Eros y civilización, de Herbert Marcuse (Gabriele Ottaviani)

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Herbert Marcuse (Berlín, 19 de Julio de 1898- Starnberg, Baviera, 29 de Julio de 1979), es el intérprete principal e inspirador- para, por lo menos la casi totalidad de los críticos- de aquella corriente filosófica y de pensamiento en la cual se reconocieron posteriormente los promotores de los fermentos del movimiento estudiantil. Este movimiento llevó con vehemencia al escenario mundial, por medio de manifestaciones participativas, escritos y acciones varias…a partir de 1968, año que luego devino símbolo de una nueva manera de concebir y considerar la sociedad, aquella ya existente y aquella a construir y reconstituir, y de una nueva forma de considerar y edificar el rol del Hombre al interior del contexto en el que conduce su propia existencia. Marcuse es el autor de numerosos escritos y ensayos: uno de los más célebres es sin duda Eros y civilización (con este título, escribe el filósofo en el prefacio de su escrito, editado en 1967, “trataba de expresar una idea optimista, eufemística, incluso concreta, la convicción que los resultados logrados por las sociedades industriales avanzadas pudiesen consentir al hombre transformar el sentido de marcha de la evolución histórica, romper el nexo fatal entre productividad y destrucción, libertad” término que a menudo Marcuse duda en usar, “porque justamente, en nombre de las libertades son perpetrados crímenes en contra de la humanidad”- “y represión”), un volumen complejo y estructurado en más partes, publicado por primera vez en los Estados Unidos de América en 1955, llegando a ser un texto fundamental de lo que se llamó, no sin cierta suficiencia de parte de algunos “contracultura juvenil”.

El libro se desarrolla como un árbol de múltiples ramificaciones, partiendo de las raíces, sólidamente hundidas en la llamada filosofía social de Sigmund Freud (Frieberg, 6 de Mayo de 1856-Londres, 23 de Septiembre de 1939), la cual se basa en un supuesto fundamental. Para el célebre intelectual, padre del psicoanálisis, hay de hecho una insalvable incompatibilidad entre felicidad y civilización, y el motivo es profundo: la represión de las pulsiones, la renuncia a la felicidad, la sumisión y el sofoco de Eros son la linfa vital del progreso, lo que lo alimenta, lo nutre, consiente a ello la existencia misma. Sin embargo Marcuse va más allá de estas premisas, puesto que tampoco no puede no tener en cuenta ni la sugestiva y exterminada tradición romántica, sobre todo en área de habla germana y centro- europea, de la que su texto parece estar significativamente impregnado, ni mucho menos de lo que fue la enseñanza de Karl Marx, quien, como se sabe, partiendo de la consabida “izquierda hegeliana”, fundó su propio estructurado sistema filosófico con nítidas implicaciones de carácter social, económico y político; Marcuse no retrocede ante la pregunta que parece urgente, que emerge del sustrato de consideraciones desde las cuales irrumpen su análisis y la propia especulación, que se implican en una interrogante muy precisa, es decir, acaso sea lícito o no proponer la posibilidad de una sociedad no opresiva para el hombre (“Las pulsiones son extraídas de la órbita de la muerte”, escribe Herbert Marcuse), una sociedad en la cual la felicidad finalmente encontrada del Eros se siga al bienestar que deriva del consumo, un bienestar que, por su naturaleza, no es nada más que engaño.

Marcuse toma pues, tal como se ha dicho, las iniciativas de Sigmund Freud, el cual ha descrito la mutación del sistema valórico que subtiende el logro de las metas que el hombre se fija previamente como “la transformación del principio del placer en principio de realidad”, y que descubrió “el desarrollo de la represión en la estructura pulsional del individuo”, puesto que ”el destino de la libertad y de la felicidad del hombre es decidido mediante la lucha de las pulsiones: literalmente una lucha por la vida o por la muerte, en la cual participan soma y psiquis, naturaleza y civilización”. El estudioso subraya cómo en la primera fase de la teoría freudiana, la concepción de la sexualidad está lejos de ser la que considera al “Eros como pulsión de vida”. “Inicialmente-sostiene-la pulsión sexual (Freud fue leído, a menudo poco y mal, como banalmente un emancipador y un sustentador de vigorosas instancias de rebelión hacia las múltiples y polimorfas moralidades de la iglesia) y tan solo una de las varias pulsiones específicas –o más bien un grupo de pulsiones-avecindadas a las pulsiones del yo (o de auto-conservación), siendo determinada por su génesis específica, por su fin específico y por su objeto particular: el principio del placer aparece entonces como una tendencia operante para una función precisa, cuya tarea específica es la completa liberación del aparato psíquico de cada una de las posibles excitaciones y fuentes de excitación. Pero la percepción de la libertad total es un estado “que cesó definitivamente con el inicio de la vida; la tendencia a un equilibrio de las pulsiones es por lo tanto, en definitiva, una regresión más allá de la vida misma” y también el primado del mismo principio de Nirvana, la “aterradora convergencia de placer y muerte, se disuelve en el momento de su establecimiento”.

