La concepción operativa de grupo (Raffaele Fischetti )

En el capítulo precedente se problematizó un área de intervención (la prevención) en la que trabajamos para construir un instrumento de trabajo, el dispositivo grupal, y una concepción sobre el grupo.

La concepción operativa de Grupo, nacida de la corriente psicoanalítica argentina de los Grupos Operativos de E. Pichon-Rivière y J. Bleger, fue creada por A. Bauleo, quien utilizó y re-conceptualizó los elementos nocionales e instrumentales que hacen posible el trabajo con los grupos en los ámbitos en los que se despliega la subjetividad.

La finalidad de este capítulo es dar una idea de mi posición respecto a la ubicación y al movimiento de un grupo, partiendo justamente de los trabajos que he realizado en estos últimos años, abordando los grupos con finalidades terapéuticas, de prevención y de rehabilitación, en las áreas de la Salud Mental y de las tóxico-dependencias y con grupos de finalidad formativa y de aprendizaje.

Un aspecto importante al interior de mis actividades ha sido la formación y supervisión de los equipos institucionales. Este trabajo no tiene únicamente el significado de reordenamiento y reforzamiento formal de las disciplinas y de las formaciones (en los Servicios o en las Instituciones) sino que ha resultado una elaboración en grupo de las motivaciones y de los elementos contra-transferenciales, así como de los obstáculos epistemológicos y de los esquemas de referencia que las distintas figuras profesionales ponen en juego cuando deben operar sobre los objetivos (tarea institucional) de su competencia.

Hace algunos años, Armando Bauleo quiso llamar nuestra atención sobre la necesidad de distinguir la experiencia del concepto, en la denominación de ‘grupo’.

Cuando hablamos de experiencia de grupo nos estamos refiriendo a una experiencia colectiva realizada o por realizar, a la vivencia y/o a las ideas que tienen los integrantes sobre lo que sucede en el grupo. Cuando hablamos de concepto estamos exponiendo una idea resultante de una reflexión, respecto a situaciones colectivas; se trata de una conceptualización que el coordinador posee para poder leer los fenómenos grupales.

Las dificultades para construir teorías se vinculan con la frecuencia cotidiana de la participación en los grupos. Podríamos decir que “siempre estamos en grupo”, a partir de nuestro nacimiento, que ocurrió en el seno de un grupo, la familia. El exceso de cercanía impide separar la experiencia, del concepto (o teoría) de grupo. Se difunde una ilusión de que todos sabemos qué sucede en un grupo, cuando en realidad “todos participamos”, pero no podemos conceptualizar tan fácilmente la dinámica de un grupo.

La distinción originaria de Bauleo (experiencia/concepto) se ha ampliado y ha producido otros conceptos para comprender lo que acontece en la situación colectiva. Por ejemplo se aclara que:

-grupo se refiere a una situación constituida por individuos requeridos por una finalidad común;

-grupalidad en cambio se refiere a la producción de subjetividad que se amplía a incluir a los mismos sujetos que la producen;

-grupal, en fin, reúne las reflexiones, o los conceptos sobre ambas circunstancias.

EL GRUPO Y SU DOBLE IMAGEN

Enrique Pichon- Rivière describió el proceso grupal como una espiral dialéctica con un doble registro, uno manifiesto y otro latente. Este último con sus irrupciones emocionales, fantasmáticas, obstaculizaría la regularidad formal del primero e impediría alcanzar la finalidad (tarea) por la cual el grupo se ha constituido como grupo. Son difíciles de prever las situaciones y los significados a los que puede llegar la finalidad, así como las circunstancias por las cuales un grupo transitará. Lo latente hará que el recorrido del grupo no sea lineal. Bauleo propone que el modelo es el proceso del sueño (trabajo del sueño), así como Freud nos lo ha enseñado, que permite pesar y elaborar lo que está sucediendo en el devenir (proceso) grupal. Partamos del modelo del sueño para entender el proceso grupal pero no para decir que este en un sueño, por cuanto los participantes del grupo están ahí en carne y hueso. (Bauleo).

El desarrollo completo del proceso grupal nos obliga a repensar la teoría analítica misma, tal como Ferenczi lo había intuido, y no a una transposición puntual y formal de los conceptos, aplicaciones del Psicoanálisis, como se decía en los años veinte.

Pensamos que para observar y tener la posibilidad de interpretar un proceso grupal, la mente del coordinador sufre una escisión entre una perspectiva más consciente y otra, inconsciente.

Mediante la primera logra cierta claridad o evidencia sobre el encuadre (o setting), establecido en base a la finalidad acordada por el grupo en el contrato y sobre la propia función de coordinación que permite una distancia óptima. Esta visión facilita la delimitación, la contención, el holding de la situación.

A través de la segunda perspectiva, la mente del coordinador vive una serie de transformaciones en la observación de la situación grupal, porque existe un pasaje inevitable de una visión individual a una visión grupal, de este “conjunto de personas”. Este pasaje arrastra consigo momentos de confusión producidos por el cambio de enfoque, de “vértice”, diría Bion. El paso requiere una pérdida de control de la suma de los discursos de los miembros y de su proveniencia para entrar en el “más” de esta suma, en otras palabras, todo lo que ese conjunto de personas produce y construye. Recordemos la famosa frase de Kurt Lewin “El grupo es más que la suma de sus partes”. Por lo tanto el interés del coordinador de grupo irá siempre hacia el “más”, que construirá la estructura del grupo.

LA SITUACIÓN GRUPAL

El primer encuentro nace del pedido de llevar adelante una finalidad (tarea) de parte de los integrantes del grupo y de la interpretación contra-transferencial del coordinador. Es decir: en la primera reunión de grupo estarían presentes dos elementos: la tarea y la contra-transferencia del coordinador. Los fantasmas, las motivaciones, las expectativas, los deseos de los sujetos, esperan detrás de la puerta para dar configuración a un tercer elemento, la organización grupal. Los tres elementos configuran lo que Bauleo llama la situación grupal. Es así como se estructura una triangulación: el conjunto de personas, la finalidad y la coordinación. Impulsada por las vicisitudes producidas por el choque entre las motivaciones, los deseos, los sentimientos por un lado y la resistencia al cambio por otra, la triangulación de las funciones pondrá en acción el proceso grupal. Analicemos los tres elementos en detalle.

