Sobre el laboratorio individual de una una sola sesión (Emilio Rodrigué)

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Los cariocas lo llaman «shampoo»; los madrileños, «sauna» El «laboratorio individual de una sola sesión (LIUS)», inventado por
Emilio Rodrigué, se efectúa en un solo encuentro de unas tres horas; aplica «técnicasalternativas bajo una regencia psicoanalítica».

Voy a hablar de un laboratorio para una sola persona y de una sola sesión: está diseñado para atender a un paciente o, eventualmente, con un montaje grupal, a una pareja. Cuando comencé a trabajar de esta forma, los cariocas lo llamaron «shampoo» y los madrileños, «sauna». Provisoriamente lo llamo LIUS, Laboratorio Individual de Una Sesión.

Este invento fue hijo de la necesidad. Comencé a usarlo en mis años de psicoargonauta, cuando, exiliado, trabajaba en Bahía, Río, San Pablo, Madrid y Valencia. El LIUS es un encuentro prolongado de aproximadamente tres horas, donde se aplican técnicas alternativas bajo una regencia psicoanalítica. Sesión única que tiene comienzo, medio y fin.

Se puede hablar de una cierta afinidad entre el laboratorio de una sola sesión y el tiempo lógico lacaniano: ambos desarticulan la parsimonia del tiempo reloj, introduciendo modos de presentificar el presente.

Al principio realizaba los LIUS en consultorios prestados a colegas residentes de la ciudad que visitaba. En 1994 estaba dando un curso sobre terapias grupales en México cuando decidí «regalarle» un shampoo a la colega que me hospedaba. Así nació la idea de hacer la terapia in situ, en su casa. Era la posibilidad de estudiar antropológicamente a las personas en su hábitat e interactuar en su nicho ecológico. Ese nicho es comunicativo. Las casas hablan. Y toda casa tiene algo que no funciona: una puerta que cruje, una letrina incontinente, humedad en el sótano, síntomas.

La casa juega un importante papel en el caso que voy a describir con cierto detalle. María era una psicoanalista francesa en el mal lado de los 50, una mujer guapa que de joven debía haber sido una belleza total. Se la veía un poco dilapidada, sobre todo en los cabellos ralos y secos (este detalle va a ser importante en el desenlace de la sesión). Su casa era agradable, con alfombras coloridas, flores en el living y plantas gozando de buena salud. El dormitorio llamaba la atención: cuarto chico casi totalmente tomado por una cama camera imperial llena de grandes almohadas gris perla; despertaba la tentación voluptuosa de zambullirse. Cocina y cuarto de baño convencionales y bien montados. Había finalmente un «cuarto de descartes», con libros en el piso y cajas apiladas. Pasé casi diez minutos revisando la casa. María me seguía, medio divertida, comentando que parecía un detective buscando pistas y huellas digitales. Añadió que nunca sus analistas habían ambulado por su casa, y así me enteré de una lista relativamente larga de analistas, casi todos freudianos y uno jungiano, algunos de renombre.

Elegí para comenzar una mesita redonda en el living. María de entrada diagnosticó su condición:

–Tengo una neurosis de fracaso.

Lo dice como si estuviera marcado en su destino, un poco a la manera de Sísifo. Esos golpes de mala suerte se centran en lindas casas que tuvo y que fue perdiendo. Claramente no tiene mayor admiración por la casa actual que, a su vez, corre el riesgo de perder por dificultades económicas. Cada casa caída había coincidido con una crisis, y la primera fue la peor de todas. Hacía más de 20 años, una noche, de sopetón, María le dijo a su marido que tenía un amante.

–¿Y por qué se lo dijo? –pregunto.

No lo tiene bien claro, nunca lo tuvo bien claro. No cree que haya sido venganza, porque piensa que él no le había dado motivo. Aunque quizás hubiera querido mostrarle al marido que la tomaba un poco como mosca muerta, que ella era capaz de ser infiel. No descarta la idea de que quiso poner a prueba si su marido tendría la grandeza de perdonarla; una puesta a prueba que hace pensar en las ordalías. Ninguna de las explicaciones suena convincente, aunque la idea de ser perdonada tomará luego una connotación especial.

María comenzó a hablar de su marido y le pedí una foto. Una ventaja del LIUS es que ciertas casas son verdaderas galerías fotográficas que registran el pasado como un libro ilustrado. María fue al cuarto de descartes y trajo una foto tamaño tarjeta postal donde ella aparece en primer plano con su marido sonriente, fuera de foco, en el fondo.

–La sacó un primo mío, buen fotógrafo.

Foto reveladora en varios sentidos. En primer lugar, mostraba la gran belleza de María a los 20; estupenda mujer de cuello largo, estilo Sofía Loren. En segundo lugar, si el primo era un buen fotógrafo, ese marido en segundo plano, fuera de foco y borroso, era sugestivo. Sugería que, al menos para el primo, María era la figura estelar en la pareja, cualquier cosa menos una mosca muerta. Comencé a mirarla con otros ojos.

