“Sobre la urgencia de lo Grupal” (Marcelo Balboa)

¡Comparte!

Share on facebook
Share on linkedin
Share on twitter
Share on email

 Agosto de 2011.

Puestos en la tarea de colaborar con la reapertura de este espacio primordial de los “Temas Pichoneamos”, que tantos recuerdos nos evoca; y luego de tanta “agua bajo los puentes” grupales e institucionales; nos hemos decidido por hablar de la praxis grupalista, de su pertinencia en la lectura crítica de la coyuntura social, incluyendo hechos de innegable condición colectiva, y hechos aparentemente aislados, los cuales comprendemos como fragmentaciones tendenciosas de lo social.

Nuestra intención es aproximarnos a posiciones de un análisis grupal e institucional de la contingencia y reflexionar acerca de la pertinencia y alcances de esta perspectiva.

  1. Respecto del ejercicio de dialogar[1] operativamente

Nuestra intención es colaborar con un dispositivo de encuentro e intercambio de ideas en torno a una problemática teóricamente común. Aunque sea difícil, intentaremos generar un incipiente ECRO (Esquema Conceptual Referencial Operativo) en torno a lo grupal, que nos permita un diálogo más productivo, o dicho en clave pichoniana, más operativo.

Partimos de la idea de que es imposible “pensar” en solitario. Siempre el pensar se hace en relación a otros, es decir grupalmente. Si esto se hace además en grupos, la heterogeneidad posibilita un mejor abordaje de la problemática en cuestión. Pero solo lo posibilita, no lo asegura. Lo dilemático o lo dialéctico que resulte dicho diálogo, determinará lo operativo del agrupamiento.

Se proponen ciertas líneas de entrada, ideas concisas que, a modo de “puntos de urgencia”, favorezcan la emergencia grupal. Para ello hemos convocado referencias fundamentales dentro del discurso grupal. En torno a ellas iniciaremos este diálogo.

  1. En torno a la idea de “urgencia”. Una primera vuelta en espiral.

Pichón-Riviére habla de los “puntos de urgencia”[2]. Plantea que la tarea del coordinador grupal es crear “situaciones de cambio”, a través de interpretaciones sobre el “existente grupal”, lo que permite el surgimiento de un “nuevo emergente”. La interpretación será más operativa, mientras más se aproxime a un “punto de urgencia”. Esto significa la apertura de la posibilidad del cambio, del movimiento que empieza a efectuarse dentro del grupo. La intervención del coordinador se funda en una lectura analítica del acontecer grupal, de su discurso, entendido de manera amplia como el existente grupal, magma verbal y preverbal, que contiene lo implícito, lo no-dicho grupal, aquello que urge, que llama, “que pide cancha”. Así, el emergente surge como manifestación de un proceso subyacente y urgente. Urgente por pertinencia, urgente por sintomático. Urgente por estar vinculado a una necesidad que se resiste a seguir postergada.

  1. En torno a la noción de necesidad

En 2004, Horacio Foladori, retoma la noción pichoniana de necesidad. Una necesidad, desechada por el psicoanálisis clásico, reducida al apuntalamiento primordial del deseo, excluida, por tanto, del ámbito de lo psíquico, ubicada en aquel “más allá no-analizable” de lo biológico, y de las pulsiones de auto-conservación.

Pichón desarrolla esta noción ubicándola en el plano de la psicología social, específicamente en el campo de la producción, es decir, del trabajo. Definido el ser humano como “un ser de necesidades, que solo se satisfacen socialmente en relaciones que lo determinan”, la psicología social tiene como objeto de estudio el desarrollo y transformación de una relación dialéctica entre estructura social y fantasía inconsciente “asentada sobre sus relaciones de necesidad”. Así, la tarea grupal supone una acción concertada y dirigida a la resolución de la problemática existente entre lo interno y lo externo. Para ello el dispositivo grupal operativo contempla la elaboración de los obstáculos epsitemofílicos, proceso que permitirá al grupo su propósito de generar cambios en el mundo exterior que satisfagan sus “necesidades”.

De este modo, dirá Horacio, el grupo propone un espacio en el que el sufrimiento psíquico, vivido como personal-individual, se articula con las determinaciones reales de existencia, haciendo posible el aprendizaje, y el cambio.

Agrega el autor, que además del malestar en la cultura freudiano, siempre interno; se debe pensar en otras determinaciones del sufrimiento: “¿no habría que pensar un sufrimiento determinado por el lugar que la subjetividad ocupa en la estructura social? Sufrimiento determinado por la inamovilidad social, la marginación, por el aislamiento, la sumisión de una estructura de distribución de la riqueza, de apropiación del trabajo, de la apropiación “terrible” del deseo de modificación del entorno a través del trabajo, que es lo único que hace al hombre, hombre”[3]

  1. Acerca de lo grupal y lo político

El pensamiento grupalista, teoría del grupo y de la grupalidad, significó un giro teórico en el campo de la psicología, que abrió la posibilidad de hacer inteligibles fenómenos tan complejos como urgentes.

Pensar al grupo como entidad, y por tanto, producirlo como objeto de praxis científica, significó una irrupción paradigmática no exenta de activa resistencia por los modelos individualistas. La Grupalidad, por su parte, aún en ciernes abre perspectivas originales de pensamiento, aplicables en la comprensión psicodinámica y sociodinámica de la realidad social. Y sin embargo, es figura casi inexistente en el discurso disciplinario de las ciencias sociales.