1)      La tarea

El vínculo principal en la situación grupal nace del pedido de realizar una tarea y de la interpretación de esta de parte del grupo.

“El conjunto de personas” se reúne para lograr un fin o para operar sobre la circunstancia que lo supera.

La tarea (término con el cual E. Pichon Rivière define la finalidad ilusoria que convoca al conjunto de los individuos) es el eje en el que se centra el proceso del grupo. Tal tarea (de terapia, formación, prevención, trabajo, etc.) permite establecer un punto fijo para los elementos que emergerán del proceso grupal. La tarea sería el motivo, el tema, el sujeto, el objeto por el cual un conjunto de personas llega a constituirse en grupo. La tarea es el elemento, el puente que permite el paso de reagrupamiento a grupo.

La tarea es el trabajo que debe hacer el grupo hacia un objetivo determinado. Pero más que de objetivo, hay que hablar de finalidad. No hablemos de objetivo porque este término contiene la idea de que este pudiera ser un punto pre-fijado, ya programado. Un programa es pensado antes del grupo, en cambio la finalidad se sigue en el proceso grupal y en cualquier caso es el grupo el que la define en su propio trabajo.                                                                                                                                             La tarea entonces siempre está asociada a un trabajo de elaboración y comprensión de un problema particular, a partir del esclarecimiento del contexto en el cual se enfrenta. Desde esta perspectiva la tarea aparece como un concepto vincular que permite la posesión de un objeto particular sólo a través de los cambios internos de los integrantes del grupo. Son justamente los cambios internos los que permiten un conocimiento distinto al de los estereotipos del imaginario instituido.

Estoy intentando subrayar la ilusoria concreción de la tarea manifiesta, a partir del momento en que todo se pone en acción a partir de “algo” que cada uno cree conocer, o que le es familiar, y que presupone compartir con los futuros compañeros de grupo. Es interesante sin embargo que, si el coordinador dice “Estamos aquí para trabajar en esta tarea”, no puede saber qué entiende cada uno sobre esta tarea, porque cada uno, al inicio, tiene una idea particular de la tarea. Esto fácilmente lleva a malos entendidos: se piensa que todos están hablando del mismo hecho, de la misma situación, pero luego se descubre que ello no es así. Creemos que la tarea podría ser “lo que se ha dicho”, que debería ser el trabajo del grupo, pero luego nos vemos obligados a ver “ese algo que no se ha dicho”, que es el trabajo del grupo. Por esta razón la verdadera interrogante, al inicio del grupo, no es, en verdad, como dicen los integrantes, “pero ¿qué es la tarea?”, sino “cómo tenemos que trabajar conjuntamente sobre ese ‘algo que no se ha dicho’ de la tarea”.

En un primer momento la tarea es la tarea manifiesta y tan solo después, en el proceso grupal, se descubren otras características, modalidades, facetas de la misma. O sea, un conjunto de personas, reunidas alrededor de una tarea, deben hacer el esfuerzo de confrontar la propia idea de tarea con la que los otros miembros del grupo tienen de ella.

La aparición de “un algo” no conocido, los otros significados o implicaciones de la tarea que cada uno descubre en los otros, comienzan a producir cambios y transformaciones y “ese algo” deviene una tarea colectiva.

Se necesita un trabajo psíquico de parte de todos para comunicar y elaborar las vinculaciones y los intercambios del grupo sobre la tarea.

Desde los primeros momentos se comienza a notar una distancia o diversidad entre los puntos de vista de los participantes en aquello que, en el primer coloquio grupal, había sido individuado como el objetivo central que ellos desean llevar adelante (contrato), pero en cuanto el proceso comienza a desarrollarse, los significados, las fantasías y las expectativas que-en un primer momento-parecieran haber tenido la misma dirección, comienzan a diferir.

Inicialmente la tarea manifiesta parece ser una cuestión banal, pero enseguida se descubre que tiene múltiples significados para el grupo; el coordinador jamás debe  dar por sabida la tarea del grupo, ya que el proceso grupal se despliega entre la primera reunión-en la que todos creen saber cuál es la tarea para todo el grupo- y la última-cuando se llega a no saber cuál era la tarea por la cual los integrantes se habían reunido, puesto que en el intertanto emergieron numerosos significados. Hay un movimiento entre el inicio, en el que había un acuerdo, y el proceso que se desarrolla a continuación.

Que el objetivo sea terapéutico o bien de formación o de organización, los significados, las fantasías o las expectativas, que en un primer momento parecieran tener la misma finalidad, comienzan a diferir en cuanto el proceso del grupo se pone en marcha.

En otras palabras: los participantes habían preguntado por la posibilidad de llevar adelante un trabajo conjunto para tratar una determinada finalidad, cuando, con el solo hecho de que aparezca el trabajo en común, surge de improviso la diferencia. El pedido unitario comienza a irradiarse en horizontes de significado diversificados. Poco a poco la situación asume las características de un abanico de problemáticas que se despliegan. Emerge una paradoja: pareciera que el reagrupamiento inicial, que se reunió alrededor de una tarea para intentar organizarse como grupo, necesita primero desorganizarse, siguiendo las ideas y ambiciones individuales.