Pero el mundo del bienestar puede, para Herbert Marcuse, encaminarse a ser algo completamente distinto, diametralmente opuesto a ese universo fundado en la represión de la esfera pulsional del hombre, a la cual se refería Freud, puesto que estaban presentes en ciernes, las premisas para una revolución de carácter primariamente cultural capaz de llevar a término la era del trabajo alienado- la dimensión es, sin duda, utópica, pero las modalidades de expresión que utiliza el filósofo son sorprendentes y fascinantes- que había sido sustituida por la posibilidad, para el género humano y para la sociedad civil, de apertura hacia una nueva dimensión, espontánea, ligada doblemente al goce, fuese este estético, de tipo narcisista o más inmediatamente sensual: una liberación pues, en el futuro, un hedonismo que lleva en sí mismo las connotaciones sugerentes de la subversión, el dominio del principio de realidad llega entonces a ser superado, abandonado, también por el hecho que la realidad constituida presenta para Marcuse, innegables y notorios límites de carácter histórico (las pulsiones son “históricas” para Freud, puesto que “fuera de” la estructura histórica, ninguna de ellas puede ser de tipología instintiva, sino que la distinción al interior de la historia, estratificada sobre el plano filogenético-biológico, no puede no ser mantenida).

En lo que concierne a lo que es definida como “la dialéctica de la civilización”, Herbert Marcuse escribe: “La cultura exige una sublimación continua: y con lo cual ello debilita al Eros, constructor de la cultura. Y la de-sexualización, debilitando al Eros, “desata” los impulsos destructivos. De este modo, la civilización se ve amenazada por una de-fusión de las pulsiones, en la cual la pulsión de muerte lucha para conquistar el dominio sobre las pulsiones de vida. Con su origen en la renuncia, y desarrollándose sobre progresivas renuncias, la civilización tiende a la auto-destrucción”. Pero este razonamiento es demasiado depurado para ser verdadero. Surgen varias objeciones. En primer lugar, cada trabajo no implica una de-sexualización, tampoco cada trabajo es desagradable, ni es renuncia. En segundo lugar, las inhibiciones impuestas a la cultura tocan también- y quizás incluso principalmente- a los derivados de las pulsiones de muerte, la agresividad y los impulsos destructivos. A este respecto por lo menos, la inhibición de la cultura debería acrecentar las fuerzas del Eros. Además, el trabajo, en la civilización, es en sí mismo y en gran medida una utilización social de impulsos agresivos, de manera tal que es trabajo al servicio del Eros. Una discusión adecuada de estos problemas exige que la teoría de las pulsiones se libere de su orientación exclusiva en el principio de prestación, y que la imagen de una civilización no represiva (que justamente es sugerida por la conquista del principio de prestación) llegue a ser estudiada en su sustancia. De hecho, para Marcuse “las fuentes y recursos psíquicos del trabajo, y su relación con la sublimación, constituyen uno de los campos más descuidados de la teoría psicoanalítica”.

En este contexto, que preconiza cumplidamente una nueva dimensión estética, en la cual la sexualidad se transmuta en Eros, ligado en doble vínculo con su contrario, Thanatos. Un vínculo similar al que nos cuenta el mito desde la noche de los tiempos, con Orfeo y Narciso, quienes reconcilian Eros y Thanatos, y aun antes, con Prometeo, quien nada menos, tuvo la audacia- que le costó un eterno suplicio- de osar robar el fuego al divino. Son los “héroes civilizadores” que siguen viviendo en la imaginación como símbolos de actitudes y acciones que han determinado el destino de la humanidad. Y aquí, al inicio, nos golpea enseguida el hecho de que el héroe civilizador predominante es el bandido, el sufriente rebelde contra los dioses, aquel que crea la civilización pagándola con penas eternas. Él es el símbolo de la productividad, del esfuerzo incesante para dominar la vida; pero en su productividad, maldición y bendición, progreso y fatiga, están ligados inextricablemente. Prometeo es el héroe arquetipo del principio de prestación. Y en el mundo prometeico, Pandora, el principio femenino, la sexualidad y el placer, aparece como una maldición disgregadora, destructiva: “[…] la belleza de la mujer, y la felicidad que ello promete, son elementos fatales en el mundo de trabajo de la civilización. Si Prometeo es el héroe civilizador de la fatiga, de la productividad y del progreso mediante la represión, los símbolos de otro principio de realidad deberán ser buscados en el polo opuesto”. Orfeo y Narciso, analizados desde una óptica que se aleja de la freudiana, que toma como modelo de comparación el jovencito enamorado de sí, dando acceso a una larga serie de imágenes particulares (como Dionisio, con el cual ellas tienen afinidad: el antagonista del dios que sanciona la lógica del dominio, el reino de la razón) son los exponentes de una realidad muy distinta. No se ha vuelto los héroes civilizadores del mundo occidental- su imagen es de alegría y cumplimiento: “La voz que no comanda sino que canta; el gesto que ofrece y recibe; la acción que es paz y que concluye el trabajo de conquista: la liberación del tiempo, que une el hombre al dios, el hombre a la naturaleza”