.

El siglo pasado se caracterizó, al menos en su segunda mitad, hasta 1989, por la producción de identidades cristalizadas y estables alrededor de los involucros colectivos llamados masa. La masa produce al sujeto a través de la identificación con un líder, nos dice Freud en Psicología de las masas y análisis del Yo, que, en lugar del ideal del Yo, que es una función intrapsíquica, el sujeto pone al líder. Algo así como el amante pone a la amada(o) o el hipnotizado pone al hipnotizador. Pero junto a este movimiento horizontal surge uno lateral de identificación con el otro, que no es exactamente otro sino uno mismo, otro pero que comparte mi mismo ideal del Yo. Estos vínculos identitarios fuertes, se establecen también con líderes que ya han muerto hace tiempo o con ideas, y contribuyen a construir las “masas populares” o el pueblo que es siempre uno y se basa en la identidad de los mismos.

Una masa puede ser efímera cuando se reúne en una gran explanada para escuchar al líder o para una finalidad precisa; una huelga. Puede ser artificial cuando- para ser tal- no tiene necesidad de concentrarse en un solo lugar, como por ejemplo el ejército, que vive acuartelado en el regimiento, sino también un pueblo, una etnia, puede ser pensado como una masa artificial.

Por ejemplo, un habitante de la aldea de los Maramures de Rumania, vive en una aldea agrícola en graciosas casas de madera. La aldea tiene una entrada con un arco pintado y en su interior hay una dimensión imaginaria al estilo cuadros de Chagall “yo y la aldea”. Allí rige una jerarquía y seguramente nuestro Andrej tendrá un Ideal del Yo formado por las lecturas, por mirar la televisión y por sus deseos concientes e inconcientes. Este ideal tendrá que confrontar lo que su padre y su madre desean para él, con sus deseos y deberes que Andrej tiene con su pueblo y con la patria: servicio militar, ideología, religión, si tiene. Estos otros aspectos constituyen el Super-yo de nuestro Andrej, que debe incluir su Ideal del Yo. Si ampliamos este análisis a los muchos Andrej y Olga de esa y otra aldea podríamos pensar que el Super-yo corresponde a un conjunto de normas, de comportamientos, de modos de asumir roles prescritos que pertenecen a un orden o a un plano que llamamos simbólico.

El plano simbólico está constituido por signos que para nosotros pueden ser un modo de vestirse, arreglarse, hasta un modo de pensar y de ser a los que se atribuye un significado unívoco, según un código que pertenece a ese pueblo específico. Por lo tanto, por ejemplo, el código del pueblo podría prever para Olga el casarse con un campesino dueño de tierras, para ella tener un lugar más prestigioso que el de su madre. Esto significaría un progreso en el orden simbólico hacia un mayor prestigio social. Sin embargo, el imaginario de Olga, o sea el espacio libre de la ley del código del pueblo va hacia otros símbolos que para ella asumen otro significado o el que ella le atribuye. Por ejemplo, los referentes vistos en televisión constituyen un status prestigioso para una sub-comunidad de herejes que ya no creen en el código del pueblo. Estas personas sufren un “trance de posesión” en el sentido en que su estado de conciencia resulta modificado porque una imagen vista en el cine o en la televisión ha tomado el lugar del Ideal del Yo.

Olga ya no es la misma, ya no sigue el orden simbólico del pueblo, ya no responde a lo prescrito por el otro generalizado, ya no cree que su futuro sea casarse con Andrej, tener hijos y trabajar en el campo, siente que “debe” ser otra cosa, que puede ser otra cosa y siente que este deseo no es una infamia, no traiciona a nadie si desea realizar el sueño de ser una modelo, una cantante o una actriz de televisión o de cine.

La imaginación tomó el poder.

El imaginario se hizo autónomo del simbólico y produce otros significados no previstos en el código cultural pre-existente .

Este proceso ha ocurrido en todo el planeta, los códigos culturales que aislaban a los sujetos al interior de los estados nacionales se destruyeron frente a la difusión planetaria, primero el cine y después la radio y la televisión…¡imaginémonos con internet!…

La élite, que leía los libros de literatura de otros países, se confundió con la cantidad de aprovechadores de los medios, que, a través de la música y el baile, ha difundido el modo de vestirse y de comportarse de las grandes metrópolis mezclado con los signos de otras culturas que adquirían nuevos significados en el código de la libertad.