Una vez establecida y aprobada la finalidad manifiesta del contrato, para cada integrante comienza un proceso particular que parte del lugar originario (primario) desde el cual salió el enganche histórico con la finalidad actual. Es decir, cada uno, a partir de la propia historia personal decidió embarcarse en este viaje. Siendo más precisos (y al interior del ámbito grupal), es a partir del propio grupo de pertenencia y de referencia, de la novela familiar personal, es decir, de los grupos que anteceden al grupo actual que se inicia, es que se estructuró el deseo de participar en la circunstancia grupal presente. De aquí la expresión: “Entrar en un grupo significa salir de una situación grupal precedente, histórica, para insertarse en el proceso colectivo actual”. En síntesis: siempre salimos de un grupo para entrar en otro grupo. El paso entre salir del viejo grupo y entrar en el nuevo engloba todo el acontecer grupal. Emociones, sentimientos, fantasías, resistencias al cambio y estereotipias son efectos y resultados de este pasaje. La dificultad o imposibilidad para reflexionar al respecto y/o para estipular la probable presencia de la regresión en grupo, también son debidas a este pasaje.

Así como dicen diversos autores, los participantes hacen enormes esfuerzos para invadir y ajustar el grupo actual al propio grupo interno. Se busca que “estos” sean “esos”. Estamos hablando del por qué y de las finalidades de las identificaciones proyectivas y de las transferencias recíprocas. Cada uno, con una gran inversión de energía, intenta imponer tiránicamente su propia idea de cómo deberían construirse los varios pasos para alcanzar el objetivo final. Esta idea encuentra sus propios soportes emocionales en los lugares históricos en los que se generó, que hacen que su presencia sea más vigorosa y que dificultan el camino de su transformación.

Las vicisitudes de las transformaciones de las ideas originales con las cuales se llegó al grupo son uno de los lugares que los asuntos grupales atraviesan. Las angustias y los sentimientos que germinan en determinadas situaciones están ligados a esas ideas y llevan a la superficie los momentos iniciales de su constitución.

La participación del grupo en cada nivel, desestructura y reestructura las propias ideas respecto al acontecer grupal. Siempre existe una guerra entre el estereotipo (la armadura que alberga la locura del no-cambio) y el aprender de la experiencia. O sea “el aprender de “ o  “el tomar” lo que acontece, como decía Pichon-Rivière.

Las preguntas acerca del por qué o sobre la finalidad de las formas y de los significados de los distintos momentos grupales se alternan con las interrogantes sobre los otros. El yo y el otro alternan las miradas, las escuchas, las sensaciones. En el proceso grupal se juegan siempre las re-ubicaciones (las asignaciones y las asunciones de roles): desde donde se le habla a los otros y desde donde hablan los otros, con una duda respecto al lugar donde se nos coloca o estamos ubicados. Se hace necesario un trabajo psíquico para comunicar y elaborar las inter-conexiones y los intercambios del grupo.

Los comportamientos de la pre-tarea son manifestaciones estereotipadas o resistenciales y justamente hacen evidente este trabajo psíquico.

2) La contra-transferencia de la coordinación

Profundicemos un poco más la función del coordinador. Encontramos un cierto número de problemáticas que se cruzan. En medio de estas intricadas situaciones del inicio del grupo, los integrantes y el coordinador intentarán dar forma a una finalidad y a partir de ahí, a un contrato (encuadre) de trabajo. Se establece una regla de funcionamiento que, a su vez, hará de marco, en el cual se depositarán, según Bleger, las partes más indiferenciadas de los sujetos. Las impresiones, las sensaciones, las hipótesis emergen ante “el conjunto de personas” que desean estructurar un grupo. La imagen de lo individual y del conjunto se alterna, en cuanto intentamos recortar vínculos de liderazgo que nos dan una señal sobre la probable organización futura que adoptará el grupo.

La coordinación es el resultado de un contrato establecido con un conjunto de personas para trabajar sobre una tarea determinada. El trabajo del coordinador consiste en señalar, a partir de una asimetría que nace del contrato, los obstáculos afectivos y/o epistémicos que se manifiestan en el vínculo grupo-tarea. En lo que atañe a esta función, un elemento a profundizar es el problema de la contra-transferencia. Cuando desde la concepción Operativa se hace referencia a la contra-transferencia, es necesario esclarecer que no se está hablando de un ‘atado’ de emociones o sentimientos que invaden al coordinador cuando entra en contacto con los miembros del grupo. Así como ha precisado P. Heimann, para corregir malos entendidos y lecturas ingenuas del concepto, la contra-transferencia no señala los sentimientos del terapeuta, que por cierto siempre están presentes, sino una intensidad particular de los sentimientos en un momento preciso de la terapia y el uso que se hace de ello. Estamos señalando pues un instrumento de investigación que nos puede permitir llegar al conflicto grupal, antes de nuestro razonamiento (Bauleo). No hay que olvidar que, cuando hablamos de contra-transferencia, junto con las emociones, o como otra faz de los sentimientos, existen aspectos o elementos cognitivos tales como la historia grupal del coordinador que se pone en juego en cada encuentro.

Bion insistió justamente en esto, ya sea cuando pone al centro la elaboración del paso de la emoción al concepto, ya sea cuando rebate que el aprendizaje no puede prescindir de la experiencia. Sobre este punto, tanto en psicoanálisis como en la formación, resulta imposible hacer una distinción nítida entre campo cognitivo y campo emocional; en el proceso de conocimiento ambos participan, sin que sea posible establecer cómo, cuándo y cuánto.

No olvidemos que justamente el descubrimiento de estas circunstancias rompió el primado de la consciencia y de la racionalidad, como únicos elementos en grado de reunir todas las formas de conocimiento.

La interacción de los vínculos nos consiente a apreciar en profundidad la situación grupal sin intentar explicar obsesivamente “a qué se debe” esta mayor comprensión. Nuestra experiencia nos ha enseñado precisamente esto: en las sesiones de grupo, observamos y sentimos con suficiente claridad, los efectos de la “transferencia recíproca”.