El mismo Foladori, en sus “notas sobre lo grupal y lo político” (1999) sostiene que pensar es siempre un acto social y necesariamente grupal. Es en el grupo donde se nos ocurren cuestiones nuevas, propias de lo que Pichón llamó “adaptación activa a la realidad”. Respecto de la “autoría” en términos individuales, dirá que esta corresponde “al nombre que se le pone a un trozo de discurso en virtud de quien lo expresa”[4]. En este sentido, la autoría no es indicativa de quien lo produce. Al discutir con otros, estos “presentifican” a un grupo al cual pertenezco, y por ello (nos) es posible producir nuevos y diferentes sentidos sobre lo dicho, pues estamos implicados, primordialmente.

Como un principio básico grupal, Pichón indicaba con certeza que la heterogeneidad del grupo permite mayor homogeneidad en el abordaje de la tarea. Esto no puede ser entendido a cabalidad si no se ha estado en un grupo, y se cuenta con los elementos de análisis para percatarse de aquello. Así, en el grupo las variables históricas singulares, se articulan en la horizontalidad grupal, y la historia de cada uno se articula con la historia grupal, historizada grupalmente.

La necesidad de “grupalizar nuestra mirada” es una manera de poder pensar, de generar un pensar creativo y operativo. El exilio, y las múltiples modalidades de represión política, son prácticas, usada por el poder con el fin de desvincular, de fragmentar; y así, controlar, desarticular, obstaculizar el pensamiento y de este modo anular al ser en el grupo, para transformarlo en un ser-en-sí, carente de autoconciencia.

Soledad, vacío, confusión, sufrimiento, desorientación, depresión y muerte. Cuántos exilios de nosotros mismos podemos no percibir por vivir ajenos y presas de la náusea existencial.

La promesa y la esperanza del modelo capitalista, de “satisfacer-rellenar” este vacío, por la vía del consumo y del “hacerse a sí mismo” parecen operar en otro sentido. Y por eso los grupos, especialmente aquellos que se autogestionan para pensar, para transformar la realidad; siempre resultan amenazantes. Por eso cuando la contingencia entra en fase “caliente”, los grupos adquieren el carácter de proscritos y son reprimidos; porque siempre el grupo implica necesidad de acción y cambio; de ahí su carácter de subversivo, necesariamente contrario al orden establecido. El pensar con otros es, entonces, necesariamente un acto político.

Y otra vez en torno a la urgencia: la urgencia de lo grupal

Caso 1: Cómo entender las múltiples formas que adopta la protesta estudiantil y ciudadana: la barricada, el caceroleo, el paro, la toma, la marcha, la murga, la performance, el apedreo, la quema, el saqueo, etc.

Caso 2: “Disparos en el metro”. En opinión de una connotada socióloga nacional, este hecho es síntoma de que «Chile se está desarrollando», porque «este tipo de delitos es propio de los países más desarrollados como los Estados Unidos. Desgraciadamente, el desarrollo implica competitividad, aislamiento, falta de solidaridad y ‘falta de humanidad’, desde el punto de vista de lo que significan los valores más fundamentales».

Caso 3: “Plan de descongestión de Metro”. “Si bien el principal objetivo del plan de las medidas anunciadas, que recibió el nombre “Plan Marzo 2010”, es reducir la densidad de pasajeros de 6 por metro cuadrado -que hubo en 2009- a 5,5 este año, Metro especificó que también se tomaron resguardos para que el flujo de público en horas punta sea lo más expedito posible.

Caso 4: “De las Bases Técnicas de Programas de Intervención con niños institucionalizados–SENAME”. “…investigaciones desarrolladas con niños/as preescolares han indicado recientemente que los procesos reparatorios tienen lugar en la medida de que se logre contar con ciertos adultos estables y significativos, a través de quienes podrá experimentar un vínculo seguro y predecible. De acuerdo a estas evidencias, los procesos de elaboración e integración de las historias traumáticas de los niños/as, debieran ser posteriores a su inserción a la que será su familia definitiva.

Presento algunos fragmentos que conforman parte de la coyuntura social, y que propongo entender como parte del existente social, fragmentos que atraviesan nuestras vidas, nuestras conversaciones y la de los grupos con los que trabajamos y de los que formamos parte. La propuesta es pensar que para una lectura comprensiva de esta coyuntura el pensamiento grupalista tiene pertinencia, aquello a lo que llamo la urgencia de lo grupal. A 18 años de la apertura de la escuela Pichón-Riviere, tal vez valga la pena pensar en ello.

  1. Dialogar: conversación entre dos o más personas. Intercambio de logos, intercambio racional.
  2. Pichón-Riviére, Enrique. El Proceso grupal. Editorial Nueva Visión. 1996. P. 244.
  3. Foladori, Horacio. Grupalidad. Teoría e intervención. Editorial Espiral – Universidad de Chile. Santiago de Chile. 2004. P.86
  4. Foladori, Horacio. El Grupo Operativo DeFormación. Editorial Universidad Bolivariana. Santiago de Chile. 2001. P.16