Esta mutación cultural ha producido y ha sido producida por las migraciones que seguían los flujos deseantes, como siempre, el efecto no es distinguible de la causa, hablamos con Althusser de causalidad estructural, donde las causas retro-actúan sobre los efectos.

La mutación no se produjo sólo por la dimensión cultural, también surgieron las ideologías del 900, así como las religiones.

Ya no estamos en la era de las masas sino en la de las multitudes. Las multitudes no se reconocen en un líder, no tienen una identidad estable ni estructurada; la identidad de la multitud es líquida-como dice Z. Baumann- esto es, se modifica según el contenedor en que se encuentra, por eso debemos re-pensar en André Breton y en sus vasos comunicantes, esto es en cómo un concepto, un modo de ser, un esquema referencial transita en otro. Debemos repensar en la forma de subjetividad y en cómo el Yo puede así hacer surfing sobre el caos, cayendo y desapareciendo en el agua para luego volver a subir en la cresta de la ola.

La multitud es el efecto de la producción deseante que despega a los sujetos de las pertenencias culturales para introducirlos en una dimensión imaginaria.

Los sujetos de la multitud no son nunca totales ni neutros, sino parciales y sexuados, son hombres y mujeres, como dice Luce Irrigaray, no se constituyen sobre identidades sino sobre diferencias. Es la diferencia la que vincula la multitud. Es la diferencia la que permite reconocer al otro y junto a él construir un sentido de la comunicación que no está pre-determinada por un orden simbólico que nos determina como hablantes.

Somos multitudes en éxodo.

Las tentativas de reconducir a las multitudes a un orden imperial han fallado. El imperio no logra ordenar el caos, es más, el intento de estabilizar por la fuerza el flujo caótico de los acontecimientos ha producido un exceso de inestabilidad. Las penosas tentativas de la política de reducir las crisis y de establecer vínculos de convivencia, chocan con la falta de conciencia de la situación actual. La política está completamente disociada de la realidad; es como esa persona que continúa presionando sobre el interruptor de la luz sin acordarse de que la ampolleta está quemada. El orden simbólico que la política quiere instaurar no tiene nada que ver con la realidad de las multitudes, y el código de dominio que quiere imponer no toma en cuenta la realidad.

Tan solo pensemos en el estilo de vida americano, todo el mundo quiere el estilo de vida americano; la libertad, la economía, belleza, el sueño del capitalismo, la riqueza de las naciones…muy bien, aquí estamos…en el centro del sueño…un sueño hecho de un espacio y el espacio es el espacio público pero también el privado, la casa…la casa del americano con el jardín y el garaje. Pero, ¿cuánto me cuestas sueño? Poco, porque yo, banco, te concedo un crédito con las tasas más bajas que el arriendo, así te puedes comprar la casa dando el dinero al banco en vez del arriendo al dueño. Pero tu sueldo no es tan seguro porque la empresa donde trabajas se fusionó con otra y tu eres un sobrante y de aquí te debes ir, tratas de ganar algo pero no logras tanto como para pagar la casa de US $ 500.000 que te compraste. Entonces el banco la recupera pero te la evalúa en US $ 400.000….y después no logra recuperar los créditos y los otros bancos también piden recuperarse y el banco quiebra. ¡Luego la compra otro banco con los sueldos públicos!! Un socialismo para los ricos. El nivel de vida baja y se empieza a hablar de recesión y siempre queda ese hueco en el sueño que absorbe toda la energía: el hoyo negro del piso cero.

Habría que pensar que tenemos que pasar a través de ese hoyo para construir otro imaginario como si este en el que estamos fuera falso. Arthur Rimbaud, en una estación en el infierno, decía que el amor tenía que ser reinventado. Y así es. Estamos frente a una nueva estación que no conocemos, en la cual los vínculos sociales deben ser recombinados.

Las multitudes no desean comunidades de destino ni horizontes lejanos de alcanzar sino circulación de afectos y pasiones en una dimensión común.

La producción de espacios comunes es tarea nuestra, espacios y tiempos que no sólo son contenedores vacíos sino experiencias estéticas en que se puede vivir la belleza del momento y vincularla a otros espacios y otros tiempos en los que llega el éxodo de la multitud deseante.

Estas son las balsas de las que habla Bifo.

(3-04-2008)

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