Al comienzo del grupo, en la contra-transferencia del coordinador, no estarían solo el deseo, los miedos y los fantasmas de realizar o participar en la realización de un grupo; también estarían presentes esos elementos afectivos y cognitivos que derivan de la formación personal de coordinador y que constituyen el esquema de referencia. El inconsciente necesita de todos los sentidos. Los orientará de manera que la mirada pueda ver más allá de lo visible, el oído pueda apreciar los silencios, el tacto pueda rozar las angustias, el olfato logre olfatear algunas latencias. También se podrá sentir el calor y el frío que las circunstancias suscitan en el coordinador.

La función del coordinador de observar, comprender e interpretar las circunstancias grupales se activa a partir de uh esquema referencial flexible, fruto de la propia formación.

El grupo ofrece la posibilidad de focalizar el paso del afecto al pensamiento, el nexo, el cruce entre el esquema de referencia, la experiencia y la acción.

Todo lo que he dicho hasta este momento, Bauleo lo llamó sintéticamente “trabajo contra-transferencial”, que se manifiesta pues, como un signo a descifrar. P. Heimann habla de las “razones de un intervalo” cursado entre la comprensión inconsciente y la comprensión compartida. Cuando se pone en acción el proceso grupal, el terapeuta o coordinador cumple un movimiento psíquico inconsciente que lo ayuda a interpretar los comportamientos del grupo. Tal trabajo psíquico es similar al del autoanálisis de un sueño. No se trata simplemente de lo que se llama utilización de la contra-transferencia, operación en base a la cual se atribuyen al grupo o a partes de él, sentimientos o ansiedades que el coordinador experimenta.

La Concepción Operativa, insistiendo en la necesidad de tener y usar un esquema de referencia para el trabajo grupal, ha procurado que, con insistencia, se requiera una teoría de la técnica, es decir una continua reflexión y puesta a punto de los instrumentos.

El elemento central de la formación es haber realizado una experiencia analítica de grupo, o sea, deben coincidir una elaboración teórica y una participación en grupos analíticos que operan sobre la tarea y sobre los integrantes, en el sentido que el análisis grupal permita una auto y hetero- centración del grupo. Los conflictos que emergen en el grupo son el derivado del trabajo psíquico que se ha realizado.

El trabajo psíquico abre la posibilidad de comprender las circunstancias que competen al colectivo, por cuanto los vínculos intersubjetivos que se establecen en el desarrollo del grupo son los que aportan los elementos necesarios para aprender de la experiencia. De este modo, la formación cumple con la función de organizar un esquema referencial, englobando en él, no solo los conceptos, sino también emociones, sentimientos y experiencias que serán puntos de partida, estímulos para la comprensión de situaciones colectivas.

El esquema referencial le ofrece al coordinador las condiciones para entender lo que sucede. Entender que se entrelaza con la intuición con la que se opera en el campo grupal. Podemos agregar que la intuición aparece con un áurea de pura espontaneidad, pero sabemos que-en nuestro caso- es el resultado de todo el trabajo previo de formación del coordinador. Intuición e interpretación se ligan en el registro pre-inconsciente, atravesado por rápidos flujos conscientes e inconscientes.

Para simplificar se podría decir que, mientras sentimos, observamos y escuchamos el acontecer grupal, poco a poco surgen hipótesis sobre lo que sucede, con el fin de encontrar la “fuente común de angustia” en el grupo y señalarla (Ezriel).

Los deseos del coordinador de conocer el interior de su propia familia y sobre todo de los padres, así como la curiosidad infantil ante la propia sexualidad y la de los otros, a veces obstaculiza, a veces impulsa a observar el funcionamiento del grupo en base a su esquema referencial. Las diferentes organizaciones del mundo psíquico del coordinador ofrecen las condiciones, parafraseando a Foucault, para ordenar la enunciación de las interpretaciones que dan una comprensión ulterior de lo que acontece en el grupo. El esquema de Pichon-Rivière es: emergente-interpretación-emergente. El emergente es ese hecho, comportamiento o fragmento de discurso que ha llamado la atención del coordinador para dar un sentido al acontecer grupal, es similar a la idea de síntoma, de punto de urgencia.

3) La organización grupal

Pareciera que el reagrupamiento inicial, que se reunió alrededor de una tarea para intentar organizarse como grupo, necesite primero des-organizarse, siguiendo las ideas, las motivaciones y las ambiciones individuales.

El trabajo comienza con el primer organizador de la situación grupal: el encuadre. Este se ubica en el paso de reagrupamiento a grupo, contiene este proceso. El grupo es el mismo reagrupamiento con un encuadre que está funcionando como delimitación entre el adentro y el afuera.

Los miembros vienen al grupo con un esquema referencial primario que poco a poco comienza a resquebrajarse, pero el primer impacto que sufre ese esquema de referencia ocurre con el encuadre. Todas las defensas del comienzo se presentan en relación al encuadre. Este provoca un primer momento de confusión porque no se sabe qué significado dar al hecho que el coordinador interrogue a los miembros sobre el encuadre.

La tarea ha sido pensada por los integrantes a partir de un esquema referencial primario. Es decir la tarea inicial es una tarea primaria, primitiva, en el sentido que implícitamente participa en ella el grupo interno por medio de sus demandas. De hecho la tarea, elegida individualmente desde el propio esquema referencial primario, es primitiva, pre-elegida, está primero que el grupo. El coordinador no conoce, y tampoco los miembros saben bien cuál ha sido la verdadera motivación hacia esa tarea.

Por esta razón hay que decidir un primer organizador (el encuadre) que organiza también al coordinador para permitirle reflexionar sobre la situación grupal. Sin encuadre no se puede trabajar con un grupo. El encuadre es el que permite al coordinador centrarse en ese grupo (encuadre interno).

Los integrantes también deberán centrarse en este grupo para poder trabajar el paso de reagrupamiento a grupo, y trabajar sobre la motivación personal respecto a la tarea. El encuadre sostiene, es un contenedor para la aparición de las diferencias. De hecho es el que permite que, a pesar de las diferencias, las personas permanezcan en el grupo y comiencen a darle una piel. Cuando surgen las diferencias, comienzan también a verse los puntos en común.