A esta altura yo estaba pensando hacer un primer corte, un poco a la manera del psicodrama, cambiando de escena, mejor dicho, jugando con el escenario. Quería un montaje apropiado para el momento en que María cuenta su traición. Ya había pasado casi una hora y por un momento estuve tentado de jugar la confesión en el dormitorio, pero no me atreví a sobrecargar la escena con un extra de sexualidad que la confianza incipiente no podría sustentar. No se juega con las pulsiones transferenciales. Una ventaja del laboratorio a domicilio es que uno cuenta con varios sitios posibles. Elegí un diván de dos
piezas en otro rincón del living. Nos sentamos juntos y yo me dispuse a encarnar al marido.

No le fue fácil a María entrar en el papel de la mujer que se confiesa y comenzó a dar vueltas preluciando el momento. Entonces yo le tomé la mano y le dije, en voz baja:

–¿Qué le pasa? Está nerviosa, querida…

María comenzó a llorar y su llanto sonaba genuino, cargaba mucha emoción. Me pareció que le costaba enunciar las fatídicas palabras. No olvidemos que esas palabras la llevaron derecho al divorcio.

Este LIUS fue diferente de los demás. En realidad, no hay dos iguales, pero por lo general yo escucho por más tiempo, unos cuarenta minutos, hasta hacerme una idea general de las temáticas. Cuando lo hacía en el consultorio, colocaba cada tema en una esquina del cuarto. Por ejemplo: enfrente, colocamos el problema con su mamá; a la derecha, la obesidad y la histerectomía; a la izquierda, su marido y aquí el futuro.

Ahora juego con cambios de ambiente para introducir cada tema.

Le propuse pasar al «cuarto de descartes» para hablar de su pasado remoto y su familia de origen. Sugestivamente, María comenzó hablando de una cirugía plástica en la nariz realizada en la adolescencia. En ese mismo cuarto tenía un álbum con la foto de la nariz original. En ella seguía siendo bonita, pero la nariz judaica era prominente y precisamente ése era el tema.

María tenía «dos padres»: su madre estaba embarazada de un amante judío y el marido aceptó registrar a María como hija suya. «El es mi padre en los papeles, el otro era mi padre en la sangre», dijo, un poco teatralmente. La doble paternidad perturbó mucho su adolescencia; María trajo abundante material sobre esos años atormentados. Parece ser que, cuando finalmente conoció a su «padre de sangre», éste quiso acostarse con ella.

Aquí yo estuve bien y mal. Bien por referirme a la confusión del «incesto cruzado» (para María el verdadero padre era el otro) y mal, pero muy mal, por no haber homologado su «traición» con el affaire materno. Ella quería ser perdonada como su madre lo fue por «el padre en los papeles». Curioso que no reparé en algo que es pan comido para cualquier analista. Obvio que mi contratransferencia estaba en juego, pero señalo como excusa que en el LIUS el material corre a alta velocidad, mucho material se escapa entre los dedos.

María me trajo una foto de la madre. Tendría unos sesenta años en el retrato; era una señora robusta pero no gorda, de cara vivaz y mandíbulas fuertes en contraste con ojos pequeños. «Es una carnívora», pensé. Mujer formidable, en marcado contraste con la fragilidad de su hija. María no la quiere y nunca se llevaron bien. De todo lo que me contó sobre ella, se destacaba una historia del pasado. Durante la guerra, la madre había ido a trabajar en Alemania, y no eran trabajos forzados, fue respondiendo a un llamado de los alemanes, que ofrecían buenos salarios. Nuevamente ronda la traición. Se veía, por la forma en que lo contaba, que éste era el secreto de la familia.

El padre «de los papeles» parece ser que fue un buen tipo. María habló poco de él pero lo quería. Había muerto hacía bastante tiempo. También habló relativamente poco de su único hijo, ya casado y con dos hijos. No tiene hermanos y el familiar que mencionó fue el primo que sacó la foto mencionada, que era homosexual y había muerto de sida.

Por ser un tratamiento de una sola sesión, lógicamente tiene que haber muchos recortes y grandes lagunas en la anamnesis. En general hay dos tipos de LIUS. Unos son tratamientos para resolver problemas puntuales como separación, duelo, enfermedad grave o alguna catástrofe. La otra categoría es el caso de analistas que quieren realizar algo así como un «service existencial». Se podría decir, volviendo a la nominación original de «sauna» y «shampoo», que los primeros serían las terapias
puntuales en casos de urgencia, y los shampoos corresponden al caso del analista que está realizando un service existencial. El caso de María me parece que cae en el medio.

