Cuando la campana de cristal empezó a asfixiarnos (Juan Carlos Volnovich)

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Treinta años después de la primera ruptura de la Asociación Psicoanalítica Argentina

Hace treinta años, dieciocho profesionales intentamos cambiar el curso histórico del psicoanálisis en la Argentina. Impulsado por los ecos del Mayo Francés, arrastrado por la onda expansiva del Cordobazo, conmocionado por el auge de masas de los 60, el grupo Plataforma se propuso compartir barricadas con otros trabajadores de la cultura que se proponían derribar el mito de la neutralidad valorativa del científico; emprendimos el camino en pos de un psicoanálisis que abjurara de la adaptación irreflexiva del individuo a la sociedad y se mantuviera lo más lejos posible de cualquier estrategia de control social.

A finales de la década del 60 el contorno del psicoanálisis se correspondía con el de la Asociación Psicoanalítica Argentina que, con una estructura vertical y monopólica, administraba con mano férrea el ejercicio de su práctica, la formación de profesionales, la difusión de esta disciplina prestigiada y en creciente expansión. No existían alternativas institucionales para una formación psicoanalítica seria y rigurosa. Pertenecer a ella era muy difícil pero, si se lograba entrar, atravesar los rituales de una iniciación llena de obstáculos y dificultades, todo el confort de la campana de cristal se ponía al servicio de garantizar un estudio responsable, una seguridad económica y un porvenir acomodado. Pues bien, ese confort, el de la campana de cristal, es el que, a muchos de nosotros, comenzó a asfixiarnos. El descontento dentro de la institución y la insatisfacción con nuestra práctica, pretendidamente apolítica y por fuera de otros intereses sociales, ofició de factor aglutinante. Integrábamos Plataforma cuatro miembros de APA en función didáctica: Gilberte Royer de García Reinoso, Diego García Reinoso, Marie Langer y Emilio Rodrigué; Eduardo Pavlovsky, miembro titular; Armando Bauleo, Hernán Kesselman, José Rafael Paz, miembros adherentes; Lea Nuss de Bigliani, egresada de seminarios; y los candidatos Fany Baremblitt de Salzberg, Gregorio Baremblitt, Guillermo Bigliani, Manuel Braslavsky, Luis María Esmerado, Andrés Gallegos, Miguel Matrajt, Guido Narváez y Juan Carlos Volnovich. Con nosotros estaban también, aunque por no ser miembros de APA no habían renunciado, claro, Eduardo Menéndez, León Rozitchner y Raúl Sciarreta.

De nuestro grupo original hoy faltan: Marie Langer, Diego García Reinoso, Fany Baremblitt de Salzberg y Manuel Braslavsky. También falta Raúl Sciarreta, que renunció a pertenecer a Plataforma aun antes de su disolución, y José Bleger, que integró Plataforma mientras permanecimos dentro de la APA, pero no renunció con nosotros. No mucho después y ya fuera de la APA se incorporaron a Plataforma otros compañeros, psicoanalistas de APA que renunciaban individualmente, psicólogos que compartían nuestras luchas, colegas de Rosario, Córdoba y Tucumán; fueron, también, Rosa Mitnik y Alberto Pargeament, que «desaparecieron» víctimas de la represión. De nuestro grupo original, sólo tres compañeros permanecieron en el país manteniendo viva la llama durante los años de plomo: Guido Narváez, José Rafael Paz y Manuel Braslavsky, que falleció antes del advenimiento de la democracia. El exilio fue el común destino para los demás. Gilberte Royer de García Reinoso, Diego García Reinoso, Marie Langer y Miguel Matrajt en México. Hernán Kesselman y Eduardo Pavlovsky en Madrid. Armando Bauleo en Venecia. Lea Nuss de Bigliani y Guillermo Bigliani en San Pablo. Gregorio Baremblitt en Río de Janeiro. Emilio Rodrigué en Bahía. Fany Baremblitt de Salzberg, Luis Maria Esmerado y Andrés Gallegos en Barcelona. El que suscribe, Juan Carlos Volnovich, en La Habana. Cada cual a su manera llevó adelante un proyecto en el que el desvelo por el psicoanálisis y lo social jamás estuvo ausente.

¿Desde cuándo Plataforma? Desde que en el Congreso Internacional de Psicoanálisis de Roma, en 1969, otro discurso empezó a escucharse. Armando Bauleo y Hernán Kesselman propusieron una asamblea en la que se escucharon palabras como «revolución», «internacionalismo» y el proyecto de un congreso de psicoanálisis en La Habana. Eduardo Pavlovsky usó su autorizada voz de miembro titular para leer en sesión plenaria el trabajo escrito por Gregorio Baremblitt (voz no autorizada por ser sólo candidato) que criticaba la ponencia oficial de la institución al próximo Congreso Internacional de Viena. Poco después, ante una huelga general algunos osamos distribuir en la APA volantes de la Federación Argentina de Psiquiatras (gremio al que pertenecíamos) fijando nuestra posición frente al paro. El «adentro» de la Asociación y el «afuera» de la historia empezaba a tironearnos y, en algunos casos, a desgarrarnos.