En un momento determinado los integrantes se preguntan si hay puntos e intereses en común para seguir trabajando sobre la tarea, se busca una complicidad para que el esquema referencial precedente permanezca, sin ser modificado, pero también para buscar una complicidad sobre la relación entre el esquema referencial previo y la tarea actual.

Cada participante, a partir de la propia historia, decidió encontrarse con otros. Siendo más precisos, el deseo de participar en la situación grupal actual se ha estructurado a partir del propio grupo de pertenencia y de referencia, desde la propia novela familiar, o sea, desde los grupos previos a este grupo que se ha iniciado.

Emociones, sentimientos, fantasías, ansiedades, resistencias al cambio y estereotipos son efectos y resultados de este pasaje. Pero las atmósferas grupales previas hacen sentir la urgencia personal tornando más difícil el camino de su transformación en la situación actual.

Las vicisitudes de las transformaciones de las ideas originales con las cuales los integrantes llegan al grupo son uno de los momentos por los que atraviesan las situaciones grupales. Las angustias y los sentimientos que surgen en estos casos están ligados a esas ideas y traen a la superficie los momentos, las circunstancias y la atmósfera de su nacimiento.

La participación en cada nivel del grupo desestructura y estructura nuestras ideas respecto el acontecer grupal. Siempre existe una guerra dialéctica entre la repetición y el aprender de la experiencia.

Los participantes hacen enormes esfuerzos para remodelar el grupo actual a su propio grupo interno. Cada participante, con un gran despliegue de energía, busca implícitamente imponer su propia idea acerca de cómo debería trabajar el grupo para alcanzar el objetivo final. La idea de cómo debería ser un proceso grupal encuentra los soportes emocionales individuales en los lugares históricos en los que ella fue generada y vivida, en los grupos precedentes.

Sobre esta trama fantasmática se juegan las reubicaciones de los participantes, es decir el grupo se estructura en base a las fuerzas del inter-juego de los mecanismos de asunción y atribución de roles. ¿Desde qué rol le hablamos a los otros y desde cuál los otros nos hablan?

En este juego de reubicación emergen los aspectos resistenciales y estereotipados. Los miembros del grupo comienzan a interactuar aceptando a rechazando los roles que les son asignados, transferidos, de acuerdo a si pueden satisfacer o no sus propias necesidades. Los comportamientos manifiestos son intentos de resolver una tensión que posee una infra estructura de fantasías inconscientes mediante la asignación de roles. Cada uno hace una especie de juego de ajedrez cuando intenta hacer las movidas que más convienen, esperando que el otro haga a su vez las movidas que a este le gustarían, para así reducir el nivel de conflicto y tensión. En este nivel los comportamientos están al servicio de utilizar una tensión que se relaciona con necesidades inconscientes y, en consecuencia, los roles adquieren características defensivas. En cierto momento el miedo es que en el juego entre los miembros del grupo no se logre salir de vínculos claustrofóbicos.

En otras palabras: cada miembro del grupo asume, en relación a la tarea, antiguos roles y le hace asumir a los demás los roles complementarios. De este modo los roles se construirían sobre la base del grupo interno de los participantes. La red que se construye implica que cada uno le asigna un rol a otro en función de roles y situaciones precedentes y, en última instancia, del propio grupo familiar.

Pero la tarea actual del grupo reclama roles que no sean fijos ni estereotipados. El proceso de comunicación hace posible que se desarrollen en gran medida vínculos que ya comienzan a ser menos estereotipados. Las relaciones se hacen más complejas porque las personas no son las personas reales sino aquellas que cada uno ha construido en su propio grupo interno (personajes). El otro deviene una figura que me habla desde el mundo interno. Es así que la diferenciación entre los participantes ya no se basa en el sexo, la edad, etc. sino en cómo cada uno piensa la tarea. La tarea ha hecho que los miembros se reconozcan en base a sus visiones personales sobre la tarea.

Cuando decimos que el grupo ha llegado a un esquema de referencia secundario, construido por el mismo grupo, no quiere decir que todos son iguales y piensan de la misma manera (ilusión grupal de igualdad), sino que han llegado a un cierto punto de contacto entre las diversas perspectivas de pensar la tarea. Son puntos de contacto fugaces. El esquema de referencia secundario es efímero, hecho de puntos de referencia inestables, fugaces, lábiles. No se trata de una situación clara, exacta, siempre hay que volver a preguntarse algo, a ponerse en relación con la tarea.

El trabajo psíquico de reajuste continuo se hace evidente mediante manifestaciones estereotipadas o resistenciales que son la pre-tarea, el “como si” de la tarea. La tarea, que ha constituido al grupo, se define y redefine a través de los distintos pasajes del proceso grupal. Las redefiniciones de la tarea proveen significados nuevos a la motivación inicial desde la cual se ha encaminado el trabajo psíquico en la situación colectiva. La motivación parece reajustarse y re-contextualizarse. La mutación constante de la tarea manifiesta y de su importancia, impulsa a los participantes a una elaboración, sobre todo respecto a lo conocido en la situación actual de grupo, a lo que se ha presentado como lo habitual y común cuando el grupo se inició.

Solamente cuando el grupo termina tendremos una diagnosis definitiva acerca de su finalidad (tarea latente): con su fin se conoce el fin, afirma Bauleo.