A partir de ese momento María comenzó a hablar de su depresión, que según ella dura toda una vida y que la llevó a dos intentos de suicidio. Ya habían pasado casi dos horas. Después de la primera hora se produjo un cambio en el hablar de María, cambio que observé en muchos casos, sobre todo en los veteranos con años de diván. La mayoría de esos ex pacientes están acostumbrados a sesiones de 30, 45 o 50 minutos. Esa es la hora en que, por decirlo crudamente, largan el rollo. Pasado el «tiempo de sesión» se sienten perdidos y su enunciado se deshilacha: son los momentos más productivos de la sesión. Esto le daría la razón a Lacan, si se piensa que el efecto de la sesión corta se extiende a la sesión larga.

A esta altura el vínculo transferencial era más sólido y decidí incursionar por el dormitorio. Buena elección, ya que ella se acurrucó en la cama, cambiando de metáfora como pez en el agua. Microclima para hablar de sus intentos de suicidio, pero primero María quiso saber cuál era mi posición frente al suicidio.

Tomé un tiempo en contestar, porque había urgencia en su pregunta.

–Yo en principio no me suicidaría…
–¿Por qué?
–Porque me da miedo.
–¿Miedo de qué?
–De la muerte.

En el LIUS no hay tiempo para el silencio o para la respuesta evasiva. Más aún, hoy en día yo casi siempre respondo a las preguntas, salvo que haya sorna de por medio.

Me pareció que había pasado el test, pero en su mirada capté una intensidad pulsátil.

Y esa pulsación intermitente hablaba de rabia, lo que me hacía pensar que la narrativa de los suicidios sería dramática, pero me desconcertó la forma fáctica en que narró su coma barbitúrico. El otro intento de suicidio sólo había sido un simulacro.

A esta altura, si hubiese sido una novela policial, hubiera pensado en quién sería la próxima víctima, lo que me llevó a preguntarle, un poco a quemarropa:

–¿A quién estaba dirigida esa rabia (centellante), a su madre o a su marido?

A María no le molestó mi pregunta pero se tomó un tiempo para contestar:

–Lo de mi madre ya pasó. Creo que es con mi marido, no le perdono que me haya hecho tan infeliz. Además –continuó–, ahora sospecho que rivalizábamos mucho.

Suele acontecer en el análisis convencional, pero más aún con el LIUS, que uno sabe cuándo unas palabras son verdaderas y dicen la verdad. Y éste era el caso.

Dos horas y media habían transcurrido y estaba pensando cerrar la sesión cuando quise retomar el tema de las casas. Para eso le pedí que dibujara una casa. María agarró un papel y comenzó a dibujar una sala diciendo que tenía que ser amplia y con mucho sol, lo que me llevó a decirle:

–Tú no eres depresiva –el tuteo me salió casi sin darme cuenta.

–¿Por qué?

–Porque esta sala tiene mucha luz, tiene flores frescas y plantas robustas. No es el living de una melancólica.

–Pero no tiene espejos.

–Cierto, no tiene espejos.

Nunca contrarío a un paciente.

María seguía dibujando y diseñó un dormitorio pequeño junto a la sala, que se parecía a su dormitorio real copado por la cama camera.

–Me encanta esconderme en mi cama.

¿No será que ella es autista?, lo pensé pero no lo dije. En cambio le pregunté lo obvio:

–¿Por qué no hay espejos?

–No quiero verme –me encara–. ¿Mira cómo estoy?

–Un poco descuidada. El cabello…

Su respuesta me sobresaltó.

–Es que estoy con cáncer.

Sí, me sobresalté. Había sufrido un verdadero shock.

María lo percibió y dijo:

–-¿Por qué te has puesto así?

Bien, de haber sido un gran analista, pero un gran analista, en un momento inspirado, le hubiera contestado, tomando la voz del marido:

«¿Por qué me traicionaste, María?»

Porque creo que traer el cáncer en el minuto final del LIUS fue una forma de apagar todo lo dicho. Decirlo hubiera sido el broche de oro. Lo enuncié, pero en términos menos convincentes.

Esto me lleva al tema de la interpretación. Rara vez interpreto pero creo que ésa sería una interpretación si, siguiendo el criterio de Pichon Rivière, la interpretación se emplea como una «estocada certera».

Nos quedamos en silencio. Era el final de la sesión; acepté el buen whisky que me ofreció. Bebimos en la mesita donde la sesión había comenzado. Copa en mano, le pedí una devolución. Ella dijo que fue duro, pero que había visto muchas cosas. Fue duro porque se daba cuenta de que estaba cansada. Le parecía interesante haberse desplazado de un lugar para el otro y el uso de fotos. Mil escenas pasaron por su cabeza y añadió: «Yo le pondría música».

Buena idea. Se les puede pedir a los «liusandos» que elijan sus melodías. Eso será para la próxima vez.

* Extractado de «El laboratorio individual», trabajo fechado en junio
de 2003 cuya versión completa puede leerse en www.elsigma.com