¿Para qué Plataforma? Para rescatar el psicoanálisis de la estrechez teórica en la que estaba sumido. Para ayudarlo a recuperar el camino que conduce a la subversión del sujeto. Para apartarlo del establishment que lo incorporaba como opción novedosa. Para salvarlo de la certidumbre tecnocrática. Para acabar con el cientificismo. Pero, también, para poder salir, nosotros, psicoanalistas, del consultorio privado y romper con la condena de atender, sólo, cuatro veces por semana durante cincuenta minutos e interminables años, a pacientes de clase media bajo la amenaza omnipresente de no estar haciendo psicoanálisis si en algo se transgredía esa norma. Para poder ir a los hospitales, a la universidad, a otras clases sociales sin, por eso, quedar excomulgados. Para poder pensar un psicoanálisis fresco, sin ataduras que lo deformen, un psicoanálisis libre de compromisos y alianzas con el sistema. Para hacer una revolución psicoanalítica que ayudara a hacer una revolución social. Hoy en día todo esto suena tan ilusorio, tan ingenuo y confuso como todos los 60 y los 70 juntos.

El proyecto de Plataforma se convierte, así, en blanco paradigmático para la crítica que, desde la posmodernidad, se ensaña con las utopías; crítica a la omnipotencia descomunal que Plataforma albergaba y al mesianismo que, de hecho, destilaba. Pero lo cierto es que, desde Plataforma, el psicoanálisis argentino no volvió a ser el mismo y la APA, pese a les modificaciones democráticas que las circunstancias económicas y políticas le impusieron, tampoco volvió a recuperar le hegemonía de entonces. Plataforma duró hasta que descubrimos que volvíamos a cometer los errores que criticábamos; cuando el vicio de un profesionalismo de nuevo cuño empezó a rondarnos. Entonces, al año de haber renunciado a la APA decidimos ratificar aquella ruptura (que fue también un acto político) con la autodisolución del grupo que era, ahora, un gesto ético. A partir de entonces cada cual tomó el camino que consideró más adecuado. Para muchos, al principio fue el gremio, la Coordinadora de Trabajadores de Salud Mental y el Centro de Docencia e Investigación. También la cátedra de Psicología Médica de la Facultad de Medicina nos convocó por un tiempo; hasta que la intensidad de la represión interrumpió todos estos proyectos y nos condenó a casi todos al exilio.

¿Dónde, después, Plataforma?: fuera de la institución oficial. En el psicoanálisis «donde los psicoanalistas sean, entendiendo el ser como una definición clara que no pase por el campo de una ciencia aislada y aislante, sino por el de una ciencia comprometida con las múltiples realidades que pretende estudiar y transformar». En los trabajadores de salud mental que desde hace más de treinta años reflexionan sobre su quehacer, luchando contra las trampas impuestas por el individualismo burgués; en la multitud de jóvenes psicólogos que, desde la trinchera de las instituciones asistenciales, desde las cátedras universitarias, en los equipos de salud mental de los organismos de derechos humanos, se cuestionen sobra la eficacia, la pertinencia y el sentido de sus prácticas aunque jamás hayan oído hablar de Plataforma. En la conciencia desgarrada; en el autocrítico desdoblamiento cotidiano. Allí, en ese amplio movimiento que Plataforma no lideró, pero que sí hizo posible. La historia oficial del psicoanálisis miente e intenta encerrar a Plataforma en un museo. Nuestros enemigos saben que la memoria es clave para recuperar la identidad. Por eso se nos vacía el recuerdo y nos ofrecen una versión desfigurada. Cuando no es omitida, cuando no es borrada y «desaparecida», Plataforma se presenta como una momia: nombres, fechas, datos desprendidos del tiempo, irremediablemente divorciados de nuestra realidad actual.

Nadie es, sospecho, demasiado ajeno a la sociedad que lo genera. Los prejuicios que caracterizan a los sectores dominantes, interesados en justificar y perpetuar la desigualdad y la injusticia, se reflejan también en nosotros, incluso en aquellos que decimos o queremos ser de izquierda o que, al menos, nos negamos a ser cómplices de esta organización injusta y desigual. Quizás en el pasado, nuestra salud consistió en saber que estábamos enfermos, no mucho menos enfermos que el sistema que nos hizo y que quisimos ayudar a deshacer. Quizás nuestro futuro se apoye, entonces, en la decisión de reparar una malla social agujereada y en aceptar el desafío de la inagotable aventura por el inconsciente, y el gusto por la esperanza. Allí, donde, a pesar de una ausencia que ya lleva treinta años, Plataforma sigue estando.

Página/12-abril de 2000