Sintetizando: el movimiento constante del proceso grupal dibuja la capacidad de los participantes para centrarse en la tarea (pertinencia). La pertinencia nos habla del grado de internalización de la tarea y está en función de la motivación (personal y/o grupal), del deseo de los participantes y de la producción social. Mientras seguimos el proceso de la pertinencia en relación a la tarea, emerge la cuestión de la cohesión grupal. La cohesión es el vínculo que existe entre varios miembros del grupo, se expresa a través del vínculo libidinal de integrarse al grupo, mediante la identificación con los eventos y vicisitudes del grupo, visualiza el grado de internalización del grupo externo. La cohesión apunta a la posibilidad de construir el conjunto, de estar juntos. Nominar la cohesión también significa poner al desnudo el vínculo libidinal que liga a los participantes a un grupo. Ligada a la cohesión encontramos la cooperación. La cual consiste en la contribución-incluso silenciosa-a la tarea del grupo y ella se establece sobre la base de roles diferenciados. Nos habla del quantum de internalización del esquema referencial grupal.

Cohesión y cooperación no pueden ser impuestas desde el exterior del grupo, tampoco los participantes pueden instalarlas voluntariamente o imponerlas como exigencia. Nacen poco a poco, espontáneamente, de la trama vincular del grupo, de las identificaciones cruzadas que en él se establecen.

Por otra parte, sería imposible logar elaborar colectivamente una tarea si el grupo no posee un grado de cohesión y si no ha obtenido cierta cooperación entre sus miembros. Si, como hemos visto, el proceso grupal tiene un equilibrio inestable, es indispensable hablar de “grados de cohesión”, así como de “un quantum de cooperación”. No existe un nivel que se conquista de una vez para siempre, hay una constante incertidumbre (lo que no se sabe) sobre lo que ocurre en el proceso grupal.

Podemos decir que la cohesión mejora gracias a la aceptación de la situación actual del grupo: o sea, la cohesión está en relación directa con el abandono del esquema primitivo con el cual cada uno llegó al grupo, implica en cada caso la elaboración del duelo de los modelos y vínculos precedentes. Paralelamente, la cooperación está en función de la capacidad que el conjunto va adquiriendo, de ofrecer instrumentos a las actitudes y a la potencialidad de los miembros.

A PARTIR DE LA CONTRIBUCIÓN DE JOSÉ BLEGER

Los coordinadores saben bien que el grupo atraviesa durante su historia una serie de crisis profundas. Crisis que empiezan a manifestarse ya desde las primeras reuniones, y que a veces llevan a que algunos integrantes abandonen el grupo. Crisis que más allá se presentan mediante manifestaciones sobre todo extra-verbales, actings, o mediante la cualidad opresiva continua o fluctuante del silencio, con un clima de rumiación depresiva, o violentos ataques a la tarea o al encuadre. Estas atmósferas son captadas por el coordinador con sufrimiento, como un enlentecimiento de la atención fluctuante, una atención bloqueada hacia una focalización improductiva, en un clima de aburrimiento. A menudo el coordinador no tolera la vaguedad y la confusión del momento del grupo e intentará mover la situación con intervenciones que apuntan a focalizar, aludiendo por ejemplo, a temas que han dejado de lado por ser muy conflictivos. Por lo tanto se lee el impasse del grupo como una simple consecuencia del abuso de la negación que habría llevado al grupo hacia una experiencia de vacío o de hastío.

Los miembros que al ser observados podemos considerarlos como individuos discriminados y diferenciados de cierta manera de los demás, se encuentran en un estado de fusión o indiscriminación. Se hacen parte de ese fondo de simbiosis, de sincretismo, que constituye el vínculo más primitivo entre los integrantes del grupo. En este nivel los otros son buscados como marco estructurante del propio psiquismo.

Muchos autores piensan que el grupo se represente mediante una serie de interacciones. Bleger hipotetiza que la socialidad no es solo relación. Es este el sentido que podemos pensar cuando él habla de una relación que es una no-relación. Bleger precisa que aquellas “relaciones grupales” que se basan en procesos de identificación cruzada y hacen posible la situación grupal, son el nivel más avanzado del desarrollo de la grupalidad (socialidad por interacción) y se relacionan con un estrato más primitivo (socialidad sincrética), que puede aparecer en determinadas circunstancias. Se circunscribe así un área en la que lo individual y lo social estarían fusionados e indiscriminados.

Intentemos esclarecer mejor qué es indiscriminado. Hay aquí un contacto, un aglutinamiento, un nexo confuso con el otro, una no-identidad, más que un vínculo con el otro, ningún sujeto emerge como figura desde el fondo en el que se encuentra inmerso, lo cual implica un borrado de la diferencia entre los integrantes del grupo, ya que el otro es solo el depositario de los aspectos indiscriminados personales. Es un tipo de interacción con el mundo exterior en la que las propias capacidades y la disposición interna personal se deben a la presencia del otro, sin que haya una interacción activa entre ambos.

La grupalidad no es una fase, sino un sustrato constante, y la individualidad (socialidad por interacción) se prefiguraría a partir de una red de interacciones en las que los otros son necesarios como “soporte” para las emociones internas. Tal como Bion lo afirmó, se hace manifiesto algo que de otra forma no sería visible.

Para Bleger, Winnicott, Searles, el individuo, cuando llega al mundo, no es una unidad cerrada que gradualmente deberá abrirse, relacionarse, sino que hay en él-desde el nacimiento-un nexo confuso con el otro en un sincretismo, en una falta de discriminación entre el yo y el no-yo. Aún no existe ni mundo interno ni mundo externo, sino un todo indiscriminado desde el cual gradualmente el individuo logrará diferenciarse, porque solo entonces se instaurará en el sujeto un mundo interno distinto del externo. Al comienzo no hay ni introyección ni proyección. Estas devienen operantes tan solo después que cierta discriminación se establece en la organización sincrética, indiferenciada. El proceso que se instituye en un grupo no es de progresiva conexión entre los miembros, sino de gradual distancia e individuación respecto de la estructura sincrética originaria. En otras palabras, no son los individuos quienes forman los grupos sino que los grupos son los que forman a los individuos. El problema no es entrar en un grupo sino salir de él. Con las internalizaciones del contenedor grupal y con la apropiación de los contenidos aportados por los otros miembros, el sujeto transforma gradualmente el propio espacio fusional indiscriminado en un espacio de interacción, mediado por la mirada, el gesto, la voz, la palabra. En este espacio simbólico, social, se produce el reconocimiento de sí mismo como integrado, relacionado y, al mismo tiempo, diferenciado del otro. El espacio relacional hay que construirlo, es una conquista, y su configuración señala un cambio cualitativo en la organización intra-psíquica del sujeto en la modalidad de relación entre mundo interno y mundo externo. La dinámica grupal fundamental se desanuda a lo largo de dos líneas directrices:

– por una parte, hay una “lucha  contra” el nivel sincrético para llegar a una individuación,

– por otra, los miembros del grupo necesitan mantener ese nivel –parte de sus propios vínculos- porque en ello se logra controlar esencialmente la parte del nivel sincrético, ya que de otra manera el yo correría el riesgo de disolución, de dispersión, de desorganización psicótica.

Es necesario mantener una discriminación (clivaje) entre la socialidad sincrética y la socialidad por interacción, siendo esta propia de la organización más evolucionada de la grupalidad. Cada vez que este clivaje corre el riesgo de romperse, el grupo actualiza momentos de graves dificultades.

En las primeras fases del grupo, e incluso sucesivamente, en situaciones particulares, podemos observar la emergencia de la socialidad sincrética mediante una organización narcisista de grupo, es decir el predominio de la estructura indiscriminada y la proyección del mundo interno en el mundo externo (encuadre, atmósfera) de tal manera que se impide cualquier discriminación entre objeto interno (grupo o encuadre precedente) y depositario (grupo y encuadre actual). Lo que se proyecta en el grupo no es tanto un contenido mental o un sentimiento, sino una serie de vínculos con las atmósferas que los habitan. Cada uno de los componentes del grupo es depositario y actúa roles correspondientes a vínculos y objetos internos de otros. Las relaciones al interior del grupo reactivan pues un saber inconsciente “sobre” las relaciones grupales “en las “relaciones grupales. Es una fase en la que la distinción entre los miembros, el coordinador y la tarea no existe. El coordinador también está involucrado en el mismo fondo de sincretismo del grupo.

Esta estructura indiferenciada se presenta como fundamentalmente corpórea. El cuerpo, precisa Bleger, sirve de freno para evitar que se llegue a desorganizar o invadir el yo. Al mismo tiempo están presentes un cierto movimiento y un esbozo de aprendizaje, circulando alrededor de las sensaciones corporales, de los contactos, de los límites entre el adentro y el afuera.

Desde nuestra experiencia, esta modalidad oscila con otra en la cual los miembros incorporan el grupo indiscriminado como objeto interno y establecen una simbiosis con él dentro de sí (autismo). En el grupo aparece cierta dispersión y las reacciones emocionales parecen bloquearse y volverse frías y distantes. Se intenta superar la dependencia simbiótica por medio de una forma de aislamiento reactivo. El temor a quedar aprisionados (claustrofobia) empuja a los miembros del grupo a situaciones de auto-segregación (el silencio frío de algunos integrantes) o a recurrir a acting, tal como llegar tarde, abrir ventanas, irse antes, interrumpir la terapia. En el grupo se respira un aire de opresión, de bloqueo.

A medida que el sujeto entre en la estructura grupal, los grupos antiguos tratan de imponerse en el aquí y ahora de la situación actual. El encuadre y en particular la tarea grupal movilizan porciones del nivel de socialidad sincrética depositadas en el grupo interno y ofrecen la posibilidad de ser discriminadas, por cuanto la individuación se apoya en la posibilidad de trabajo sobre la tarea. En otras palabras, la tarea del grupo facilita el paso de una identidad sincrética a una por interacción, puesto que consiente en elaborar comportamientos estereotipados persistentes. Ancla al aquí y ahora de la situación grupal, actúa como organizador, es el instrumento de la contradicción que hace patente la dinámica del proceso. Emergen situaciones de ansiedad confusional por la re-introyección masiva y violenta de los núcleos indiscriminados. Los integrantes no saben dónde se encuentran porque comienzan a deteriorarse ciertas reglas mentales de naturaleza simbiótica. La envidia, la persecución, la amenaza de ser expulsados y la angustia catastrófica afloran.

GRUPO INTERNO Y GRUPO EXTERNO

El movimiento entre el grupo interno y el grupo externo es el motor del proceso grupal. Los sujetos, cuando entran al grupo, se sienten como empujados a salir, son arrancados –decía Foulkes- de los grupos previos y este sería un primer nivel de individuación que los sujetos pueden adquirir, mientras el grupo actual se va estructurando como grupo.

Por grupos internos previos, entiendo no solo el propio grupo interno primario (familia), sino también los modelos, las normas y las actividades basadas en valores y funciones sociales (institución) y-en este sentido-pienso que Bleger hable de aspectos institucionalizados del grupo o de grupo como institución.

En la literatura sobre grupos se suele decir que los miembros, en el momento en que entran al grupo, son individuos, para luego llegar a ser o tener miedo de llegar a estar completamente confundidos en el proceso. La angustia se refiere a la posibilidad de caer en una situación nueva, caótica, o en una situación fusional (masificación). A partir de Bleger la hipótesis que se hace sobre la situación es exactamente al revés, en el sentido que no es la novedad la que causa miedo sino lo desconocido que existe al interior de lo conocido (lo ominoso). El miedo está generado en realidad por lo desconocido que los sujetos portan en sí mismos en forma de partes indiscriminadas, es decir el miedo a no poder seguir reaccionando de acuerdo a modelos consolidados, asimilados en los grupos previos. De manera que no es la desorganización y el caos de la situación nueva lo que produce miedo, sino la emergencia de esa particular organización, cual es la socialidad sincrética en la que perdura la no constitución de la identidad individual.

Pero al mismo tiempo, justamente en este pasaje, con la ruptura de los esquemas referenciales previos, los sujetos pueden devenir más “individuos”, porque cada vez que se atraviesa un grupo hay que volver a ver las relaciones con los grupos personales previos y esta es la condición de posibilidad para trabajar en el nivel de socialidad sincrética. En este recorrido se hacen más manifiestos los aspectos más indiscriminados de los sujetos y esta es la razón por la cual emergen situaciones de ansiedad confusional en la que no se sabe dónde cada uno se encuentra ni para qué fines están reunidos. Cuando un miembro del grupo dice que quiere irse, volver a su casa, la casa es justamente el grupo previo al actual. También cuando alguien llega atrasado o deja el grupo antes del final de la sesión, todavía no se ha discriminado el límite entre el grupo previo y el actual.

De hecho, el pasaje del grupo interno previo al grupo externo secundario se delinea a través de la internalización recíproca y la modificación del grupo interno que cada integrante realiza. Este pasaje se da sobre la base de la discriminación de partes de socialidad sincrética insertas en el grupo precedente. Tan solo a través de su movilización pueden ocurrir los cambios más significativos. El trabajo de discriminación lleva pues a la ruptura de reglas institucionales.

La institución no es solo un edificio, con su organización, leyes, roles y normas compartidas, sino también es el conjunto de reglas mentales que utilizamos para pensar las situaciones. Las instituciones solventan distintas necesidades de una sociedad. La dimensión institucional no se agota en los aspectos funcionales y organizativos. Ella tiende a normativizar el tipo de enunciados que son pertinentes a cada una de las necesidades, autorizando algunos y excluyendo otros. Le ofrece a los sujetos una parrilla mental de validación de la realidad, una manera de pensar y de sentir.

“Además de interactuar con los individuos, las instituciones funcionan siempre (en distintos niveles) como los límites del esquema corporal y el núcleo fundamental de la identidad” (Bleger).

En la institución, y luego veremos que también en el encuadre, se inmoviliza la fusión yo-cuerpo-mundo exterior, una especie de “pegamento sensorial”, de fondo simbiótico común en la que todos los integrantes están inmersos, y que concurre en definir la identidad corporal de cada uno.

Las instituciones organizan el espacio relacional y el tiempo vivido del adentro y de afuera. De hecho el individuo es actuado por comportamientos programados (institucionalizados) y no mentalizados que hacen sincrónicas las relaciones. En los grupos primarios hemos aprendido una lógica para comprender los fenómenos.  Y esta es la lógica que ponemos en juego cada vez, en el sentido que cada vez utilizamos la lógica de las reglas de juego porque la socialidad sincrética es el código de la socialidad por interacción. Es un tipo de interiorización que ocurre en la indiferenciación y que permanece indiferenciada. En el plano grupal existe una base común compartida de la cual puede surgir la individuación. Uno de los mayores problemas para un coordinador, un terapeuta, está dado por el hecho que-en determinado momento, para comprender la situación, está obligado a romper una comprensión mental particular que tiene acerca de un hecho: pero si ha desarrollado un cierto nivel de relación con los otros no le resultará fácil entender ni sentir lo que significa estar indiscriminado. Incluso el coordinador, para comprender la situación de indiscriminación debe hacer una regresión y de igual manera no logrará aferrar del todo su comprensión. En esto consiste el problema de ponerse en la situación de discriminación-indiscriminación.

Son estos los momentos iniciales de un grupo, pero necesariamente, de vez en cuando, el grupo se volverá a encontrar en esta situación; emergerá nuevamente la ansiedad confusional mientras el grupo lentamente seguirá organizándose.

Cuando decimos que hay una tensión entre identidad y pertenencia, estamos diciendo que una porción de identidad estará ligada al grupo previo (socialidad sincrética) y otra porción, con la pertenencia y esta está ligada a las partes que han entrado al grupo actual. Entonces la tensión entre identidad y pertenencia es también la tensión entre las partes que están transitando en el grupo, pero también es la tensión que nace de este movimiento.

En el grupo, todas estas partes se van organizando paulatinamente, en el sentido que se organiza cierta relación entre la parte discriminada y la indiscriminada. La tensión entre identidad y pertenencia en un grupo estaría indicando este proceso. Todo esto produce sin dudas ansiedad y angustia, puesto que cuando se toca el nivel sincrético surgen las ansiedades psicóticas.

¿Cómo ocurre el paso de una situación indiscriminada a una discriminada? ¿Cómo los integrantes del grupo pueden aprovechar este movimiento para crecer?

El paso se ve favorecido por la institución de una tarea y de un contenedor, un encuadre.

Es útil subrayar que la situación inicial comienza con la institución de una finalidad (la tarea) que, en el proceso grupal, como un caleidoscopio, mostrará a los participantes sus significados ulteriores, los aspectos latentes. Solamente al final del grupo podremos tener una opinión más amplia sobre la tarea. El encuadre, (definir el tiempo, espacio, roles o funciones y tarea), por otra parte, permite desarrollar todas las vicisitudes de la tarea. El contenedor sirve para no perderse, ya sea para el grupo como para el coordinador. Es tarea del coordinador trabajar para mantener el encuadre para que el grupo pueda desarrollar su propia tarea.  Si el encuadre no aparece claro, no se puede trabajar con la tarea, entonces deberán explicitarse las condiciones de posibilidad al interior de las cuales se trabaja con la tarea. En este sentido el encuadre es el contenedor de la tarea.

Sin embargo la importancia del encuadre también sirve porque la tarea de un grupo no se agota nunca, y a través de un contenedor nosotros ponemos límites al desarrollo de la tarea misma. No es lo mismo el final con el fin del grupo. El final de un grupo no quiere decir que se ha terminado, porque hay siempre un proceso interno que continúa. El encuadre fija el final pero no el fin. “Hay que dar un tiempo” para permitir que se abra el pensamiento de “seguir pensando”.

BIBLIOGRAFIA

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